Una tecnología de izquierda

Foto Bob Mical

Por Javier VELASCO MANCEBO

Un juicio se realiza con la base de muchas ideas. Las ideas en que se basan los juicios deben ser muchas y verdaderas, nunca falsas. Desde que el mercado impera en  nuestras vidas, los juicios adolecen de poca calidad. Los juicios solo necesitan que sean aceptados por el mercado y que se incorporen al llamado sentido común, que, como podemos observar en muchos casos, puede ser un sentido falso, que no se apoya en ideas verdaderas. Lo mismo pasa con los juicios que se producen en el periodismo y en la televisión y, por supuesto, en el mundo político, empresarial o científico; en este último caso, los objetivos de investigación están sometidos, en la mayoría de los casos, al sentido común liberal y competitivo. La confusión con términos como tecnología, innovación, investigación, excelencia, etc., son un ejemplo del desconcierto que subyace en el forcejeo que existe por imponer una precisa interpretación de la realidad.

La ideología liberal ha impuesto una interpretación falsa nacida de ideas falsas: la de que la solución a la crisis de crecimiento económico pasa por una inefable innovación, unida a una incierta formación más cualificada de los seres humanos, que les haría aptos para manejar los nuevos artilugios, ya sean máquinas o algoritmos. Esa habilidad incrementaría la productividad, el crecimiento económico y, por tanto, el empleo. Un mundo feliz absolutamente enfrentado a la realidad más irrebatible.

La izquierda política se ha situado, motivada por el mercado político electoral, en unas coordenadas de sentido común convencional, en un papel ausente de crítica política y económica. Y eso sucede, también, en un terreno especialmente sensible para la configuración de nuestra sociedad: la tecnología. A la izquierda le falta una teoría explicativa de la tecnología que le sirva de arbotante de un proyecto de civilización. La izquierda está sumergida en la crítica de los efectos de la tecnología existente y no en la pertinencia de su naturaleza en orden a la consecución de una sociedad globalmente más sostenible y justa en todos sus pliegues.

Para desarrollar esto se pueden abordar tres elementos de reflexión: primero, la que se refiere a la definición de tecnología; segundo,la referida al funcionamiento de dicha  tecnología “burguesa” ante la crisis del capitalismo que brotó en los años setenta; y en un tercer elemento  de reflexión, analizaremos rasgos de lo que podría ser una reorientación de objetivos del conjunto de hechos a partir de una nueva utilización de la tecnología.

¿Qué es la tecnología? ¿Cuál es su naturaleza? Son preguntas elementales no respondidas o mal respondidas. Hoy en día, cuando se habla de tecnología la identificamos con los aparatos derivados de las técnicas de información. No es exacto. Simplificando, podemos decir que la tecnología se refiere al estudio científico y razonado de las técnicas. Los tecnólogos son los que estudian las técnicas y su desarrollo histórico y lógico. Por tanto, el objeto de atención es la técnica. Pero,¿qué es la técnica? La definición puede ser simple.

La técnica es algo que resuelve un problema. Por eso, entre el problema y la solución se van a intercalar una serie de actividades que llamamos “técnicas”. Estas técnicas pueden ser artefactos (un robot) o acciones (modos de actuar o pensar). La producción de un coche necesita máquinas (artefacto, seres humanos) y diseño (proyecto de acciones). En general, la producción de cualquier objeto necesita ambas cosas. Lo que hay que señalar es que el aparato no es neutral, se concibe y se construye, a su vez, en función del problema que se quiere resolver, que vendrá especificado por el diseño. Es, pues, la cristalización de una forma de ver la vida, de una ideología, que piensa que el problema de que se trate es un problema y que debe resolverse de una manera que no perjudique algunos intereses y beneficie a otros. Las maquinas son construidas pero, al mismo tiempo, nos construyen; transforman lo que somos y sabemos, nuestras formas de pensar y las representaciones que tenemos del mundo.

El problema es ya una concepción ideológica de prioridades, que identifica al emisor: salud para todos, beneficio a toda costa, objetos para ricos, energía renovable, vivienda racional, transporte exclusivamente público, suponen problemas que se ordenan según quien maneje las orientaciones tecnológicas. Dependiendo de la priorización de un problema se escogerán estas o aquellas técnicas y se utilizarán unos u otros conocimientos científicos para resolverlo y, al mismo tiempo, se organizará adecuadamente el entorno institucional y reglamentario. Si existe un vacío de conocimiento, se pedirá a los centros de investigación que trabajen en ese campo. No hay que aclarar que no es lo mismo un programa de investigación que tiene como objetivo el problema de la productividad y la competitividad que otro que trata de resolver problemas de contaminación sin tener en cuenta la demanda privada.

En el momento actual nos encontramos con un racimo de técnicas que denominamos tecnología de la información y comunicación, que incluyen técnicas precisas como son la telefonía móvil, ordenadores, redes, etc., y que se apoyan en otras técnicas como pueden ser los nanotubos, fibras de carbono, polímeros y otros. Asimismo, la irrupción de estas técnicas ha dinamizado otros racimos de técnicas que se aplican en áreas como la Biotecnología o la Robótica. En la cumbre se encuentra el tratamiento de la información por medio de algoritmos que encierran la construcción política de una realidad que está a favor de la clase dominante.

Todo este conjunto está prioritariamente al servicio de una ideología: la que utiliza la técnica del mercado libre, que observa como problema la obtención acumulada de beneficio y cuya solución es la ganancia. Eso no impide que  soluciones de mercado no sean, también, beneficiosas socialmente, como es el caso de los medicamentos, aunque habría que hablar del peligro de su privacidad. Para la obtención de ese beneficio se utilizan técnicas adicionales, sobre todo las que presionan para colocar la producción y que incluyen campos imprescindibles para ello como son las técnicas de persuasión e incitación, las técnicas financieras, las de propiedad intelectual, sin olvidar las logísticas en el amplio sentido de la palabra. Todo ello va a configurar una cultura de masas formada específica y necesariamente para la acumulación de ganancia. En suma, un escenario problemático con difícil solución y que necesita de una técnica política nueva.

La segunda interrogante que nos podemos hacer es: ¿Qué papel ha tenido la tecnología en la crisis que nace a finales de 1970? Sabemos que todo empieza por una respuesta angustiada de la presidencia Nixon ante el descenso de los márgenes de beneficio de las empresas en los Estados Unidos a mediados de los años sesenta, motivada, también, por la emergencia competitiva de Alemania y Japón y por la saturación del mercado de consumo interno. Ya estaba todo vendido y construido en el país origen de la sociedad de consumo de masas, como lo ha descrito muy bien Robert J. Gordon. El descenso de los márgenes llegó un poco más tarde a Europa, pero llegó. La historia es conocida: se empezaron a llevar a cabo todo tipo de políticas para aumentar la demanda y rebajar los costes de producción que  supusieron la ruptura de toda moderación en el sistema capitalista. Y en esas estamos. Pero, repito: ¿y la técnica, que papel jugó? Fue decisiva. Nació para la salvación del sistema  a partir de dos tecnologías; una material, la que supuso la puesta en marcha de máquinas que ordenaban la información y que tuvieron sus primeros prototipos en la posguerra mundial; otra intelectual, se ocupó del método de organizar la sociedad: la sociedad de libre mercado. Las dos se influyen y se fecundan. Ellas servirán de estrategias para la recuperación de las tasas de beneficios, centrando su configuración en el descenso de los costes de producción y en la ampliación de mercados a partir de nuevas técnicas de financiación, distribución y comercialización, que se han manifestado devastadoras para el crecimiento sostenible de la humanidad y para las condiciones de vida futuras, entre otras cosas.

Estas dos tecnologías conviene identificarlas para  empezar a analizar el surgimiento de las tecnologías de la crisis. La primera es la producción de una serie de ideas que precedieron y que crearon las condiciones institucionales para la irrupción de las tecnologías de la información, y que son una tecnología en sí misma, una suerte de algoritmo ideológico; nos referimos a la visión del mundo que surgió ya en 1944 de la mano de Friedrich von Hayek y Ludwig von Mises, inspiradores de la Sociedad Monte Pelerin. Hayek elaboró, de una forma inteligente, todo el arsenal de argumentos (instrucciones) contra la técnica de planificación económica, vigente en la posguerra, y el consiguiente papel del Estado. Hayek defendió como técnica más eficiente el mercado libre y lo identificó con la libertad. Para él el instrumento Estado sólo se debería dedicar a que la técnica mercado funcionase perfectamente, garantizando la propiedad privada y limitando sus funciones a las exclusivas de la defensa y el orden público. Esta técnica la contrapuso a la planificación, que consideraba ineficiente y portadora de tiranía.

Las ideas de Hayek estuvieron en el limbo hasta que la crisis las sacó de la biblioteca, de manos de Milton Friedman, y cuajaron políticamente durante los mandatos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan.  Estas ideas han tenido consecuencias y han supuesto modificaciones reglamentarias liberalizadoras que, sin embargo, no han restringido el papel del Estado en la dimensión que pretendía Hayek sino que han delimitado las funciones de ese  Estado para  ayudar de forma extravagante a la permanencia del poder establecido. Hay que repetir que las tecnologías de la comunicación e información realmente existentes, en su materialidad, están indisolublemente ligadas a la concepción neoliberal surgida de las ideas de Hayek y a una nueva práctica del Estado como institución.

El segundo aspecto, porque el mercado se considera aquí como una técnica organizativa para la distribución de bienes y servicios, es el acontecimiento más significativo de la respuesta del sistema a la crisis de beneficios: la irrupción invasora de  las tecnologías de la comunicación e información (TIC). Las TIC son una especie de metástasis paradójica que inunda todas las actividades económicas, sociales y políticas; en suma, todas las actividades humanas. Las consecuencias, a largo plazo, pueden ser demoledoras porque la utilización extraordinariamente positiva de sus características está siendo impedida por la orientación mercantil con que funcionan. El potencial exponencial de la capacidad de los ordenadores es enorme y podría mejorar claramente la condición humana. No es el caso, porque su principal objetivo es incrementar la productividad de los sistemas económicos en todos los ámbitos, sin considerar las consecuencias. Las TIC nacieron insertadas en la liberalización económica, y se han desarrollado para recuperar los márgenes de ganancia que produjo la crisis. Eso no quiere decir que no se estén utilizando en sectores no orientados al mercado, cada vez menos, si no que su desarrollo fundamental es la acumulación de capital.

La orientación capitalista de las TIC está ocasionando un monumental desorden a todos los niveles de la economía real: desigualdad personal, egoísmos territoriales, presión sobre las reservas de materias primas, grave peligro medioambiental. En esto todo el mundo está de acuerdo, el diagnóstico de consecuencias es claro, pero el orden actual impide los cambios. Se falsifican las estadísticas; se contratan a intelectuales conservadores para que creamos en la sostenibilidad del sistema; se compran periódicos. Pero todo es inútil, las evidencias están a la vista. Y, como dice el poco sospechoso de radicalismo Javier Solana, hay poco tiempo, muy poco. Las TIC llevan dentro, tal y como se utilizan hoy, un líquido maligno que hipertrofia la cantidad de objetos que recorren el mundo, una locura planetaria.

Curiosamente, hoy es posible, como nunca, una fuerte racionalidad global. La monumental cantidad de información que tiene la humanidad en su poder en los big data ofrece la posibilidad, sin igual en el pasado, de conocer certeramente la realidad y, sobre todo, nos da la facultad de prever el futuro si se prolonga el presente de forma que lo podamos reorientar hacia un conjunto más justo y aceptable socialmente.

Hoy es factible una gobernanza algorítmica que cree un mundo mejor. Hayek se orientó en sus ideas por el valor de la libertad individual ante el colectivismo soviético; por el libre mercado frente a la planificación. Habría que hablar sobre estas dicotomías. El mercado puede significar menos libertad individual y, por el contrario, la planificación puede significar más expansión de los individuos porque hay más igualdad y seguridad; todo depende. Pero lo que nos interesa es pensar que tenemos que partir de un racimo de ideas sobre la realidad que vivimos que nos permitan   utilizar unas tecnologías que sirvan a esas ideas.

Un algoritmo es, simplemente, una serie de instrucciones que nos permiten obtener un resultado. Con los calculadores actuales y a partir de los big data, el algoritmo matemático puede jerarquizar la información, seleccionar la que nos interesa, escoger los bienes y servicios que preferimos y proyectar cómo producirlos o servirlos. Ese es el mundo que tenemos que gestionar: o mandamos a las máquinas lo que nos tienen que hacer o es el mercado, dominado por una minoría suicida y rica, la que se lo dirá, con resultados previsiblemente sombríos. Podremos elegir, casi como contraposición a estas consecuencias, los rasgos de una vida mejor, para la que hay que hacer un esfuerzo mental colectivo.

Por último. ¿Cómo utilizar la tecnología? ¿Cómo construir una tecnología de izquierdas? Nos encontramos en una época histórica en que el ser humano tiene la inmensa posibilidad  de organizar la vida de manera razonable gracias a la utilización de tecnologías con capacidades asombrosas y,  se están derrochando en  la producción de baratijas, en la alimentación hipertrofiada de animales que destruyen la agricultura y los bosques, en el consumo energético destructor. Hay que cambiar la orientación

Terminar con una propuesta es pretencioso, y no me siento con suficiente capacidad para enhebrar un programa, pero si voy a intentar identificar algunos primeros pasos de lo que haría para combatir por un mundo más racional y empático, empezando por España.

Lo primero que haría sería reunir a un conjunto de expertos e investigadores de todas las disciplinas del conocimiento, coordinados por alguien experimentado en prospectiva para que empezasen a trabajar en diseñar un escenario para el 2050.  Ese escenario no sería una mera extrapolación del presente sino un deseo de estabilidad, seguridad y prosperidad equitativa. No sería una experiencia sin referencias porque existe actualmente en EEUU, Francia y el Reino Unido.

Estos expertos deberían informar de las consecuencias que se derivarían de la continuidad del actual sistema de crecimiento y de la relación de la gente con  las tecnologías existentes en todos sus aspectos vitales. Esto debería ser un ejercicio colectivo y transparente; riguroso y eficaz. El objetivo es trasladar a los ciudadanos las posibilidades y los peligros, de forma que los debates políticos tengan contenido. El escenario futuro tiene que tener la aspiración de ser algo consciente y compartido.

Para ello se tendrían que mejorar las herramientas a utilizar en las previsiones. Tendría que crearse un Instituto Nacional de Prospectiva independiente que, con la colaboración de la comunidad de expertos y la participación de organizaciones sociales y políticas, elaborase un Escenario España 2050 que tuviese el mayor consenso posible. Dentro de este Instituto debería haber otro específico de Prospectiva Tecnológica, que aprovechase los trabajos del Instituto de Prospectiva Tecnológica de Sevilla, dependiente de la Comisión Europea y que tuviese como función principal la divulgación de las posibilidades tecnológicas a la población y que trabajasen constantemente y en el estudio del mejor aprovechamiento de la tecnología existente en la labor del sector público y en la reorientación del tipo de crecimiento económico en todos los sectores. Todo ello tendría que apoyarse en una herramienta estadística coherente con lo que se pretende, un INE adecuado.

Es evidente que, hoy por primera vez, se puede planificar con mejores indicadores que los que suministra el mercado y que el PIB y la productividad no son índices que indiquen prosperidad; muy al contrario, el crecimiento del PIB puede significar decadencia y malestar social. Por ello, la tecnología debe ayudar a un cambio de rumbo a una nueva época imprescindible, que se puede empezar  con la prudencia y las limitaciones lógicas que se requieren. Podemos empezar a desarrollar una lógica de gobernanza algorítmica en la que los valores de las variables que componen la ecuación  sean la vida digna y segura y los números reflejen la equidad.  La economía no debe ser solo sector público pero es suicida que toda sea sector privado. Para ello hay que concebir una necesaria tecnología de izquierdas que justifique una estrategia a medio y largo plazo, por encima del periodo electoral.

Bruselas, Noviembre 2015

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