Hablemos de Cuba

La Habana. Foto Michele Testini

Por Carlos ARENAS POSADAS

He pasado unos días en La Habana; he paseado por sus calles, hablado con sus gentes, unas anónimas, otras amigas como G. y A. Era la primera vez y, con toda seguridad, será la última a menos que en el futuro tenga pruebas fidedignas de que lo que he visto y sabido, todo lo que me ha producido una profunda decepción a pesar de ir avisado, se haya transformado radicalmente. He visto a gente maravillosa, creativa, amable en Centro Habana, en la Habana Vieja vivir en condiciones infrahumanas, asomadas a las puertas de un caserío degradado hasta herir la mirada, pasear o platicar en las calles para escapar de la sordidez y el hacinamiento de sus viviendas. He visto rebeldía en algunos, desidia y desesperanza en los más y, lo peor, una actitud mendicante en otros tantos que buscan del turista el peso convertible que les aproxime a un nivel de consumo meramente humano, el nivel que no le ofrecen la cartilla de racionamiento o el precio tasado en un mercado desabastecido.

Las gentes de izquierdas hemos maldecido el bloqueo yanqui por ser el principal culpable de la situación de desabastecimiento que sufre la población, y es cierto, el bloqueo existe. Sin embargo, creo que la política económica del régimen castrista está sometiendo al pueblo cubano a un sufrimiento sobreañadido por no saber, poder o querer regular las interacciones diarias que existen en dos mundos monetarios teóricamente separados: el de la Cuba del turista que compra en pesos convertibles por euros o dólares y el de la Cuba popular que compra en pesos nacionales con sueldos que apenas superan el equivalente a un euro diario.

Ya es sintomático y grave que hasta los mendigos rechacen limosnas en pesos cubanos; me parece lamentable que médicos, estudiantes, profesores –los he conocido- abandonen estudios y profesión para conducir un taxi o trabajar en un paladar para ganar en un día lo que su vecino no gana en un mes. Las diferencias de clase en la sociedad comunista son evidentes a simple vista; como ocurrió con la construcción en España, la juventud abandona los estudios para ingresar, a veces de forma vergonzante, en el circo turístico.

Con todo, lo más indignante es que los productos que consumen los turistas en paladares, hoteles, restaurantes, etc., productos tan básicos como la leche, los huevos, el pescado o el yogur, no llega o sale de los esmirriados mercados abiertos a los cubanos; es decir, las empresas turísticas propiedad en su mayor parte del Estado contribuyen al desabastecimiento general de la población, ocasionando una escasez añadida a la del bloqueo. Es lo que algunos de mis interlocutores llamaban el “bloqueo interior”.

La situación cubana recuerda mucho a la España de la autarquía de los años cuarenta y cincuenta por la carencia de lo más imprescindible y por la existencia de un mercado negro y fraudulento que está sirviendo de acumulación originaria de capital a la burguesía que ya despunta desde los círculos próximos al poder. Como en España entonces, también hoy en Cuba se espera dar la bienvenida a Mr. Marshall a partir del próximo mes de marzo cuando entre en vigor el convenio que reabre las relaciones entre La Habana y Washington. Seguro que surgirán voces en defensa de las esencias ideológicas del sistema; creo, sin embargo, que muchas de esas esencias hace tiempo que se perdieron, que la degradación y la corrupción propias del capitalismo ya están introducidas en una parte de la sociedad cubana. Creo y confío también que los valores de la mayoría del pueblo cubano les ayude a digerir la nueva época que se avecina, sacando provecho del progreso material que necesitan sin someterse a la soberbia y la estulticia del american way of life.

 

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