Notas electorales 5. Adán, el Viejo y el Nuevo testamento

Por Javier ARISTU

Las elecciones generales en democracia suponen el máximo de tensión en lo que se refiere a la capacidad de una sociedad para promover respuestas al presente y decidir su futuro. No quiere ello decir que cada uno de los días y semanas que anteceden y proceden a unas elecciones no estén cargados de “importancia histórica”, todo lo contrario. Hay veces que una acción o suceso en un día concreto supone más pasos adelante que muchas elecciones generales. Hablemos de, por ejemplo, la huelga general del 14 de diciembre de 1988, o de los días en torno al 15M de 2011, acontecimientos que han marcado sin ninguna duda la historia reciente de este país. De esa afirmación —que las elecciones son el clímax de una democracia— habría que deducir que los protagonistas de las mismas, los candidatos principales, son la expresión más rezumada y destilada de la riqueza política de un país, la máxima concentración de inteligencia política de una nación. Pero no es así, ni tiene por qué ser así. Al menos estas elecciones del 20D no me parece que estén señaladas por ese grado excelente de selección política. Está amaneciendo una nueva generación política, esto es indudable, pero no viene acompañada, me parece, de lo mejor de esa prole que bordea la treintena y que se supone es el futuro político de España para los próximos 25 años.

Lo cual no quiere decir que desprecie, ni mucho menos, a los Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera o Soraya Sáenz de Santamaría: al contrario, los cuatro me parecen inteligentes, brillantes incluso algunos y alguna de ellos, y hábiles en las lides políticas. No cito a Rajoy porque el candidato del PP es de la segunda generación de la transición, la que entra en política en los años ochenta, ya en democracia. Y tendría que incluir a Alberto Garzón, el candidato de IU-UP, persona sin duda excelente en inteligencia y capacidad dirigente, o a Ada Colau, Mónica Oltra y otras tantas figuras de la política autonómica que a lo mejor en un futuro pasan a la estatal. Es evidente que esta nueva generación política está tomando con rapidez y sin ningún tipo de prejuicio las riendas y el testigo de la política. Cuando se hagan las fotos del nuevo Congreso de diputados podremos tomar conciencia clara de que 2015 ha sido realmente el año del relevo generacional. No sé si del cambio político, que es otra cosa más fundamental.

Sin embargo, tengo que poner algún que otro pero a esta nueva remesa de líderes y de ideas políticas. Hablo de la obsesión de determinados candidatos por estampillar el próximo 20D como el acta de nacimiento de una nueva democracia. Me refiero al permanente silabeo de la palabra Transición cuando hablan del nuevo tiempo político que se abrirá en enero de 2016, como una nueva epifanía de virtudes y bienes. Remedando la cartelería navideña del actual hispanocristianismo algunos podrían titular su campaña: Ha nacido dios; ha venido el nuevo dios. No termino de entender sus repeticiones machaconas acerca de dejar atrás lo viejo y traer lo nuevo. Puedo comprenderlo bajo la perspectiva de una técnica de mercado electoral, es decir, de tratar de vender al elector que su producto es mejor porque es nuevo en el mercado pero no termino de entender la virtualidad de acabar con todo lo que proviene de 1978; para empezar, la propia Constitución que, posiblemente, es de lo mejor que tenemos en nuestros almacenes de historia española de los últimos cuarenta años.

Las nuevas tecnologías de información nos han hecho concebir la fotografía como un recurso de usar y tirar: hacemos fotos sin ton ni son porque son gratis, las podemos almacenar en nuestros teléfonos móviles y tirarlas al cubo de la basura (digital) en cualquier momento. Y, además, porque queremos hacer historia de cada instante o segundo de nuestra existencia vital. Hace cinco décadas o más nos hacíamos fotos en momentos concretos, especiales, marcados por fechas emblemáticas de nuestro calendario. Las hacíamos tras comprar un carrete en color o en blanco y negro (kodacolor, kodachrome, afgacolor, etc.), montar la cámara, ajustar los parámetros de diafragma y velocidad, y tratar de que el modelo estuviese listo para salir adecuadamente. Luego revelábamos las fotos, confiando en que el destino azaroso y la técnica aplicada fueran a la par, y podíamos admirar, horas o días después, el resultado de nuestro trabajo, que era mostrado a los demás y conservado en un álbum como prueba de nuestra biografía sentimental. Décadas después, ese álbum pasaría por las manos de los nietos que sentirían algún pequeño pálpito al ver cómo sus papás habían sido también pequeños y habían jugado a la pelota en la plaza o en la calle.

Ahora la foto, la historia y el relato se quiere hacer todo a la vez, con urgencia: no se reconoce que venimos de atrás, de muy atrás, y que nuestras hazañas contemporáneas serán vistas en un futuro, a lo peor, como simples juegos de patio, superadas por las de nuestros descendientes. Porque la historia va a su ritmo, con acelerones y frenazos, pero manteniendo un motor de tiempo largo, de largo plazo. Ya lo certificaron historiadores que no se dejaron engañar por el acontecimiento simbólico o la batalla decisiva; la carrera de la historia es de prolongada zancada. Y nos lo reiteran sociólogos que analizan el presente, como Wolfgang Streeck que, al estudiar la crisis financiera y económica contemporánea, nos insiste en que solo desconfiando de visiones estáticas del mundo podremos alcanzar a comprender cómo es una formación social; solo captando la multiplicidad de cambios y transformaciones a lo largo del tiempo se podrá percibir la realidad permanente de una sociedad; solo mirando al pasado se podrá entender el presente de nuestro mundo. Esta descomunal crisis financiera no nace en 2008, sus orígenes vienen de atrás, de bastante atrás y, posiblemente, dejará huellas profundas en los tiempos sucesivos. Pero esas huellas son imprevisibles en este momento. La historia y el devenir están abiertos a múltiples salidas.

Seguramente los actuales candidatos de las fuerzas políticas en liza —porque son inteligentes y preparados— saben que tendrán que lidiar con muchas variables que al día de hoy no han hecho su aparición. Confiemos en que miren de vez en cuando al pasado para poder aplicar un método y una solución adecuada a los problemas con los que tendrán que medirse.

 

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