Notas electorales 7: Del discurso al pacto

Los firmantes de los Pactos de La Moncloa

Por Javier ARISTU

De los debates en televisión… a la política, en el parlamento y en la calle: esa es la diferencia entre el día antes y el día después al 20D. Como de la noche al día. La política de verdad tiene algunos aspectos que a la gente no le gustan, que son rechazados por principio, como la que expresa esa obsesión tan española de estar siempre en contra del representante público, como si este fuera por principio el malo de la película; pero, al final, la política tiene el indudable beneficio de que es la que tiene que resolver (o intentarlo seriamente) los asuntos del común. Sin política muchos de nuestros asuntos no se arreglarán.

Por eso creo que la política de verdad —no sé si la Gran Política o la pequeña política— va a resucitar el 21 de diciembre. Hasta ahora todo ha sido juego de floretes, discursos, palabras, propuestas, querellas, paseos de calle y todo eso que suponen los momentos preelectorales. Pero no nos olvidemos que en algún momento habrá que dejar la palabra y el mitin y hará falta hacer política. Los asuntos no se van a resolver sin esa acción decisiva. Y no estoy seguro si todos los dirigentes políticos, y sus segundos y demás candidatos, están dispuestos a ejercitar tal actividad. El Parlamento, y la función de representante de los ciudadanos, no se hizo para ser caja de resonancia de buenos o deleznables discursos —aunque la historia a veces nos haya dejado en herencia esas piezas oratorias de los Castelar, Azaña, Ortega, Carrillo o González, por poner algunos ejemplos conocidos por todos, sino sobre todo para ser el marco de la negociación y el acuerdo entre afines pero también entre contrarios. Tales líderes dedicaron más tiempo a tratar de influir sobre los contrarios mediante hechos y acciones que con discursos ante el pleno, reconociendo que un buen orador es siempre mejor que un desastroso discurseador (por cierto, celebro que alguna fuerza política proponga en su programa eliminar de los discursos parlamentarios la lectura de papeles: ¡prohibido leer discursos!).

Atención a cómo se me entiende lo que voy a argumentar ahora, que hay mucho tiquismiquis suelto: tras las primeras elecciones democráticas en junio de 1977 (ni Pablo Iglesias, Albert Rivera o Alberto Garzón habían nacido, Pedro Sánchez tenía 5 años pero Mariano Rajoy había cumplido ya los 21) la situación económica española era un auténtico desastre, una catástrofe estructural y social. Después de constituirse las primeras Cortes democráticas tras cuarenta años, en octubre, se celebraron en Moncloa una serie de reuniones entre los partidos elegidos de todo el arco parlamentario, desde la derecha a la izquierda. Tras algunas vicisitudes y obstáculos se logró alcanzar una serie de acuerdos económicos y sociales que fueron apoyados por los sindicatos y patronales. Han pasado a la historia como los Pactos de la Moncloa, decisivos para asentar en los primeros meses la democracia, fundamentales ( a pesar de algunas contraprestaciones sociales que tuvieron y que les acarrearon dificultades a sindicatos como CCOO) para comenzar a levantar un sistema de estado bienestar, y exponente de la necesidad de proseguir en lo económico y social las líneas fundamentales del acuerdo político de la transición. La filosofía y el contenido de los pactos duraron poco y en 1979 ya estaba definitivamente rota aquella política de acuerdos interpartidarios pero dejaron una herencia sustancial en relación con el gasto social, las prioridades económicas y los objetivos de crecimiento.

¿Estamos hoy en 2015 ante el mismo panorama? Por supuesto que no. La situación no tiene nada que ver…pero la gravedad es similar. Y me baso en un magnífico artículo que el profesor Juan Torres acaba de publicar en su blog y que el lector puede consultarlo en este enlace. Como dice claramente el profesor Torres, y que yo suscribo de la A a la Z: «Es necesario un gran pacto pero me parece igualmente elemental que sus coordenadas no pueden ser establecidas solo por una parte sino que deben ser igualmente el resultado de un debate amplio y transparente sobre nuestros problemas y sobre las posibles soluciones. Y para ello es fundamental que nuestra sociedad sea plenamente consciente de lo que en realidad nos ha pasado, de las responsabilidades que cada uno ha tenido a la hora de generar los problemas que tenemos y de las alternativas que están a nuestro alcance, así como del esfuerzo y sacrificio que cada una lleva consigo».

Llamémoslo como queramos: pactos, acuerdos, ententes, convenios, arreglos, conciertos, etc. (el diccionario es espléndido en sinónimos) pero el contenido semántico y político es incontestable: habrá que negociar la política económica y social, además de otros asuntos de estado, para poder llevar a Europa una propuesta que suponga modificar algunos aspectos de fondo distintos a los dominantes hasta ahora. Las previsiones de sondeos nos dicen que nadie va a poder imponer su política al otro, que el partido que quede primero no tendrá mayoría suficiente para aplicar un programa. Todos tendrán que negociar, algunos más que otros posiblemente, pero al final el resultado político no será igual que el de los Pactos de la Moncloa… pero se traducirá en  pactos.

Cito de nuevo a Juan Torres: «habría que aceptar también que se trata de problemas que requieren acuerdos de muy amplio espectro, de gran calado y no solo entre partidos que defiendan a los mismos intereses o que tengan horizontes semejantes». Es decir, que estamos seguramente ante una situación de tal gravedad que será necesario algún tipo de acuerdo básico entre la mayoría de las fuerzas políticas a fin de romper la espiral de depresión y catástrofe social que venimos padeciendo desde hace al menos cinco años. Y afirmar eso hoy es seguramente proclamar la política necesaria y más adecuada para estos momentos, por encima de programas partidistas o afirmaciones unilaterales. La derecha del PP ha venido gestionando la crisis desde parámetros neoliberales y a favor de la banca y las grandes corporaciones; el PP ha hecho precisamente una política partidista. Ahora se trata no de integrar a la izquierda en esa política sino de ser capaces precisamente desde la izquierda de proyectar la necesidad de un plan de salvación nacional que tiene que ver especialmente con los intereses de la mayoría social. Creo que si desde la izquierda se consigue trasladar a las demás fuerzas políticas y a la mayoría de la sociedad la necesidad de ese acuerdo político se estará ayudando a proyectar una salida diferente de la crisis y, a la vez, se estará demostrando el carácter de interés general que tiene la izquierda.