Sobre la fiesta de la democracia

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Calificar los procesos electorales de fiesta de la democracia es un acierto. No solo porque hay que festejar la única ocasión en la que puedes intervenir en la vida política,  sino también por su contenido lúdico que conviene resaltar. Es el momento en el que, subvirtiendo la normalidad, los dirigentes imploran a los dirigidos su favor. ¡Un carnaval! Reconozca mi pudoroso lector el insano placer que le producía (sobre todo cuando perdió) ver a la Condesa, de su casta diva, disfrazarse de chulapa madrileña y, con  modales de Choni poligonera, denunciar la formación de los soviets de Carmena. O la desenfrenada  pasión de Susana, siempre al borde del llanto o  del parto, por sus andaluces (y andaluzas). O los que tomaban el Metro para saber, decían, cómo vivían las clases populares.Tratan de rebajarse a nuestra altura (¿realmente nos creen tan bajitos?), lo que para un tieso amante del poder debe producir un considerable dolor de vértebras y la inevitable tentación de vengarse con su futura actividad legislativa.

Cosa chocante es que una realidad tan dramática, donde se enfrentan intereses vitales, se afronte con una sonrisa, limando las diferencias hasta el punto de que todos buscan los mismos objetivos, destruir la corrupción, acabar con el paro, etc.  evitando ponerse pesados con temas desagradables como la desigualdad creciente, ni explicar como vamos a salir del marasmo actual sin molestar a nadie… ¡Nos garantizan que todos saldremos de la crisis de forma indolora!

Comprendo que explicar la complejidad de la situación en los tres minutos que, según los expertos, es el tiempo máximo que una persona normal puede concentrarse en un mensaje, invite a otras formas de comunicación más eficientes como bailar en la TV o comentar partidos de fútbol. Los mensajes políticos, como la informática, deben estar al alcance del más tonto (mínimo común votante) y  por eso los elaboran expertos como politólogos o etnólogos o entomólogos. Como la imagen se impone al discurso, éste debe  ser dicho con gracia y frescura por alguien con donaire pues lo que importa no es lo que se dice sino como se dice.

La política está pasando de la ética (parte de la filosofía  que trata del bien y del mal de los actos humanos) a la estética.

De ahí la necesaria atención que debemos prestar a las tendencias estéticas.

Los mítines, desprestigiada la ideología, hace tiempo que dejaron de ser actos de resonancias épicas, en que los espectadores, en comunión con su líder, se sentían parte de un Yo colectivo y flameaban banderas cargadas de significados. Hoy en día son un happening en que los espectadores aplauden y agitan rígidas e insígnificantes banderitas de plástico cuando les indican el momento en que la TV graba a su líder gritando cualquier obviedad.

Ya no  cantan himnos los colectivos orgullosos de su identidad, sino que han sido sustituidas por musiquillas tachín, tachán, sin letra, pero con ritmo.

Con la crisis han aparecido nuevos actores rompiendo la uniformidad bipartidista y resucitando algo similar a la desaparecida lucha de clases (entiéndase, siguen existiendo clases, pero solo una lo sabe). Buscando la centralidad, nuevo Eldorado político, los emergentes han decretado exitosamente la desaparición de los criterios divisorios tradicionales de izquierda y derecha, aportando una nueva dimensión vertical, los de arriba y los de abajo, por lo que si antes era difícil ubicar un partido en un plano horizontal, ahora, en 3D, es imposible. Así que, sacrificando precisión a claridad, recurro a Humberto Eco y clasifico a los partidos entre integrados y apocalípticos.

Aplicando el burdo  criterio taxonómico de que se es lo que se hace, agrupo en los integrados al PP, Ciudadanos y PSOE. Sociológicamente representan a la gente con clase, a la clase media trabajadora y gran parte de las clases populares. Se reconocen a sí  mismos como  la mayoría natural.

Podemos e Izquierda Unida (empeñada en resaltar su carácter de oxímoron) componen el grupo de apocalípticos, antes llamados de izquierda, que promueven la aparición de un nuevo mundo. Intentan representar a la gente, es decir, los descontentos de siempre y los sobrevenidos por la crisis.

En el terreno estético, se impone para los integrados la chaqueta azul y camisa blanca sin corbata (última conquista de la clase obrera). Tanto ellos como ellas, jóvenes guapos, limpios y bien planchaos. El carisma aborrece a los  feos en la política actual: Churchill, Kohl, Adenauer, Andreotti, Fraga, Franco… por la derecha, o Azaña, Guerra, Carrillo, Ho Chi ming…por la izquierda, no se habrían comido una rosca ahora.

Los apocalípticos, siempre despreciados y a veces temidos como obrerotes o perroflautas, intentan normalizar su imagen, a la vez que  su discurso, para no asustar a un personal bastante soliviantado por los efectos de la crisis y el miedo a que todo pueda empeorar. Aún así, cuando Iglesias el Joven se suelta la melena, se me aparece Cristo en el Juicio Final; genuinamente apocalíptico.

También los jóvenes guapos y limpios predominan en su equipo, con vestimenta informal o en mangas de camisa, diferentes de la casta pero no descamisados.

No termino de entender como con juventud y belleza, términos estéticos de corta duración, vamos a lidiar con problemas éticos tan sólidos y desagradables como el pago de la deuda, la desintegración del estado, la fractura social, el envejecimiento del país, el envilecimiento del Estado de Bienestar…Supongo que no son temas adecuados para tratar en momentos festivos.

Bien, la fiesta electoral se presta a coñas facilonas como las aquí utilizadas, pero sería conveniente matizar algunas cuestiones serias:

  • La banalidad electoral no viene impuesta por la oferta de políticos mediocres sino que lo requiere la demanda (es decir, nosotros).
  • Que no me guste lo que hay no implica nostalgia del pasado. La política siempre ha sido una pasión minoritaria al alcance de unos raros. He vivido la Dictadura y la transición y nunca he visto que el deseo de intervenir en la cosa pública apasionara a la mayoría. Por supuesto, la mayoría es afecta a la democracia pero no es una pulsión vital que trascienda las elecciones. La normalidad con que se están aceptando recortes de derechos laborales (que solo afectan a un tercio de nuestra vida diaria) refuerza mi sospecha.

  • La historia parece indicar que solo cuando el sufrimiento abruma a la mayoría de una forma inaguantable, surge el interés masivo por la política. En España la pobreza aguda afecta solo al veinte por ciento de la población, así que los poderes piensan que queda recorrido antes de que se reproduzca el problema social. Yo solo deseo que la izquierda gobierne para que eso no ocurra.

  • Lo del “interés masivo por la política” puede tener una deriva en la dirección indeseable a través del racismo, la xenofobia, el nacionalismo… que, a falta de otras salidas, apasionan a las masas. ¡Ojo con los vientos del Norte! (Esta) Europa ya no es la solución.

-Aún reconociendo que la globalización relativiza el concepto soberanía nacional en que se basan las elecciones democráticas y que el mercado suele imponerse a la política (añoro Grecia…) de ninguna forma considero estas elecciones inocuas. Si la izquierda gana se abre la esperanza de una Europa diferente, pero si pierde será una catástrofe para la autoestima del pueblo español que habrá legitimado la corrupción sistémica y, lo que es peor, se profundizarán y acelerarán “las reformas”.

Francamente, temo al futuro y voy a votar contra él.

No sé si con una sonrisa.

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