Bailes de salón

Foto EFE

Por Javier ARISTU

Desde ciertos sectores de la llamada izquierda política radical -hoy presente en gobiernos y cámaras representativas tras las elecciones de 2014 y 2015- se ha venido desarrollando una crítica hostil, y muy desacertada, de la transición de 1976 calificada como “un proceso de élites políticas al margen de los intereses sociales de la mayoría de los ciudadanos”. Afirmación completamente errónea cuando no maliciosa por carecer de prueba empírica o de datos sostenibles. Si algo tuvo el proceso de transición política del régimen dictatorial a la democracia de 1978 fue apoyo de masas; apoyo a través de procesos electorales y a través de movilizaciones en la calle.

Cualquiera que mínimamente se acerque a libros y documentos sobre aquella época podrá comprobar el número de participantes en huelgas -que además de pedir aumento de salarios reclamaban libertad y democracia-, la masa ingente de personas que participaban en procesos asociativos y participativos y que con sus movilizaciones y actos apoyaban los procesos de la Comisión de los nueve constituida por todos los partidos de la oposición que negociaba con el gobierno de Suárez, y, en definitiva, la extraordinaria relación que hubo -a pesar de algunos de esos nueve, todos sea dicho- entre cúspide política negociadora y base social activa protagonizando su papel en aquel escenario. El resultado ya se sabe, a pesar de esa malicia interpretativa o de ese desconocimiento producto de la ignorancia o de la inexperiencia: se alcanzó un sistema democrático con todos los elementos constituyentes de ese sistema; como en Europa, dijimos entonces.

Luego, ya también se sabe, comenzaron procesos de separación entre esas élites y las organizaciones sociales, rupturas entre cúpulas políticas y bases sociales, desorganización de éstas y tendencias a dejarse dirigir por sus antiguos dirigentes desde las instituciones de la nueva democracia. Solo los procesos electorales volvían a dar imagen de esa sintonía entre pueblo y política, lo cual avala el fundamento básico de todo sistema democrático, la participación electoral. La crisis económica y social que comienza en los primeros años de este siglo y que alcanza su disparadero en 2008 visualiza ese clímax de desencanto y da luz a la crisis de representatividad política que venía, seguramente, desde antes. En esa estamos. Podemos, las mareas, las nuevas fuerzas políticas emergentes están siendo de momento la canalización de esa divergencia de un sector de la sociedad con sus élites políticas. Así al menos lo ha sido hasta hace dos meses.

Sin embargo, y a la luz del proceso como se están desarrollando las negociaciones (¿es justo hablar de negociaciones?) entre las fuerzas políticas surgidas de esas últimas elecciones, no se ve por ningún lado ese nuevo clima de transparencia y conexión con la gente, con las bases sociales del cambio. A lo que asistimos es a una representación bastante teatral, o cinematográfica o mediática, como gusten, de una manera de entender la política. Hasta el Congreso de los diputados ha pasado a ser un plató donde cada estrella política actúa no solo ante los 350 diputados electos sino también ante la propia gente que asiste a través del aparato de televisión o de la tableta a un debate de investidura como si fuera un concierto musical. El dirigente político de estos nuevos tiempos ctúa, interpreta, que no es lo mismo que interactúa. La interactuación significa establecer diversas interlocuciones con agentes sociales, con representantes de las sociedad que no son de la misma cuerda, con organizaciones que tienen mucho que decir en democracia. Hasta el momento en que escribo estas líneas la representación política surgida de las elecciones del 20D ha ido por un lado y los intereses de la sociedad han ido por otro. Sí, dicho así, parece bestia, pero creo que es cierto: una gran mayoría de la sociedad española apuesta por un gobierno de amplios acuerdos -y a ser posible escorado a la izquierda- mientras que las élites políticas lo que le están ofreciendo son minués, rigodones, bailes de salón. Solo hoy hemos vislumbrado algo de realismo y de cercanía cuando Pablo Iglesias se ha reunido con las direcciones de CCOO y UGT y estas le han comunicado lo que creen que hay que hacer por el bien de la mayoría social trabajadora. Confiamos que haya sido una reunión provechosa y que se repita con otras interlocuciones sociales.

¿Tan difícil es poner el oído y escuchar a la gente?