A la altura de los tiempos

Siluetas en Santillana. Foto Oiluj Samall Zeid

Por Javier ARISTU

¿Es o no es un tiempo nuevo? ¿Se está abriendo o no se está abriendo esa fase nueva de la que tanto han hablado las fuerzas emergentes que hoy ya son parte del sistema político? Desde hace al menos dos años hemos venido escuchando el discurso de abrir la nueva etapa que necesitaba nuestro país, hemos venido asistiendo a una permanente representación política sobre el fracaso del “turnismo” y la exigencia de nuevos protagonistas en el escenario institucional. Ya es la hora.

El 20D marcó el territorio: se acabó el bipartidismo, los nuevos sujetos políticos están ya con papel protagonista, ejerciendo la función que los electores le han asignado, hay que acometer políticas de cambio y reformas de las instituciones.

Sin embargo, tras ver y escuchar ayer a Pablo Iglesias, y tras leer el documento presentado por el líder de Podemos, titulado Un país para la gente. Bases políticas para un gobierno estable y con garantías, tengo la sensación de que para algunos sigue la campaña electoral. Las elecciones no han servido para resituar a las fuerzas políticas —a todas— y parece que seguimos instalados en una espiral electoral interminable. En este momento son más las apuestas a favor de unas elecciones antes del verano que las que se inclinan por un gobierno. Y eso me parece cuanto menos carente de sentido histórico. Todos sabemos que unas nuevas elecciones, a seis meses de las anteriores, van a producir escasos cambios en la sociología electoral de España: nuestro electorado está mostrando bastante volatilidad pero no tanta como para trastocar el mapa electoral surgido del 20D. Con estos mimbres y estas correlaciones dadas hay que construir un proyecto de acción y un gobierno que lo ejecute. Un gobierno de cambio, estable y con garantías es lo que pide Podemos. No estoy seguro de que él mismo esté poniendo los medios para ello.

Desconfianza. Palabra tabú en política. Esta, la política, es precisamente el medio para desalojar la desconfianza de las acciones humanas. La honestidad, la confianza y la amistad son valores que las personas juzgamos como decisivas para fundamentar unas relaciones estables. Los políticos tienen que usar precisamente otras virtudes para poder dar sostenibilidad a sus relaciones con los adversarios, contrincantes e incluso compañeros de equipo. Si en un gobierno no reina precisamente la honestidad, la confianza y la amistad entre sus miembros hay que recurrir entonces a otros vínculos a fin de que ese gobierno permanezca por encima de desconfianzas, deslealtades e infidelidades. Fiarse del otro, that is the problem. Podemos, Pablo Iglesias, no se fía del Psoe; Ciudadanos no se fía de Podemos; el Psoe no se fía de Podemos… y así hasta que todo lo poco que queda de relaciones entre políticos se rompa y volvamos a las urnas. Escribió Maquiavelo que su Príncipe debía ser ser «cauto en el creer y el obrar, no tener miedo de sí mismo y proceder con moderación, prudencia y humanidad, de modo que una excesiva confianza no lo vuelva imprudente, y una desconfianza exagerada, intolerable». Moderación, prudencia, humanidad, virtudes que hoy no se vislumbran en la política española.

Y sin embargo, es posible un gobierno que cambie las cosas, que inaugure una nueva forma de hacer política, de relacionarse en la política, de construir puentes en la política. Eso creíamos que era la nueva fase que se abrió el 20 D. Al parecer, no es así. Asistimos a un ceremonial de tensiones y fortines puestos en el terreno a fin de impedir el encuentro amistoso con el adversario al que, curiosamente, se le incluye en el mismo campo. Ahora le llaman líneas rojas. Solo en las relaciones entre Psoe e Iu notamos ese nuevo clima necesario entre los partidos del arco constitucional.

Una última acotación: en diciembre de 1976 la inmensa mayoría de la sociedad española, en contra de lo entonces propuesto por la oposición a la dictadura, votó en un referéndum a favor de un tránsito moderado y pacífico hacia la democracia. Optó por una salida pacífica, moderada y pactada, en vez de por la ruptura que propugnaba la entonces oposición a la dictadura. A la izquierda le costó sacrificios, pero aprendió de aquella jornada del 15 de diciembre de 1976 y cambió su estrategia de ruptura por otra de ruptura pactada (sobre este asunto recomiendo el documentado libro de Ignacio Sánchez-Cámara, Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia). Seis meses después, el 15 de junio de 1977, 11 millones de votos organizados en torno a UCD y el Psoe, articularon una mayoría moderada que ha dado sentido y forma a la democracia española durante estas últimas décadas. El 20 de diciembre de 2015 no se ha roto esa mayoría sociológica moderada: entre PP, Ciudadanos y Psoe (por contar solo los votos de formaciones estatales no nacionalistas) suman más de 15 millones de votos frente a 6 millones (cuento solo a formaciones en torno al área Podemos, confluencias e Iu) de una izquierda teóricamente “rupturista”. Sé que es posible hacer los números de otra forma. Se puede construir el escenario contando con unas teóricas izquierdas y otras teóricas derechas. Eso nos daría 11 millones aproximadamente para la izquierda (Psoe, Podemos, Iu, confluencias) frente a 10 millones y medio para la derecha (PP y Ciudadanos). Así al menos hace los números Pablo Iglesias. Creo sinceramente que hacer esas cuentas es un error político, que estabilizar y fijar de esa manera un magma tan fluido y voluble como el del cuerpo electoral de la piel de toro española es engañarse y dar pasos para un futuro y previsible fracaso histórico.

Es necesario y deseable un gobierno de cambio en España, sí, pero siempre y cuando se tengan en cuenta los dos factores decisivos que las últimas elecciones han señalado: una) que hay una mayoría (que roza solo el 50%) por el cambio político, y dos) que la sociedad española en su conjunto no está por procesos de ruptura traumáticos o por políticas sectarias contra el adversario. Por eso entiendo que es la hora del cambio y, a la vez, la hora de los acuerdos y los consensos más amplios. ¿Serán nuestros actuales políticos capaces de ponerle letra a esa música?