¿Qué es ser patriota?

Por José GARCÍA GARCÍA

“Una vida francesa no tiene más valor que la de un niño en Palestina, Siria o Irak” (Frederick Kanuté).

Estas palabras, puede que para algunos no sean políticamente correctas. Arguyendo que es necesaria la unidad de los demócratas, que no deben de surgir fisuras contra la barbarie, que lo único importante es acabar con los asesinos.

Pero ¿a que jugamos? ¿Por qué seguir ocultando la verdad? o ¿es que lo cotidiano, a fuerza de serlo, no produce dolor? Sinceramente considero que todo es un continuo y calculado ejercicio de hipocresía. Y vuelvo a referenciarme en Kanuté, “Si no ocurre en América o Europa, es como si no pasara”.

No quisiera extenderme ya que es mucho lo que se escribe, pero si dejar claro dos conceptos para que nadie trate de manipular lo que quiero expresar con mi opinión. Uno, vaya por delante la condena enérgica a todo acto criminal que suponen los atentados terroristas, que causan víctimas inocentes y muestran una crueldad que no tiene justificación alguna. Y dos, la solidaridad con el dolor y el sufrimiento de las víctimas y con los ciudadanos y ciudadanas que se vieron involucrados en los sucesos.

Dicho esto, quisiera reproducir algunas cifras, que aunque sabidas, no dejan de ser irrefutables del horror con el que conviven a diario millones de personas en este planeta. Según el Instituto para la Economía y la Paz (IEP, sus siglas en ingles), durante el año 2014 murieron víctimas de atentados terroristas 32.658 personas. El 78% de estas víctimas (25.473) se concentraron en 5 países, Pakistán, Nigeria, Afganistán, Siria e Irak. Con más de 500 víctimas, además de los 5 citados, están Somalia, Yemen, República Centroafricana, Sudan del Sur, Camerún y Ucrania (esta última por el derribo del avión de Malasia Airline).

A estas cifras hemos de añadir los olvidados daños colaterales, es decir las muertes de civiles entre ellos niños, mujeres y ancianos, que sufren los países en guerra, como ocurrió y ocurre en Afganistán, Irak, Libia o Siria, por ejemplo, que se cuentan por cientos de miles, si no por millones, si consideramos sus muchísimas secuelas. Y los de aquellos que huyendo del horror arriesgan sus vidas en el mar, durante 2014 perecieron 4.272 personas (3.420 de ellos en el Mediterráneo). O los que mueren saltando barreras, muros o concertinas.

¡Y cómo no considerar la situación Palestina!. Desde la implantación del Estado de Israel en 1.948 han muerto en Palestina 52.320 personas, que tampoco se contabilizan como víctimas del terrorismo. Todas estas circunstancias han producido movimientos récord en las poblaciones afectadas alcanzando cerca de 60 millones de desplazados y refugiados en el mundo.

Todo esto es una sin razón, una barbarie, crueldad sin límite, violencia salvaje. Por lo que no podemos responder solo con más bombas, con guerras, donde quienes sufren son los más débiles. Occidente tiene su responsabilidad en esta situación. Desde el apoyo de EE.UU. en 1978, con armas y una fuerte financiación a los rebeldes islámicos, muyahidines, en un claro intento de desestabilizar al Estado de Afganistán, gobernado por el Partido Democrático Popular de Afganistán, solo hemos colaborado en destruir Estados, posiblemente “malos,” aunque sin alternativas políticas serias y democráticas. Véase Afganistán, Irak, Libia, Siria.

La comunidad internacional, tanto occidente como el mundo árabe tienen la responsabilidad y el deber de elaborar un proyecto político en común, pacífico y democrático, que ponga fin a esta situación, que pare esta espiral de violencia. Con un referente y unos valores universales, la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

¿Dónde si no dejamos el lema e insignia de la Revolución Francesa, Liberté, Égalité, Fraternité?

Todo un símbolo.