De emancipación a fatiga. La metamorfosis del trabajo

Foto Jhonnatan Vasquez Masmela

Por Nadia URBINATI

El declive del reformismo social es la señal de una crisis mucho más vasta que afecta al estado democrático. Un declive que ha coincidido con el surgimiento de profundos factores de cambio que han transformado las relaciones políticas ligadas al trabajo: el declive del compromiso entre capitalismo y democracia (debido a la transformación del primero de industrial en financiero) y la apertura de las fronteras simbolizada en el fin de la Guerra fría.

Las fronteras permitieron el reformismo social y la construcción de la democracia. En sustancia, hicieron posible el compromiso entre capitalismo y democracia, por lo que quien poseía los medios de producción aceptaba aquellas instituciones políticas en las que las decisiones se tomaban contando los votos de todos. El keynesianismo aportó los fundamentos ideológicos y políticos de este compromiso y lo hizo respondiendo a la devastadora crisis de 1929 que dejó como resultado un tremendo desempleo y regímenes totalitarios. El compromiso consistió en asignar a lo público un papel central que, en vez de socorrer a los pobres, los empleaba y los transformaba en fuerza de trabajo. Se trató también de un cambio en relación con la ciencia económica que pasó del mito del laissez faire a la política económica programada. Esto generó un incremento de la demanda y una recuperación del empleo: como dijo el presidente francés Léon Blum, la inversión en el trabajo es una inversión en la democracia. Y este es el sentido del artículo 1 de la Constitución italiana, que presume fronteras nacionales y el control de entrada de la fuerza de trabajo, una política que los Tratados de Roma de 1957 extendieron al territorio de la Unión, la nueva dimensión geográfica a la que se extendió el derecho de circulación de trabajadores y de bienes.

La conclusión de aquel compromiso del siglo XX fue que los pobres llegaron a ser verdaderamente los representantes del interés general de la sociedad: no una masa de desesperados que la propaganda nacionalista podía maniobrar sino fuerzas sociales organizadas en partidos que se encargaban de ser los representantes de intereses sociales que el crecimiento económico permitía moderar y adaptar al compromiso. La conclusión de este equilibrio de poblaciones y de intereses fue que la asignación de los recursos económicos — desde el trabajo y los bienes básicos hasta los servicios— fue gestionada por las fuerzas políticas a la vez que las clases sociales renunciaban a hacerlo por sí mismas. La política alcanzó autoridad y prestigio.

El vínculo entre trabajo y política, entre límites y poder de negociación sobre salarios y derechos, se ha ido alejando con el declive del mundo dividido, con el fin de la Guerra fría. La apertura global de los mercados y la decadencia del valor social del trabajo van juntos y se reflejan en el declive del reformismo social, que no puede basarse solo en la buena voluntad. La política sin una condición social de referencia no es por sí sola capaz de hacer revivir el reformismo. La segunda Postguerra nació sobre bases muy estructuradas, tanto a nivel nacional como internacional. La división Este y Oeste se reflejaba en dos modelos de democracia en cuya base estaba no obstante el trabajo: la democracia “burguesa” por un lado y la socialista por otro. En el primer caso, lo que nos interesa y que ha sobrevivido durante más tiempo, la defensa de los derechos sociales tenía el objetivo de neutralizar el peso de las desigualdades a la hora de poder tomar las decisiones políticas: al dar  a todos los ciudadanos alguna oportunidad de base, como la sanidad y la escuela pública, el estado democrático podía garantizar la inclusión de todos con el mismo derecho, trabajadores y capitalistas.

En los países occidentales, el reto lanzado por el mundo soviético funcionó como un disuasivo para contener las desigualdades a través de la puesta en marcha de un estado social que debía demostrar al mundo socialista que era posible conjugar las libertades económicas con la libertad política y el bienestar de todos. La reconstrucción de la Postguerra había por otra parte abierto grandes posibilidades de crecimiento económico sin necesidad de salir de las fronteras para encontrar mano de obra a bajo costo. Sobre las fronteras entre Este y Oeste se ha construido la cultura de los derechos sociales y la filosofía del trabajo, la idea de que el trabajo es ciertamente fatiga y necesidad pero que, a la vez, la acción política asociada lo podría convertir en condición de emancipación. La políticas de pleno empleo y la expansión de derechos han marchado juntos, en un mundo con fronteras.

Este escenario ha cambiado radicalmente con la mundialización de los mercados y como consecuencia el trabajo está volviendo a ser simplemente fatiga, disociado de los derechos y de la emancipación política. Reconstruir una cultura reformadora tendrá que suponer la recomposición del vínculo entre trabajo y derechos, a fin de que la mayoría no sea presa de la propaganda nacionalista, a fin de que la perspectiva de vida que ofrecen las democracias sea comparativamente mejor que las que prometen las sirenas xenófobas. El futuro de nuestras democracias se decide, por tanto, a partir de la capacidad de la política para volver a tomar el trabajo como centro de su actividad.


Publicado originalmente en Diritti Globali. La traducción es de Javier Aristu.