Líderes y gente

Foto EFE

Por Javier ARISTU

Acabo de leer La primavera de Múnich, el excelente ensayo de Jordi Amat acerca del famoso contubernio que reunió en aquella ciudad bávara en 1962 a toda la oposición española al franquismo…excepto a los comunistas. Estos no eran bien recibidos en aquel conglomerado de grupos democristianos, liberales, nacionalistas catalanes, vascos y socialistas. El libro de Amat es un compendio de más de 400 páginas donde se hace el análisis de diversas fracciones de la oposición a la dictadura, las del exilio y las del interior, pero todas ellas marcadas por un resabio anticomunista. Luego, algunos de ellos se enteraron de que aquel prejuicio contra los hijos de Lenin y Stalin estaba financiado por una institución tan benéfica como la CIA americana. Los Julián Gorkin, Dionisio Ridruejo, José María Gil Robles, y tantos más, fueron seguramente sinceros opositores al dictador, construyeron redes y tejidos democráticos que luego fueron aprovechados por otros (esa es una de las tesis de Amat) para realizar la Transición de verdad, la que enterró al franquismo y devolvió la democracia a los españoles. Pero aquellos protagonistas de Múnich, que luego no fueron nada en 1977, estaban envueltos por un velo anticomunista que, seguramente, impidió forjar más unidad y más fortaleza en la oposición antifranquista.

Y lo digo porque leyendo el libro, conforme vas pasando las hojas, cualquiera que pudiera haber experimentado algo de aquellos años negros o que haya podido posteriormente leer y estudiar alguna mínima bibliografía sobre la lucha antifranquista, se da cuenta del abismo existente entre la manera y la densidad opositora de estos dirigentes citados en el libro -provenientes todos ellos de las ya citadas formaciones democristianas, socialdemócratas, liberales y socialistas- y la oposición de calle que, articulada en torno a las formaciones comunistas (PCE, PSUC y otros) y, especialmente, a través de la lucha de las comisiones obreras, fueron la fuerza de masas (así se la llamaba entonces) que puso de veras en un brete al franquismo. El problema no es que aquellos grupos, individuos y líderes, cada uno en su nivel, actuasen de manera diferente, respondiendo a perspectivas diferentes para objetivos seguramente similares (la sustitución del dictador por un sistema de democracia parlamentaria); el problema es que casi nunca consiguieron enlazar ni unificar sus esfuerzos. En unos casos por el anticomunismo feroz proveniente de la guerra fría y en otros por un sectarismo proveniente de batallas anteriores. Solo a partir de los años 70, de forma sinuosa y fluctuante, se pudo ir consolidando una red de plataformas y mesas de encuentro que posibilitaron el acercamiento entre esos dos campos, el social-liberal-democrático y el comunista.

Pero debajo de aquellas guerras y banderías de opositores hubo un asunto que, por su actualidad, me interesa destacar. Me refiero a la separación entre ciudadanía ( o masas, o gente, o sociedad, como ustedes prefieran)y élites políticas. En los años 50 y 60, en pleno auge y hegemonía del franquismo sociológico, hubo un tipo de oposición política que se realizaba en tertulias de bufete de abogado, en algunos despachos de universidades y en escasas y semitoleradas revistas que llegaban a pocas decenas de personas silenciosas. Es verdad que algunos de sus líderes fueron reprimidos y marginados por el régimen pero, en líneas generales, fueron personas que pudieron desarrollar sus carreras profesionales y su meritocrática trayectoria a lo largo de todo el franquismo (Amat nos habla muy extensamente de casi todas ellas y Jordi Gracia ya nos las retrató en su también excelente La resistencia silenciosa) pero que al final de este ya no pintaban casi nada en la lucha por la democracia. Hubo otra resistencia con costes superiores; costes profesionales, económicos, personales y sociales a veces irreparables. Esa resistencia es la que podemos llamar “de la calle”, la que se desarrolló en las fábricas y centros de trabajo especialmente, la que discurría por el secreto de las reuniones clandestinas, de los paros y marchas lentas de las fábricas, de las multicopistas escondidas, de los repartos de folletos prohibidos y que, en la mayoría de los casos, tuvieron como consecuencia la cárcel, el expediente sancionador, la multa gubernativa, la expulsión del trabajo, cuando no la vida del individuo. Hablo de una resistencia que ni era, o no pretendía ser, silenciosa ni callada. La resistencia de los invisibles que no se callaron.

Por un lado, las élites políticas visibles y, por el otro, las gentes invisibles pero eficaces.

Hoy no es lo mismo, sin duda. La democracia tiene sus propios mecanismos de socialización y sus propias reglas y comparar los años 60 del franquismo con estos de democracia sería ridículo o desproporcionado. Pero hay una ley que sigue funcionando y que hay que compensarla con otra: la ley de las élites políticas. En todo partido, en toda formación política el dirigente se hace líder y luego puede hacerse jefe hasta terminar en caudillo o personalidad absorbente de todo el protagonismo del partido. En la España democrática de antes (¿la vieja política?) tenemos casos de partidos de liderazgos potentes, tan potentes que llegan a desvanecer los liderazgos colectivos: el PSOE de Felipe González, el PCE de Santiago Carrillo y el PP de Fraga Iribarne fueron en cierto modo y cada uno a su manera partidos muy personalistas, centrados alrededor de su líder. Hoy nos encontramos con otros casos similares a los que se añade la variante mediática, de pernicioso efecto sobre la política. El partido Ciudadanos no sabemos hasta qué punto es partido o es cofradía de Albert Rivera. Y el Podemos de Pablo Iglesias tampoco se sabe hasta dónde es una formación colectiva, con sus mecanismos de decisión asentados en los dispositivos colectivos (¿círculos?), y hasta dónde es una continuación del líder carismático capaz de despedir al secretario de organización del partido “por una gestión deficiente cuyas consecuencias han dañado gravemente a Podemos”. Algo se podría decir, seguramente, de la IU-Unidad Popular que trata de conformar Alberto Garzón donde no conocemos de la misma nada más que lo que hace y dice su máximo exponente.

Líderes, élites políticas, la crème de la crème… no deben olvidar nunca que bajo esa espuma y esa crema habita una sociedad de invisibles que es la que de verdad las produce y les da sentido. Antes se llamaban masas, concepto hoy en declive en una sociedad mesocrática y mediática aunque, paradójicamente, el individuo social actual sea cada vez más masa y menos sociedad. Sin embargo, las élites siguen siendo élites.