Un Estado fallido.

Madrid amanece. Foto Baala

Por Carlos ARENAS POSADAS

No, por supuesto. España no es Libia, ni Irak, ni Siria ni ninguno de los países africanos a los que el imperialismo (que todavía existe) ha impedido crear estados robustos y estructuras políticas de autodefensa.

España, es el Estado más antiguo de Europa, nace (con reservas) en el siglo XV, pero quizás por eso es el más o uno de los más débiles. Mientras en el Viejo Continente, los países nuevos se cimentaron sobre la conciencia nacional de sus habitantes en el siglo XIX, en España, tal conciencia ha estado debilitada por múltiples causas motivadoras de fragmentación identitaria, localista, regionalista, sectorial,   etc., y todo ello a pesar del “machaca” continuado acerca de la “unidad de la patria”. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces, dice el refrán.

Entre las múltiples causas de la fragmentación identitaria española, del Estado “fallido” español, mucho más importante que la diversidad de lenguas y folklores, ha estado y está todavía la diversidad de capitalismos en su territorio; el Estado español a lo largo de la historia y hoy ha respetado las distintas formas en las que las clases burguesas regionales han organizado la acumulación de capital en sus respectivos territorios y han tratado de hacer prevalecer sus instituciones al resto, dejándose invadir por los distintos grupos de presión regionales y sectoriales (por unos más que por otros), sin impedir la colisión (a veces en forma de guerra civil) que todos los capitalismos (refugiados en la fortaleza de sus esencias nacionales e históricas) implican necesariamente.

Las burguesías “nacionales” españolas no han hecho otra cosa que cumplir con su deber, que es el de optimizar beneficios, acaparar mercados, reducir costes y estar cerca del poder para maximizar rentas políticas. Por tanto nada que reprochar. El quid de la cuestión está en preguntarse y responder por qué el Estado español ha sido tan débil frente a este panorama disolvente de intereses y esencias locales.

En síntesis se podría decir que, quizás por ser antiguo, el Estado español ha sido y es horadado por aquellos que en nombre de la Patria y de los “valores eternos” no han hecho otra cosa que acaparar el poder con fines estrictamente corporativos. Dicho de otra manera, el Estado español ha sido invadido no solo por mercachifles (léase antes los fabricantes catalanes, los señoritos andaluces, los siderúrgicos vizcaínos, etc., y ahora por la banca y las grandes empresas de servicios), sino por corporaciones no estatales con decisivos recursos de poder para construir sistemas de valores que nos han impuesto por las buenas o por las malas.

Entre estas últimas, me refiero, para no divagar, a la Iglesia católica, a ese Estado extranjero que ocupa parte del tuétano de nuestro sistema político, cultural y, por ende, económico. Me refiero al Ejército, la vanguardia de la “nación” que ha sabido imponer desde Don Pelayo a Franco los valores eternos del militarismo hasta convertirse en el gran perceptor de rentas en la historia de este país a cambio del papel jugado en el mantenimiento del “orden público” (recomiendo el artículo de hoy domingo del exteniente Luis Gonzalo Segura en el diario digital Público); me refiero, especialmente, a los partidos políticos que han ocupado el poder directa o subsidiariamente desde la transición hasta hoy.

La búsqueda de rentas y la corrupción son como la sombra que el poder proyecta sin que sea fácil distinguir entre una y otra. No hay mordida o comisión fraudulenta de políticos corruptos que al menos una parte no termine en las arcas del partido para pagar a su “tecnoestructura” y ganar elecciones. A veces, la sombra es tan alargada y pestilente que obliga a la refundación (es el caso de Convergencia Democratica de Catalunya) a la disolución (Partido Popular) o, al menos, a la separación de aquellos (Partido Socialista Obrero Español) que piensan que todo puede hundirse por el diluvio universal, menos el PSOE.

Es decisivo acabar con la hegemonía de los no-Estados sobre el Estado. Esa es la tarea que tiene el pueblo español en esta nueva era: construir desde abajo un Estado para las personas . ¿Es imposible? Eppur si muove.