Corto y largo plazo

Foto Flickr Rubén Díaz Caviedes

Por Javier ARISTU

Las cosas, tras las elecciones del pasado 20 de diciembre, siguen evolucionando a su manera. No sería sincero si dijera que me gusta la dirección que llevan los acontecimientos; al contrario, me parece que van camino de situarse a un nivel no necesariamente mejor que como estaban antes. Pero, por otra parte, no me extraña nada lo que está ocurriendo en estos días de análisis y evaluación postelectoral: los mimbres eran y siguen siendo los existentes antes del 20D, los protagonistas, los fundamentos programáticos y los horizontes de las fuerzas políticas estaban diseñados desde antes y no parece que se dejen influir por los resultados electorales. Lo que ha cambiado, y de qué manera, es la correlación de fuerzas parlamentarias, que no es poco. Planteo, aquí y ahora, algunas de las dudas y perplejidades que me asaltan tras leer y repasar las primeras declaraciones y tomas de posición de los líderes políticos en estas dos semanas de shock electoral.

  1. ¿Es posible encontrar algún tipo de solución a la cuestión catalana a partir de la línea roja del referéndum, propuesto este como asunto innegociable por En Común Podem (Cataluña) y Podemos (España)? Atisbo que bajo esa condición de innegociabilidad de la fórmula referendaria será difícil llegar a ningún tipo de solución al asunto catalán. Plantear el debate de la recolocación de Cataluña en el proyecto de un nuevo estado español, o fuera de él, a partir de esa línea roja puede ayudar a atraer consensos dentro de Cataluña —y de paso a destruirlos en la otra banda independentista— pero es difícil que sume aliados en el resto de España salvo las minorías nacionalistas e izquierdas autodeterministas de los territorios periféricos. En definitiva, que no se podrá alcanzar ningún acuerdo sobre Cataluña a partir de esas inmóviles tomas de posición sobre el referéndum catalán. Se olvidan estas nuevas y emergentes fuerzas políticas que la Constitución española es también línea roja para muchos españoles y que si hay que modificarla —que seguramente habrá que hacerlo— se debería hacer recurriendo a los procedimientos democráticos que dicha Constitución establece. ¿No es posible acaso plantear un terreno de mayor flexibilidad y movilidad para la necesaria negociación donde el asunto catalán se engarce con la reforma constitucional y con el objetivo de lograr consensos diversos y mayores en todo el estado español? Me da la impresión de que sigue existiendo en el universo de una parte de la izquierda emergente y clásica una ceguera sobre lo que tiene enfrente: más de quince millones de ciudadanos españoles que votan a partidos de derecha, de centro-derecha y centro-izquierda y que no van a aceptar de forma pasiva un proceso de ruptura constitucional como el que algunos propugnan. La encrucijada actual española se mueve entre la pulsión rupturista, protagonizada por una nueva fuerza como Podemos y aliados—y que ha logrado acumular un resultado del 20-25 por ciento de los votos— y la pulsión conservadora, que detenta una fuerte mayoría de votos y de parlamentarios. La primera tiene a su favor la novedad y el arma de la innovación y la juventud; la segunda, la fuerza y el apoyo de resortes decisivos del estado y la sociedad. Son, pues, momentos de cruce de tensiones y de fuerzas contradictorias que solo se resuelven o bien a través del choque de trenes o bien mediante el acuerdo y la negociación. Captar con precisión y clarividencia esta fase de tensiones es fundamental si se quiere acertar en política, más allá de aumentar votos o de causar sorpassos al rival.
  2. ¿Se va a reducir el debate a la contraposición entre los defensores de la unidad de España y los valedores del soberanismo? ¿No sería conveniente que la izquierda fuera desarrollando un programa de acción más allá de las actuales discusiones sobre el modelo de estado? Llevo meses leyendo crónicas, artículos y libros de dirigentes de la izquierda española y periférica donde lo que predomina es el discurso de identidades, de marcas, de soberanías, de códigos genéticos ideológicos, pero donde son clamorosas las ausencias sobre proyectos de sociedad más allá de la crítica repetitiva al neoliberalismo, donde falta un consistente diseño de lo que se quiere hacer si se tuviera el gobierno y la capacidad de decidir políticas. Falta contenido positivo en esas izquierdas: predomina el ataque al contrario y la crítica del sistema pero carece de un auténtico proyecto reformador capaz de atraer a millones de personas —a una mayoría social— tras un conjunto de propuestas y alternativas sociales. O partimos de este déficit programático, impresionante y enorme, o la izquierda seguirá viviendo sus propias ilusiones, a pesar de los millones de votos que haya podido alcanzar. Sé que es difícil encontrar vías de salida a esta profunda crisis. El modelo de estado que está perfilándose en esta crisis europea, y que será dominante en pocos años, se va a parecer poco al estado social clásico (un estado fiscal recaudador de impuestos para redistribuir socialmente) y a su correlato de estado benefactor. Está surgiendo un modelo de estado deudor dependiente de sistemas financieros internacionales privatizados (Streeck) y la izquierda tendrá que actuar ante él con nuevos instrumentos de lucha y resistencia así como con propuestas innovadoras de gestión social. El problema principal, por tanto, no es ya la toma del poder del estado a la manera de como estaba planteado en el siglo XX, bien por asalto bien por consensos electorales. Hoy ya sabemos que el verdadero enemigo del progreso social no tiene rostro, está oculto tras miles de sociedades que actúan en bolsa y en los circuitos financieros globales. Lo cual no es óbice para que las fuerzas de izquierda se replanteen el gobierno de los estados nacionales con vistas a conseguir palancas de intervención que palien los estragos de esas fuerzas ocultas y desarrollen políticas sociales tendentes a la igualdad. Por ello no basta solo con enunciar discursos y lanzar proclamas propagandísticas; es necesario llenar de contenidos los mensajes, transmitir a la ciudadanía, y especialmente a la ciudadanía trabajadora, señales capaces de reinterpretar lo que está pasando y de modificar el estado de cosas. Mi impresión es que no estamos en tiempos de revoluciones instantáneas, a contra reloj; estamos en un ciclo largo de un proceso de transformación de la sociedad y de las instancias estatales, proceso que va a llevarnos bastantes años, posiblemente décadas.
  3. Por ello, cualquier mínimo avance debe ser bienvenido; cualquier mínima plataforma de resistencia a esta guerra del capital debe ser saludada y apoyada. Estas recientes elecciones han mostrado un resquicio positivo tras años de desesperación. La amalgamada, dispersa y compleja red de izquierdas de toda España tiene mejores posibilidades que antes para parar la ofensiva de la derecha. Es posible, y creo que sería deseable, construir un proyecto de gobierno a corto plazo, con un programa mínimo, hecho para salir de las trincheras y recuperar algo del terreno desolado de estos últimos cuatro años. Hay que reflexionar a medio y largo plazo, desde luego, tratando de construir un proyecto más allá de la inmediatez; pero, al mismo tiempo, sería lamentable dejar pasar esta oportunidad de alcanzar un gobierno de coalición de las izquierdas diversas para dos o tres años con el que se pudiera reconstruir algo o bastante de las pérdidas sociales tras la gestión del PP. Es ciertamente, dadas las circunstancias y sabidas las opiniones que mutuamente se tienen los líderes de las izquierdas, una contingencia de consecuencias imprevisibles pero siempre será mejor que dejar que gobierne de nuevo la derecha…ahora o dentro de tres meses.