Desconciertos

Foto: Maurizio Pesce

Por Javier ARISTU

Los últimos días los he pasado fuera de España y con dificultades de comunicación e internet por lo que los  acontecimientos políticos me han pillado a traspiés este fin de semana. Han sido varios, diversos y contradictorios los sucesos de este enero y todo apunta a que seguiremos en una gran incertidumbre los próximos días o semanas. Lo cual, adelanto, no es nada bueno.

La retirada de Rajoy, con ese desplante real, a presentarse ante el parlamento como candidato a presidir el gobierno, es demostración de que la situación comienza a adquirir tintes folletinescos. La forma, tiempo y manera en que Pablo Iglesias ha propuesto un gobierno progresista con el PSOE —ya lo han escrito bastantes comentaristas— es cuando menos improcedente. La situación de impasse de guerra en que se encuentra el PSOE, con barones interviniendo por todas partes y como se dice en argot sureño “jodiendo la marrana”, no augura un final feliz a este relato. Estamos asistiendo a todo un protocolo de errores, trampas, zancadillas y juegos de trileros que asemejan a la denostada clase política, la vieja y la nueva, con los habitantes de un planeta donde no existe el acuerdo sino la permanente guerra de todos contra todos. Algo nada ejemplar y demostración de una inmensa inmadurez política. Y el país no está para estos juegos.

¿Es culpa de la política? ¿Son los nuevos adalides de la política responsables de lo que está pasando? En cierta medida sí, pero seríamos injustos si achacáramos a ellos todo el peso de la culpa. Esta hay que repartirla entre más protagonistas que, de una forma u otra, han colaborado en los últimos años en la empresa de hacer de este país un ensayo de teatro bufo, es decir, un género dramático donde se mezcla la zarzuela, el sainete y la parodia. Hablemos de los medios de comunicación y su obsesión por hacer de la clase política un desfile de modelos y estrellas del espectáculo; hablemos de la gran empresa, de esos empresarios que salen limpios de polvo y paja de toda corrupción y embrollo judicial sabiendo que son en cierta medida origen y pieza esencial del mecanismo de prostitución de la función pública; hablemos de esa muchedumbre de comentaristas, críticos y charlistas que cada mañana o cada noche nos construyen un imaginario determinado. La política actual es hija hoy de ese entramado de espectáculo, corrupción, afán mediático y figuroneo que domina los medios de comunicación y desde donde se está haciendo esa política adulterada.

Entramado que se asienta sobre una sociedad golpeada por la crisis económica pero, igual de importante, abducida por una modelo cultural e imaginario totalmente falsificado. Una sociedad que pasa, mayoritariamente, con una inmensa facilidad de votar a un partido a votar a otro porque este le seduce con mensajes más imaginativos y provocadores. Pienso que ahora mismo existe una franja de voto voluble o inestable que circula con inusitada facilidad entre el PP, el PSOE, Ciudadanos y Podemos. Son millones las papeletas que fueron de un partido hace un mes pero que pueden ser de otro dentro de dos. Es una sociedad que ha confundido la acción política con un concurso televisivo y a los políticos con presentadores atractivos y que hablan bien; y el voto del ciudadano funciona como el mando de la tele, zapeando a toda pastilla. Los estragos ideales, imaginativos, culturales e ideológicos que está provocando esta larga y profunda crisis económica durará muchos años. El problema no es solo que no haya trabajo, o que perdamos capacidad adquisitiva, o que el índice de pobreza sea de los más elevados de Europa, o que nuestros jóvenes tengan que emigrar porque no encuentran un lugar en este modelo social. Esto es muy importante y merece el cien por cien de las energías políticas para resolverlo. Pero, insisto, es igualmente de preocupante la catástrofe cultural y de valores que está dejando la crisis y que la política, los políticos actuales, son simples exponentes o referentes, que no responsables completos.

Por ello, los gestos de Rajoy, dejando pasar ahora su turno de candidato como si fuese Pasapalabra, o el de Pablo Iglesias ofreciendo su apuesta de gobierno a Pedro Sánchez como si fuese el concurso de supervivencia en una isla desierta (deseando que el rival se hunda en la trampa de la selva), son simplemente ejemplos de esta conversión de la política en espectáculo de masas. Y eso significa que no se adivinan buenos tiempos para la política, para los políticos y para nosotros mismos. Ojalá me equivoque.