Con los pies en el suelo

Por Ramón BARRAGÁN REINA

(Ni en los cielos, ni en los bajos fondos)

ACTO I

¡Albricias! Ya han comenzado las negociaciones para que podamos tener un Gobierno en condiciones en España. Somos muchísimos los que nos alegramos de este feliz acontecimiento, que –por fin– desplaza al PP de tamaña responsabilidad, demasiada pesada para gente tan débil, dada la escasa fuerza moral que les queda.

Estas negociaciones tienen que dar como resultado un Gobierno de progreso, básicamente de izquierdas, tal como 11,6 millones de ciudadanos reclaman desde el el 20D, que haga frente a las políticas del PP, restituya servicios públicos y derechos y acometa un profundo cambio en la vida política española, que la haga más participativa y que la limpie de corruptos e impida esa nefasta práctica, y reforme, total o parcialmente, la Constitución de 1978. O sea, unas negociaciones que den como resultado un nuevo Gobierno, cuyo eje vertebrador sea el PSOE, Podemos e IU, pero que necesita el concurso de Ciudadanos (C’s), PNV y CC, al menos, para que sea duradero, culmine la legislatura y rompa, de paso, la estrategia de la derecha económica y política (véase mi artículo anterior Ahora más que nunca)

ACTO II

Ahora bien, una cosa es la alegría por el comienzo de las negociaciones y otra muy distinta es que ya esté todo claro y se vislumbre el futuro Gobierno demandado por la mayoría de votantes en la últimas elecciones generales. Después de los primeros contactos de Pedro Sánchez con los representantes políticos de todas los partidos o coaliciones del arco parlamentario, excepto el PP y las formaciones independentistas catalanas (DL y ERC), los problemas han saltado a la palestra con una inusitada fuerza de la mano de C’s y Podemos, mientras que la mayoría (IU, Compromís, PNV, CC y Nueva Canaria) han tenido un talante dialogante, negociador e integrador, conscientes de lo que nos jugamos todos en estos momentos y de lo negativo de una nuevas elecciones, sin mayores pretensiones ni veto alguno, aunque manteniendo sus propuestas contenidas en los programas electorales de cada una de ellas.

Antes que el Secretario General de los socialistas diera su rueda de prensa anunciando la aceptación de someterse a una eventual investidura como Presidente del Gobierno, Albert Rivera marcaba territorio, se postulaba como intermediario entre el PSOE y el PP, al que proponía involucrarlo en el proceso que se abría, y cerraba las puertas a Podemos, pues planteaban tener la exclusiva en la negociación… Todo ello revestido de las palabras de moda, adueñándose de la “teoría del cambio”.

Su estrategia está clara: llegar a la “gran coalición” como sea, aunque no formen parte del Gobierno, pero ejerciendo un control continuo sobre el mismo, de ahí que lo llamase, una y otra vez, Gobierno de Transición. Esta estrategia para llegar a buen término exigiría conseguir la abstención del PP en la investidura de Sánchez. Con esa premisa hemos visto como en días posteriores Rivera ha insistido en esas ideas machaconamente: “La negociación no puede avanzar sin el PP”; “No puede haber legislatura ni Gobierno sin tener en cuenta con el PP”. No pide que Sánchez negocie con el PP, pues para eso ya están ellos, que lo harían a doble banda, siempre que deje al lado las veleidades izquierdistas de hacerlo con Podemos, IU y otros. Ellos (PP, PSOE y C’s) son los partidos constitucionalistas que pueden “evitar la desintegración de España y volver a la confianza para que Europa vea que somos de fiar”. Sin decirlo con las mismas palabras, manifiestan los mismo que el PP, para los que cualquier acuerdo con Podemos y Cia sería un pacto de extremistas radicales e independentistas de izquierda, o sea, los antipatrias, como siempre la calificado la derecha a todos los que no han pensado como ellos a lo largo de la Historia.

Querer la exclusividad, y por consiguiente la exclusión de los demás, es absurdo en el nuevo panorama político español, que es plural y que todos esperamos no se vuelvan a dar mayorías absolutas devastadoras y manipuladoras de la realidad. Su propuesta es pan para hoy y hambre para mañana, porque dejaría al nuevo Gobierno que se formase con las manos atadas, controlado por la derecha económica y política, es decir, por “los mercados”, e involucraría al PP que está en las antípodas de todo lo que la mayoría del pueblo español quiere en estos momentos, aunque haya 7,2 millones que les haya votado, y en las antípodas de las propuestas programáticas del PSOE y del posible acuerdo, bien de legislatura o de Gobierno. Dicho de otra forma, metería al PSOE en una profunda contradicción, que lo dejaría fuera de juego por falta de credibilidad durante bastante tiempo. Si Pedro Sánchez lo hiciese, habría vencido el ala más liberal del PSOE.

No se quedó atrás Pablo Iglesias, aquel día y en días posteriores, al plantear sus propuestas mínimas: exigir a Pedro Sánchez que rompa con C’s y no negocie nada con ellos y formar ya un Gobierno de progreso con él como Vicepresidente (siempre “leal y dispuesto a defender a su presidente”) y otros agentes del cambio, de IU y confluencias. Esta propuesta lleva consigo el no negociar nada, si el líder socialista mantiene la negociación con C’s. Para compensar, ofrece que podría atraer a los partidos independentistas catalanes…

Entrar en la formación del futuro Gobierno desde el principio, antes de un posible pacto programático, tiene explicación: Podemos se considera a si misma la esencia socialista de España y, además, desconfía del PSOE, ya que puede firmar una cosa y hacer otra o romper lo acordado cuando quiera, como hizo Susana Diaz en Andalucía. Es quemar etapas e invalidar esa opción antes que se pueda realizar en su momento. Todo muy de acuerdo con su estrategia general.

Por otro lado, la actitud excluyente de Podemos hacia C’s no se corresponde con la realidad parlamentaria, con la aritmética surgida de las elecciones, por lo que no se podría conseguir ni siquiera lo que él mismo quiere, sino que –por el contrario– crea una contradicción insalvable por ahora, que se agranda con la hipotética incorporación compensatoria de DL y ERC, y paraliza o dificulta en gran medida, aunque nada es imposible plenamente, la opción de un Gobierno de progreso vertebrado por la izquierda española (PSOE, Podemos, IU). Quizás el problema de Pablo Iglesias es que no han asaltado aún los cielos y quiere, en el fondo, que se celebren nuevas elecciones a ver si cambian de opinión los españoles para que el asalto tarde menos, que no se aleje, de ahí sus prisas, aunque no quiere que sean vistos como los que rompen las negociaciones. Las prisas, sin embargo, les llevó a coincidir con el PP en dar poco tiempo a la negociación y hacer que la investidura se haga pronto. Como en otros muchos casos, no por correr mucho se llega antes…

En ambos casos, tanto el de Rivera como el de Iglesias, al pedir que el negociador, en este caso Pedro Sánchez, prescinda de uno de ellos es sencillamente imposible, es tanto como impedirse a sí mismo ser Presidente del Gobierno español, que es caer en una contradicción insuperable, por lo que es negar de antemano la posibilidad de un pacto y un Gobierno de progreso para España, por lo que Sánchez no puede, por mucho que algunos representantes regionales del PSOE quieran, optar por uno de ellos en exclusiva.

Es posible que algunos no tengan en cuenta la aritmética parlamentaria, pero los número son los números y no hay otros. En todas las combinaciones posibles, los diputados de PSOE, Podemos, Confluencias, Ciudadanos, IU, PNV y CC son necesarios para alcanzar un pacto de legislatura o formar un Gobierno de progreso, bien votando a favor o absteniéndose. Existen seis posibilidades razonables, unas mejores que otras, para hacer que el PP pase a la oposición y comenzar una etapa nueva. Por ello, mientras más se negocie y se acuerde, con animo real de llegar a un pacto programático, viable y sólido, más fácil será formar Gobierno, mejor plural que monocolor, que pueda gobernar con el respaldo suficiente durante toda la legislatura. El hecho de que haya coincidencias en los programas, aunque también legítimas diferencias, allana el camino.

 

ACTO III

El Acto Tercero acaba de comenzar y se escribe a partir de hoy. Es difícil aventurar una sola salida. Eso sí, deberá ser, si se tiene los pies en el suelo, el desenlace de los conflictos y contradicciones que han aflorado durante estos días. Llegar ahí va a exigir de todos inteligencia, capacidad y buena fe negociadora, menos intransigencia y mas visión de conjunto.

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