Gritos

Edvard Munch: El grito

Por Javier ARISTU

Leyendo el último libro de Daniel Innerarity, La política en tiempos de indignación, me topo con esta cita: «El homo democraticus está en un entorno de incertidumbre que, lejos de responder a una ausencia o vacío de sentido, está ligada a su pluralización: elecciones contradictorias que no se le imponen con absoluta evidencia, rodeado por regímenes de vida diferentes, pertenencias múltiples, alternativas posibles, crítica y contestación.» Como si nos hubiera radiografiado a la mayoría de los electores y ciudadanos españoles que asistimos, atónitos y desconcertados, al proceso post-electoral. Incertidumbre, contradicción, multiplicidad, diversidad de alternativas. La incapacidad de gestionar la novedad surgida de las pasadas elecciones asalta a las fuerzas políticas y provoca un profundo desconcierto en todos nosotros. Trato de resolver el mío a partir de la objetivación del mismo, aportando parciales e incompletas explicaciones que nos ayuden a sobrevivir en este espasmódico y complejo mundo político.

El PSOE se está desangrando y descomponiendo a pasos agigantados, más que por las acciones de Pablo Iglesias y Podemos —que sabe que tiene la pieza en la boca y no la va a soltar— por sus propias actuaciones que decenas de comentaristas vienen analizando y que yo no voy a repetir. Más que la crónica de baronías y el cotilleo de figuras dirigentes de ese partido me interesa destacar algo más inexplorado pero que, sin embargo, es mucho más importante para comprender el fracaso de ese partido. El PSOE fue el partido hegemónico y compacto de las décadas pasadas porque representaba los intereses globales, por encima de las contradicciones menores, de una sociedad española que, venida del silencio y subyugación del franquismo, necesitaba un imaginario optimista, un ejecutor del “progreso y la modernización” homologable en Europa. Con éxitos (1982-1996) y fracasos (1996-2004) normales en un sistema democrático, el partido de Felipe González ejerció durante estos últimos treinta años la función de un moldeador interclasista: le votaban desde el jornalero de Puebla de Cazalla hasta el arquitecto moderno de Barcelona. Más que un partido hegemónico ha sido un partido dominador, entre otras razones por la inexistencia de competidores de valor durante varias décadas, salvando el PP que refunda Aznar y que se hace con la centralidad en los años finales del pasado siglo.

Ahora el PSOE es la expresión de una comunidad frustrada, descompuesta, sin horizontes y sin respuestas a una crisis económica y social que se ha llevado por delante muchos de los valores e instrumentos de cohesión social que funcionaron en el pasado. No olvidemos que son los valores y fundamentos ideológicos de la derecha los que están en alza: individualismo, soluciones mercantiles a los déficits sociales, adelgazamiento del Estado, libertad absoluta y sin normas en la sociedad, etc. Es obvio, por lo tanto, que la frustración social de aquel “pueblo de izquierda” que votó tradicionalmente al partido socialista sea vehiculada en estos momentos a través de los dos “gritos sociales” más frecuentes en estos instantes: la indignación y el nacionalismo (de izquierda o de derecha).

Podemos engorda a partir de esa difusa indignación que impregna no solo a la generación de los treintañeros sino también a los que hoy están jubilados y fueron antiguos votantes socialistas. Lo que predomina tras ese voto —y que me perdonen los votantes de Podemos— no es una propuesta histórica, de fondo, constructiva, de “un nuevo país” hecho de acuerdos, conexiones, diálogo y encuentros de diferentes; lo que prevalece es el grito de indignación, el gesto de hartura, el rechazo de lo existente. Normal, desde luego, pero insuficiente para construir país.

El nacionalismo floreciente en las gentes de izquierda de toda la periferia española — Cataluña, País Valenciano, Galicia, y tantas comunidades más— es la otra cara de la misma moneda. Los éxitos electorales de Compromìs, En Comú Podem, Mareas, etc. más que propuestas estratégicas de fondo que vayan a constituirse en ejes vertebradores de un proyecto de estado en las próximas décadas, me parece que son otra variante del mismo grito de crítica. La protesta, el rechazo, la indignación son componentes fundamentales de toda democracia, sirven para reclamar la atención y provocar la alarma de la sociedad, pero no son proyectos de país, no tienen la fuerza, el engranaje y la consistencia para desarrollarse como proyectos hegemónicos. A lo mejor todo ello se refunda y reorganiza a través de un auténtico proyecto federal de España; pero, al día de hoy, no se va por ese camino federal sino por el de las identidades nacionales segregadas.

Por todo ello creo que estamos en medio de un torbellino social y político que va a durar unos años y que va a ayudar a cambiar —como sea y hacia donde sea— España. Pero, al mismo tiempo, creo que los actores políticos, los lenguajes y los contenidos que dominan el actual escenario político no serán los mismos al cabo de esta fase. Puede que incluido el PSOE. Quien piense que su historia avala su permanencia es un inconsciente; pero quien crea que sus éxitos de hoy son los avales del mañana es un ignorante. Vuelvo a Innerarity: «Quien se pertrecha con el único argumento de su radical coherencia cuenta con poco recorrido en política, pues esta es una actividad que tiene que ver con la búsqueda de espacios de encuentro, el compromiso y la implicación de otros».

PD. Escrito esto me llega la noticia del encargo de gobierno a Pedro Sánchez, líder del PSOE. Nunca hay en política últimas oportunidades pero es evidente que en estos momentos el PSOE, Podemos y otros partidos tienen la ocasión de andar el camino y hacer de las derrotas, virtudes. Ojalá.

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