Modestia, una virtud

Por Javier ARISTU

Tras el debate y votación de ayer no sabemos si las espadas siguen en alto entre PSOE y Podemos cara a sustentar un gobierno de Sánchez o se está cerrando esta fase parlamentaria y tenemos a la vista elecciones generales. Por las intervenciones de los portavoces antes, durante y después del debate me inclino a pensar que visitaremos las urnas el próximo 26 de junio y que va a ser casi imposible que eso se remedie. Ojalá me equivoque.

Ya he puesto por escrito mi opinión de que ni es posible ni es conveniente en esta fase un gobierno denominado “de izquierda”. No hay fuerza parlamentaria que lo sostenga, no hay fuerza social y cívica suficiente para sustentarlo y, no es lo menos importante, no hay cultura ni programa cohesionado y unitario capaz de llevarlo al éxito. No se puede pasar en cuarenta y ocho horas del antagonismo y la contradicción fundamental al abrazo en la misma mesa de un gobierno. Para ello hace falta un proceso de encuentros y de diálogo que no ha habido tiempo de desarrollar desde que Podemos accedió a la relevancia electoral hace menos de dos años.

Volvamos a hacer números: Un llamado “gobierno del cambio desde la izquierda” supone hoy la participación en el mismo de PSOE, Podemos, confluencias nacionales e IU, es decir, 161 escaños, bloque que tendría enfrente a 163 escaños (PP y Ciudadanos). Para que dicho gobierno pudiera salir necesitaría el apoyo y/o abstención de grupos como Democracia y Libertad (antigua Convergencia catalana), Esquerra Republicana de Catalunya, Partido Nacionalista vasco, Bildu, Coalición Canaria. Lo cual supone, no nos engañemos, hacer depender ese gobierno de las hipotecas exclusivamente nacionalistas y, bastantes de ellas, de derechas y en muchos casos derecha neoliberal pura y dura. Un gobierno de Pedro Sánchez, con la vicepresidencia de Pablo Iglesias, caso de que saliera investido, duraría lo que un caramelo en la puerta de un colegio. Las contradicciones internas y las presiones externas de los facilitadores de esa investidura le llevarían a un terreno de imposible acción gubernamental. Y no hablemos de cómo podrían actuar ante unas previsibles transacciones con la UE a propósito de reformas presupuestarias.

¿Es el momento de la transversalidad? ¿Es la hora de traspasar fronteras ideológicas y políticas y apostar por un gobierno de amplia y mayoritaria base parlamentaria? Seguro. La fase actual política, tras la agridulce derrota del PP, demanda tres acciones: a) conseguir un gobierno ahora y no ir a elecciones anticipadas; b) que ese gobierno tenga la más amplia base de partidos reformistas; y c) que sin marginar ni despreciar al PP —cosa por otra parte difícil con la mayoría del Senado en sus manos y la mayoría relativa de la Cámara— sí lo neutralice a efectos de las reformas básicas indispensables.

Ese gobierno solo es posible con la centralidad dirigente del PSOE. No hay posibilidad por tanto de un “trato de igual a igual” como demanda Iglesias, no porque Podemos no sea un partido competitivo y competidor del PSOE —que lo es— sino porque al día de hoy —y pienso que mañana— solo el PSOE tiene la virtualidad y capacidad de formar un gobierno de amplio acuerdo. Podemos no puede formar ese gobierno, incluso aunque ganase al PSOE el 26 de junio; Podemos no tiene más aliados parlamentarios que las confluencias e IU. El partido de Pedro Sánchez no es un igual que el de Pablo Iglesias por la sencilla razón de que Sánchez sí puede ampliar alianzas, podría llegar a conformar una base de al menos 201 escaños (PSOE, Podemos, IU, Ciudadanos) más los que se añadieran de los partidos nacionalistas mientras que Pablo Iglesias no es capaz de ello. Conseguir esa base de 200 escaños, ¿Un imposible? ¿Una locura? ¿Un contradiós?  Creo que no, estoy convencido que es la única salida posible que evite unas elecciones anticipadas y que dé juego a un gobierno de mínimos que nos saque al menos del cenagal en el que está el país.

Para ello hace falta generosidad y modestia de todos. No sé si el PSOE y Ciudadanos la han tenido. Creo que el PSOE no ha jugado bien las cartas de negociación con Podemos; lo ha marginado y subordinado a un papel que les ha podido humillar. Creo que tardó mucho en sentarse con ellos para negociar y practicó demasiado al doble juego. Pero comprendo la estrategia básica socialista porque creo que es la única posible, con variantes y matices evidentemente. Por eso no comparto la táctica (¿o estrategia?) de Podemos frente a la investidura. Me da la impresión de que no analizan bien “la fase”, estilo de pensamiento que algunos de sus dirigentes aman con locura. No estamos, a pesar de todo, en fase de movimiento ofensivo, más bien la izquierda y los sectores más progresistas siguen instalados en posiciones muy defensivas, casi de supervivencia. No es hora de clarines y galopadas sino más bien de reconstrucción de elementos que permita que la gente se reorganice y refuerce algo más. Y mirando a largo plazo, no obsesionándose con el día a día ni con el 26 de junio.

Por todo ello no termino de entender por qué Podemos no facilita un gobierno de Pedro Sánchez y, con su apoyo y vigilancia parlamentaria, apuesta por políticas de reforma pactadas. La fuerza y el protagonismo de Podemos en este parlamento es suficiente como para condicionar muchas de las iniciativas de un gobierno minoritario. Con un gobierno de Pedro Sánchez, Podemos puede erigirse o bien en un condicionador del mismo o bien en una oposición dura y coherente de posibles políticas liberales de ese gobierno, caso de que las ejecutara. Pero eso es posible siempre que Podemos asuma que es una parte más de un arco de fuerzas reformadoras, plurales, diversas y en algunos aspectos contradictorias; que es necesario desbloquear hacia adelante este impasse; y que, finalmente, el tiempo no se agota aquí y ahora, que hay mucha tarea por delante que se tendrá que resolver en esta y en las legislaturas posteriores.

La superioridad moral de la que se presume hay que acompasarla con una modestia política que la gente normal siempre agradece. Porque el pueblo siempre ejerce de modesto, no le van los orgullosos ni prepotentes.

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