El PSOE en su encrucijada

Crossroads. Foto Toshiyuki IMAI

Por Javier ARISTU

«La forma externa democrática que caracteriza la vida de los partidos políticos bien puede enmascarar —para los observadores superficiales— la tendencia hacia la aristocracia, o, mejor dicho, hacia la oligarquía, que es propia de toda organización de partido. Si queremos comprender esta tendencia, el mejor campo de observación nos lo ofrece la estructura íntima de los partidos democráticos y, entre ellos, el partido socialista y laborista revolucionario. […] En teoría, la meta principal de los partidos socialistas y democráticos es la lucha contra la oligarquía en todas sus formas. Surge, por eso, la cuestión de cómo hemos de explicar el desarrollo de esas mismas tendencias a las que han declarado la guerra, dentro de esos partidos.» (Robert Michels, Los partidos políticos, Buenos Aires, Amorrortu, 2001, pp. 55-56)

La profesión de politólogo es hoy mediática en España; hace veinte años ni se conocía la palabra en España, salvo en medios académicos, pero hoy no hay medio ni tribuna pública que no tenga entre sus firmas a varios de estos formuladores de opinión pública. Robert Michels es uno de los famosos de este conjunto, y con razón. Vivió los primeros años del siglo XX en Alemania y en Italia, en un lugar y en un momento sin duda espectacularmente interesante por varias razones: fueron los instantes de las revoluciones (la bolchevique, el ensayo trágico alemán y otras fracasadas), de los éxitos electorales socialdemócratas en Centro Europa y de sus posteriores y terribles derrotas ante el auge del fascismo y nazismo. Fueron los años de la organización social moderna a través de los partidos políticos de masas. Michels, socialdemócrata y miembro de aquella escuela de acción social que fue el SPD alemán, fue el autor de uno de los más difundidos libros acerca del funcionamiento de los partidos de masas de principios de siglo, Los partidos políticos (1911), de donde he tomado prestado la cita que encabeza esta entrada.

La ley de hierro de la oligarquía en los partidos políticos es su principal aportación a la teoría sobre el funcionamiento de los partidos de masas. Según, Michels, todo partido tiende a generar esos mecanismos de concentración de las decisiones en una pequeña cúspide de directivos, de tal modo que siendo en teoría los electores y militantes los que designan a sus directivos son estos quienes al final condicionan a los anteriores, a la llamada base del partido. El politólogo alemán dice que esta ley es natural en los partidos de la derecha, en los conservadores, al ser estos oligárquicos por su condición; el fenómeno que él estudia y demuestra es la anomalía, la rareza de que en partidos democráticos y de izquierda se produzca también esta deriva hacia la configuración de oligarquías dentro del partido cuando precisamente su objetivo es la lucha contra las oligarquías sociales. Como toda teoría política, la de Michels es discutible y polémica, pero no deja de ser sugerente y necesaria en estos tiempos. En la actualidad hay nuevas circunstancias, realidades y fenómenos que obligan a revisitar aquella ley de hierro; entre ellos destacan los fenómenos populistas de vigorosa actualidad, el papel de los medios de comunicación en la vida de los partidos —fenómeno igualmente de rabiosa presencia en nuestra sociedad a través de las televisiones—, la inexistencia en España de partidos de masas como se conocieron en el pasado en el resto de Europa (aquí teníamos una dictadura que impedía ese hecho) sustituidos hoy por partidos audiencia o partidos electorales atrapalotodo. Pero, a pesar de todas estas innovaciones, Michels sigue siendo válido cuando habla de la oligarquización de las decisiones en los partidos, de la derecha y de la izquierda. En nuestra derecha es obvio y se da como natural, mejor dicho, la oligarquización del PP es casi unipersonal, centrada en Rajoy. En el caso de los otros partidos —Podemos y Ciudadanos apuntan maneras de ese fenómeno; la CUP es posiblemente a día de hoy la prueba de lo contrario, el ejercicio del asamblearismo hasta sus límites— es sintomático el del PSOE, fenómeno clásico de oligarquización de las decisiones como norma, salvo en aquellos momentos en que mecanismos como las primarias han roto precisamente el instrumento de toma de decisiones a través de los notables o barones (casos de las elecciones de Borrell como candidato electoral y Pedro Sánchez como secretario general). Desde los años de la consolidación en 1977 del PSOE como partido representativo y mayoritario de la izquierda la tendencia hacia el liderismo unipersonal (Felipe González), la oligarquización y las baronías ha sido permanente.

Y en esas estamos. El PSOE se encuentra en estos días en una encrucijada histórica: su tesitura puede ser la de la marcha imparable hacia la inoperancia política —el fenómeno ya consagrado de la pasokización— o bien la de ser pieza clave de un nuevo terreno del juego político basado en parámetros distintos a los de los últimos 40 años. Los resultados del pasado 20D así lo indican. Son los peores resultados de su historia, ha podido ser rebasado por su rival Podemos, pero en estos momentos postelectorales la correlación de fuerzas parlamentarias lo ha situado con un papel decisivo, papel que al parecer su oligarquía directiva está destrozando y echando por la borda. No se puede interpretar de otra manera la forma de reaccionar y de actuar que han tenido bastantes de sus dirigentes orgánicos a partir de las veinticuatro horas posteriores a los resultados, especialmente los llamados barones y baronesa, representación condensada del fenómeno de oligarquización de decisiones dentro de ese partido. Una docena de dirigentes, con sus filtraciones a la prensa y sus declaraciones individuales, son los que están tratando de decidir el rumbo del partido.

Me parece que la actual crisis del PSOE tiene algo de lo que describió Michels hace cien años pero las causas de verdad están más allá de su organicidad. O captamos los fenómenos sociales que se están desarrollando bajo nuestros pies, y que explican mucho de la crisis orgánica del partidos socialista, de los partidos socialistas, o erraríamos creyendo que todo es cosa de susanismos o de madrileños frente andaluces. El PSOE se convirtió en 1977 en el partido eje de la democracia española entre otras razones porque fue capaz de ofrecer juventud, modernidad y cambio a un colectivo nacional que provenía de una socialización determinada y bastante timorata bajo el franquismo. Frente a otros partidos de izquierda que habían sido los que de verdad habían encabezado la resistencia contra el franquismo, el partido de Felipe González, en cambio, supo ofrecer a la sociedad española un protagonismo basado en el olvido más que en la reconciliación, en la ausencia de memoria frente a la necesidad de recuerdo para continuar adelante. Y, luego, en el desarrollo de la democracia a partir de 1982 el PSOE siguió siendo un partido compendio porque tuvo la capacidad de liderar un proyecto de modernización y de desarrollo social en el que la integración europea, los fondos de cohesión, las inversiones europeas y el discurso europeísta fueron el cemento de aquella integración entre partido y sociedad. Sin el dinero, el apoyo técnico y la cobertura de Europa aquel estado de bienestar del que tanto se vanaglorian los socialistas en los mítines hubiera sido mucho más reducido.

Hoy estamos en una fase cíclica totalmente diversa. Se han acabado los fondos europeos, Europa nos presiona para ahorrar, no para gastar, la economía nacional productiva ha dejado casi de existir, se han globalizado las grandes empresas y se han restringido cada vez más los beneficios de esa economía globalizada a favor de unos pocos privilegiados. Poniendo un ejemplo, la Europa de Jacques Delors (la del mercado común y la solidaridad y cohesión entre naciones y sociedades) ha dado paso a la Europa de Angela Merkel, una Europa cada vez más oligarquizada, tendente a primar los países del norte y, especialmente, al centro nuclear alemán. Aquella España cohesionada en torno al presupuesto nacional del estado, donde todos tenían algo que ganar en la ejecución del mismo, ha dado paso a otra España más desarticulada y convulsa por una de las peores crisis y por uno de los procesos de cambio productivo y social más importantes en nuestra historia. Y nos encontramos así ante un PSOE incapaz de reaccionar, por ignorancia y por carencia de experiencia de este tipo de situaciones, ante la ausencia de Europa y ante el surgimiento de una sociedad que no se siente ya identificada con aquellos discursos del estado del bienestar y de sociedades integradas como los de los años 80 y 90. Hoy, el PSOE solo representa ya a la fracción social que queda de aquellos años (las cohortes generacionales jubiladas o en trance de jubilación) y a los territorios que todavía subsisten a partir de una dependencia del estado mínimo benefactor o de economías básicas de servicios.

A todo ello hay que sumar la carencia de masa crítica en el actual partido para atinar con los análisis y con las propuestas. Una gran cantidad de cuadros intelectuales y de pensamiento han ido abandonando el partido en los últimos años, bien de forma orgánica bien en su compromiso de reflexión, lo cual ha hecho que asistamos hoy al penoso espectáculo de un comité federal repleto de cuadros burocráticos sin ninguna experiencia con el conflicto social y sin ningún ánimo de renovar casi nada porque saben que, renovando, ellos van a la calle.

Por eso no se puede pensar con mínima seriedad en que la solución al PSOE podría venir a través de dirigentes como Susana Díaz, exponente precisamente del deterioro intelectual y culminación de la oligarquización del partido. Solo un audaz y profundo desembarco en el terreno de la reflexión social y del análisis de la realidad, más allá de oligarquías, de gabinetes burocráticos así como de personalismos mediáticos podrá sacar al PSOE del estado de shock en que se encuentra. Ello lleva tiempo, esfuerzo, inteligencia y energías que no estoy seguro de que ese partido disponga en sus almacenes.