¿Política de identidades o política de alianzas?

Enrico Berlinguer

Por JAVIER ARISTU

En mi última entrada en este blog cité a Berlinguer y su política de compromiso histórico para referirme a la actual situación española. Solo un lector con escasas dotes o con excesiva mala intención ha podido pensar que con esa referencia me refería a la necesidad de una gran coalición entre PSOE y PP. Nada que ver. Citando al dirigente italiano trataba de rescatar de la historia (1973) una de las reflexiones más lúcidas, poderosas y audaces hecha sobre los cambios culturales en las sociedades occidentales y la necesidad de una política de alianzas de amplio recorrido. Aquella política de compromiso histórico —que supuso uno de los debates más intensos en el interior del PCI— sabemos que fracasó. El asesinato de Moro, la política de la dirección de la Democracia Cristiana y, posiblemente, otras intervenciones ajenas a la política, provocaron que aquella orientación construida por Berlinguer no pudiera llegar a término. Pero muchos de los análisis y reflexiones que este proyectó en sus papeles siguen teniendo una evidente actualidad para gran parte de los países europeos, entre ellos el nuestro. No se trata de quedarse solo con la frase reductora —el “pacto con sectores que no son de la izquierda”— sino de entrar en la médula del análisis berlingueriano y comprender las razones que están tras el mismo. La sociedad italiana (y europea) de aquellos primeros años 70 ya no era la de los años 50. Y hoy sigue siendo una evidencia que esta sociedad de principios del siglo XXI es mucho más compleja y diversa aún que la de entonces. Cojamos, pues, no las hojas del rábano; quedémonos con la esencia y el espíritu de aquel análisis vertebrador de una nueva manera de pensar la política desde posiciones de izquierda.

Para ello me he permitido la licencia de extraer algunos fragmentos de aquel material publicado por Rinascita en el otoño de 1973 y que, de alguna manera, pueden tener alguna relación con nuestra coyuntura política y parlamentaria. Yo pongo los epígrafes, Berlinguer, en cursiva, el texto. El contexto, ya sabemos cuál es. Que el lector juzgue.

Correlación de fuerzas

El objetivo de una fuerza revolucionaria, como es el de transformar concretamente los datos de una determinada realidad histórica y social, no se alcanza basándose solo en el puro voluntarismo ni en los impulsos espontáneos de clase de los sectores más combativos de las masas trabajadoras, sino actuando siempre desde la visión de lo posible, uniendo la combatividad y la resolución con la prudencia y la capacidad de maniobra. El punto de partida de la estrategia y de la táctica del movimiento revolucionario es la exacta caracterización del estado de la correlación de fuerzas existentes en cada momento y, más en general, la comprensión del marco global de la situación internacional e interna en todos sus aspectos, no aislando jamás unilateralmente este o aquel elemento.

Consenso y fuerza

Lo evidente es que la transformación general por vía democrática que queremos alcanzar en Italia necesita, en todas sus fases, de la fuerza y del consenso. La ‘fuerza’ se debe expresar en la incesante vigilancia, en la combatividad de las masas trabajadoras […] Y la transformación de la sociedad por vía democrática necesita del ‘consenso’ en un preciso significado: en Italia, tal transformación solo puede realizarse como revolución de la gran mayoría de la población; y solo bajo esta condición consenso y fuerza se integran y pueden llegar a ser una realidad invencible.

Clases medias

Entre el proletariado y la gran burguesía —las dos clases antagónicas fundamentales en el régimen capitalista— se ha creado de hecho, en las ciudades y en las zonas campesinas, una red de categorías y de estratos intermedios que frecuentemente se suele considerar en su globalidad y se llama genéricamente «clase media», cuya precisa situación y función en la vida social, económica y política así como sus orientaciones ideales hay que caracterizar y definir. Parece clarísimo que para el éxito de la batalla democrática que dirigimos por la transformación y la renovación de nuestra sociedad es determinante dónde se sitúan, en qué sentido se orientan y como se desplazan estas masas, estas clases intermedias, estos estratos de población.

Política de alianzas

La estrategia de reformas puede por tanto asentarse y avanzar solo si se sostiene en una estrategia de alianzas […] Naturalmente, la política de alianzas tiene su punto de partida en la búsqueda de una convergencia entre los intereses económicos inmediatos y de perspectiva de la clase obrera y los de otros grupos y fuerzas sociales […] Para este propósito se hace necesario trabajar también para determinar una evolución en la misma mentalidad de estas capas sociales, en el sentido de extender hacia toda la población una visión cada vez menos individualista o corporativa y cada vez más social de la defensa de los intereses de cada uno y de toda la comunidad.

[…]

Si es verdad que una política de renovación democrática solo puede realizarse si es apoyada por la gran mayoría de la población, hay que deducir acerca de la necesidad no solo de una política de amplias alianzas sociales sino también de un determinado sistema de relaciones políticas, de tal modo que favorezca una convergencia y una colaboración entre todas las fuerzas democráticas y populares, hasta la consecución de una alianza política entre ellas.

La izquierda y el centro

Por otra parte, la contraposición y el choque frontal entre los partidos que tienen una base en el pueblo y a través de los cuales masas importantes de la población se sienten representadas, conducen a una brecha, a una auténtica y verdadera escisión en dos del país, lo cual sería funesto para la democracia y afectaría a las bases mismas de supervivencia del estado democrático. Conscientes de ello, hemos siempre pensado que la unidad de los partidos de trabajadores y de las fuerzas de izquierda no es condición suficiente para garantizar la defensa y el progreso de la democracia allí donde a esta unidad se contraponga un bloque de partidos que abarcan desde el centro hasta la extrema derecha. El problema político central en Italia ha sido, y hoy [1973] es más actual que nunca, precisamente el de evitar que se llegue a una unidad estable y orgánica entre el centro y la derecha, a un amplio frente de tipo clerical-fascista, y de conseguir por el contrario desplazar a las fuerzas sociales y políticas que se sitúan en el centro hacia posiciones coherentemente democráticas.

Con el 51 por ciento no se garantiza un gobierno de transformación

Sería completamente ilusorio pensar que, incluso si los partidos y las fuerzas de izquierda llegasen a alcanzar el 51 por ciento de los votos y de la representación parlamentaria (cosa que supondría en sí mismo un gran paso adelante en la relación de fuerzas entre los partidos italianos), este hecho garantizaría la supervivencia y la acción de un gobierno que fuese expresión de ese 51 por ciento. Por eso nosotros hablamos no de una «alternativa de izquierda» sino de una «alternativa democrática».


(Los textos de Berlinguer los he reproducido a partir del libro de Miguel Gotor, Enrico Berlinguer, La passione non è finita, editado por Einaudi. Por la traducción: Javier Aristu)

 

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