El señuelo

Por Carlos ARENAS POSADAS

El ministro del interior no se explicaba el otro día por qué tras las elecciones y en pleno proceso de investidura para la formación de un nuevo gobierno estaban saltando a los medios y a los juzgados tantos y tan diversos casos de corrupción relacionados con el Partido Popular. Aquella pregunta me pareció una burda añagaza destinada a despistar, escondiendo las razones de tan evidente oleada denunciatoria.

El asombro del ministro es uno más de los típicos recursos al victimismo que los movimientos corporativos construyen para legitimar y perpetuar su poder. Ha sido desde siempre el recurso de la Iglesia católica, más tarde del Ejército, del nacionalismo o, como en este caso, de los actuales dirigentes del Partido Popular. Manifestarse como víctima es un recurso destinado a crear una comunión identitaria con la gente crédula al tiempo que se fabrica un enemigo (generalmente de clase) al que culpabilizar y combatir. Franco, por ejemplo, usó a “los mártires de la cruzada” y el fantasma del comunismo para cimentar su poder durante cuarenta años, mientras levantó un muro de silencio, que hoy todavía persiste, para borrar el recuerdo y el mensaje político de las verdaderas víctimas. Es muy del ministro invocar al santoral y al martirologio, pero esa treta ya no cuela. Hoy la gente está más (aunque tal vez no mejor) informada.

El ministro sabe, pero no dice, que con un gobierno en funciones, y más en este caso donde las opciones para formar gobierno están muy abiertas, el control que el ejecutivo ejerce sobre los aparatos del Estado se debilita, se activan las expectativas de los opositores, se producen movimientos gatopardescos para romper aparatosamente con el pasado para conservar intactos los recursos de poder. Apelando al victimismo, el ministro invoca inútilmente a unas huestes que ya no confían en sus generales.

Yendo al grano, lo que quiero decir es que los grandes intereses económicos del país, el tantas veces citado IBEX35, e influyentes tanques de opinión, como el grupo PRISA, han decidido despeñar a los populares “robagallinas” con corbata que han campado a sus anchas en los últimos cuatro años; a esos que a cambio de mordidas, blanqueos, tarjetas y áticos les han proporcionado el marco institucional adecuado (rescate de la banca, oligopolios en servicios claves, brutales reformas laborales, etc., etc.) para saldar con grandes beneficios la crisis sistémica que empezó en 2008.

La imagen del policía cogiendo por el cogote a Rodrigo Rato dio el pistoletazo de salida a esta labor del gran capital y de los medios afines para depurar las aguas del marco institucional, de soltar lastre con algunos de los suyos para que el estanque aparezca a los ojos ingenuos completamente limpio. Para este proceso necesita empoderar a Ciudadanos, apartar a Rajoy y al resto de sus “robagallinas”, que el PSOE contribuya a una nueva “modernización”, que sus barones y baronesas prescindan incluso de Sánchez si vuelve a visitar Lisboa. Aunque bienvenidas, es importante saber que todas las noticias sobre la corrupción del PP son fundamentalmente un señuelo, una maniobra de distracción para ocultar lo que realmente importa: la gran corrupción sistémica que para satisfacción de las elites económicas se esconde al amparo mismo de las leyes.

La izquierda, entiéndase Podemos, las mareas e Izquierda Unida, sabe perfectamente no solo quién roba las gallinas sino también quién ordeña toda la cabaña ganadera española. Lo que está en discusión es el procedimiento para que dejen todo o una parte de su poder los del “ordeño y mando”. Esa es la cuestión. ¿Qué es mejor: mantenerse al margen manteniendo la pureza originaria con su negativa a incluir a Ciudadanos en sus conversaciones con el PSOE para formar gobierno o practicar la inmersión pragmática en el proceso en marcha para que la operación financiero mediática tenga costes más elevados en beneficio de más gente? Se opte por una u otra opción, se colabore a formar gobierno o se espere a la celebración de nuevas elecciones, lo que me parece trascendental es que la izquierda deje de contribuir a la ceremonia de la confusión que está instalada para adormecer a la ciudadanía, deje los aspavientos y brindis al sol, y sea mucho más precisa a la hora de hacer el diagnóstico de la situación y de la jeremiada depurativa en marcha. Solo a partir de un análisis preciso de los problemas, de sus raíces institucionales, la izquierda puede impedir que el señuelo mediático sea devorado por los incautos.