El día después

Por Francisco PALERO GÓMEZ

Se decía en aquel 1975 y en aquella Guadalajara donde habitaba, que un viejo republicano, escaso de recursos, llevaba años yendo todas las mañanas al quiosco de prensa y cogía el periódico, sin comprarlo, aun indicando el quiosquero que podía mirar en su interior, a lo que respondía no ser necesario, porque la noticia que él esperaba iba a aparecer en primera página.Y un día la primera página reseñaba un lacónico “FRANCO HA MUERTO”, junto a la imagen del dictador metido en el féretro y Arias Navarro llorando. Y ese día, el único en su vida desde que terminó su condena en Cuelgamuros, allá por el año 1956, ese hombre compró el periódico.

Esa fue la foto que sintetiza los hechos que recuerdo y que recorrió todas las agencias internacionales: fue tan importante que ha perdurado en todas las hemerotecas.

Y como afortunadamente tengo una memoria selectiva, poco más puedo destacar de ese día y sí todo el devenir posterior.

Señalo que, a diferencia del sentir de otras gentes de la izquierda, que brindaron por la muerte, yo no tuve sentimiento alguno por la muerte del hombre, pues solo alteran mis sentimientos íntimos las muertes de los cercanos y ese señor, aun siendo omnipresente en mi vida, nunca fue más que un lamentable anacronismo histórico. Tampoco quería ejecutarle, porque llevaba y llevo toda una vida repudiando la pena de muerte, y cuando se hablaba de este tema – porque se hablaba en los círculos en que yo convivía – siempre afirmé que no quería que la pena de muerte fuese aplicada, ni al mismo Franco.

Lo que no es óbice para afirmar que me produjo satisfacción su desaparición y lamentar que se producía tarde, porque con su muerte, inexorablemente desaparecía su dictadura, como así ocurrió, presentándose ante los comprometidos (que no éramos demasiados, todo hay que decirlo) la obligación de la prudencia y la mesura y de recuperar el tiempo perdido de esa España, dirigida 40 años interminables por un personaje sanguinario, anacrónico y hasta esperpéntico. Por ello reitero que el dictador murió tarde, pues dadas las circunstancias históricas que llevaron a su entronización como caudillo, solo con su muerte podía abrirse una nueva etapa para España, como así fue.

Después de su muerte conocimos que su mayor actividad cultural era ver en TV a los payasos, que cenaba con Fanta de naranja fuese cual fuese el plato que degustara, que cuando se puso enfermo e intentaron operarle en el Pardo, saltaron los plomos eléctricos por no tener suficiente energía contratada, que hubieron de trasladarle de una habitación a otra del Palacio, porque no cabía la camilla por las puertas, tirando los fantoches carpetovetónicos que le acompañaban de un capote militar,y otro largo etcétera que debía ser destacado al mostrar la auténtica identidad del sujeto. En definitiva, todo un personaje que, si no fuera por su adicción trágica a matar, solo produciría hilaridad.

En esa fecha la inmensa mayoría de la población ya conocía Europa, su evolución y su desarrollo, y aun siendo cierto que las políticas de los tecnócratas aplicadas en los años sesenta nos habían acercado a la entonces denominada CEE, no era menos cierto que en lo cultural, en las vivencias más íntimas de los hombres y mujeres de esta España nuestra, estábamos sumidos en el pozo negro de la historia por empeño personal del dictador y sus adláteres: recordemos que unos días antes de morir, sin duda ya agónico, el 27 de septiembre del 1975, negó su clemencia a cinco condenados políticos, que fueron fusilados. Ese fue su último acto como jefe de estado.

Recuerdo el Tedeum celebrado en mi ciudad– como en todas las ciudades de España– como últimas exequias para el difunto, al que asistieron todas las “fuerzas vivas”: todos los que, de una u otra forma, habían vivido o crecido con su régimen y derramaron lágrimas, más o menos sentidas. Pero las lágrimas no fueron óbice para que muchos de ellos, a los pocos días, se sumaran a la construcción de la democracia.

A partir  de ese noviembre del 75 los acontecimientos se precipitaron, no sin avatares, muertes y sufrimientos: recordemos, por solo señalar dos ejemplos, los asesinatos de los Abogados de Atocha y los asesinatos y secuestros de aquellos “grapos” desestabilizadores desde una supuesta ideología de izquierda.

Pero la vida corrió muy deprisa: la manifestación por la Amnistía: la salida a la realidad del movimiento obrero y sus acciones reivindicativas: la salida a la luz de partidos y sindicatos: la Junta Democrática: la Platajunta y demás inventos que propiciaron el diálogo y nos condujeron a las elecciones generales y constituyentes.

Y hemos de señalar que una parte importante de los actores que asistieron al Tedeum, comenzaron de inmediato a hablar, reflexionar y trabajar para la democracia: fundaron UCD y  abrieron el diálogo: con ellos – con nombres concretos – mantuve, ya en mi condición de Secretario provincial del PCE, múltiples reuniones –y esa fue la marca en todo el Estado – y haciendo honor a los hechos he de dejar constancia, porque esa es mi convicción mas íntima, que sin ellos la transición no hubiera sido posible y menos la proclamación de nuestra Constitución, la más importante y fructífera de nuestra historia.

Esos son los días después de la Muerte, donde construimos no lo que pudimos – como algunos hoy se empeñan en afirmar para negar la transición y la Constitución – sino lo que quisimos, porque estábamos convencidos de la obligación de abrir una nueva etapa de España, integradora de todos, o de la inmensa mayoría, que había renunciado a reclamar “la vuelta de la tortilla” desde la asunción no retórica de la reconciliación nacional como método y objetivo definitivo para una España distinta.

Y digan lo que digan los nuevos o trasnochados actores políticos los resultados son evidentes, pues sin cerrar los ojos a los problemas y a las imperfecciones, esta España actual es otra: es más Europa y por ello más democrática: más prospera y por ello más solidaria: más justa y por ello con mas justicia, donde un evidente estado de derecho reina como norma y por él y no pese a él, se está persiguiendo desde todos los estamentos del Estado la corrupción, la desigualdad y la injusticia.

Por ello, sin afirmar que la construcción democrática se termina con la transición – pues la democracia es un constante devenir – hemos de afirmar que podemos y debemos construir todos los pasos que sean necesarios, pero sin romper o negar lo que es evidente: la democracia, sintetizada en la Constitución, la concreta y vigente,  fundamento de todas nuestras normas y garantía de nuestra convivencia.

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