De sentido común

Foto flickr: Riccardo Romano

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Como es sabido, la actual crisis económica ha supuesto para el paradigma neoliberal lo que la caída del Muro de Berlín para el socialista. Lo dicen los sociólogos, economistas, filósofos y demás personal de izquierdas dedicado a la noble tarea del pensar. Pero, a pesar del reconocido-fracaso-de-su-política- neoliberal, están llevando a cabo sus reformas a tal velocidad y profundidad que van a dejar a Europa irreconocible. Menos mal que son reformadores y no revolucionarios…


Pertenezco a una generación que conoció el inicio (aquí empezaba cuando en Europa ya decaía) de un modelo económico capitalista que llamaban Estado de Bienestar. Mediante una cultura de pactos entre agentes sociales, la clase dirigente resolvía el problema social mediante la intervención del Estado que, regulando los excesos capitalistas, garantizaba el acceso masivo a la educación, la sanidad, la vivienda, la jubilación y un hasta entonces desconocido nivel de consumo. Estos pactos eran implementados por gobiernos socialdemócratas y democristianos indistintamente. Creíamos en el progreso indefinido como algo natural y gratuito. Era necesario que las masas no optaran por el modelo económico alternativo que se  llamaba comunismo.

En el 68 la izquierda fetén denunció la impostura de un estado pastor que apacentaba su sumiso rebaño por las verdes praderas del consumo. Las masas, que lo único que tenían era su trabajo y no estaban educadas para degustar exquisiteces alternativas, desoyeron esas sutilezas. Los conservadores, sin embargo, fueron más eficaces. A finales de los sesenta, una coalición de economistas clásicos, políticos conservadores, hombres de negocios y potentes medios de comunicación consiguieron, en solo veinte años, cambiar el paradigma capitalista entonces vigente. Prometían que, si se liberara al mercado de las cadenas del Estado, el capitalismo desarrollaría su formidable potencialidad acabando con la proletarización de la sociedad y haciéndonos a todos  empresarios, accionistas y propietarios. ¡Todos capitalistas! Bueno, los mejores, nosotros…

El convertirnos en empresarios implica el desafío de afrontar individualmente la existencia, olvidando los derechos colectivos y la  mutualización de los riesgos (jubilación, prestación del paro, sanidad universal, etc…), para pasar a actuar como empresas de nosotros mismos,  recurriendo al crédito y seguros individuales para cubrirlos. Por ejemplo, la educación no es un derecho sino una inversión en capital humano, financiado mediante préstamos si se carece de liquidez. Nos hacemos propietarios de la vivienda mediante el endeudamiento vitalicio. El acceso creciente a bienes de consumo sin aumentar los salarios se consigue mediante el crédito abundante y barato. El Estado debe reducirse a su mínima expresión y dejar de intervenir en la economía, impidiéndole endeudarse (al Estado, no a la economía).

Al final, la sociedad funciona mediante una relación entre los pocos que tienen, acreedores, y la mayoría  que no tiene, los deudores (acabo de leer sobre el tema un librito muy didáctico La fábrica del hombre endeudado, de Mauricio Lazzarato).

Indudablemente el programa era claro, excitante, sencillo, positivo…

En muy poco tiempo, después de un corto y fracasado intento de Miterrand de aplicar una política económica de izquierdas a principios de los ochenta, los partidos socialdemócratas europeos se hicieron postmodernos y adoptaron la economía liberal, con lo que esta ideología  se convirtió en un código de evidencias que todo el mundo (entiéndase, el influyente) comparte. La caída del muro, las nuevas tecnologías y la acelerada globalización de la economía dieron visibilidad a la ruina ideológica y política de toda la izquierda. La lucha electoral se limitó en buscar el centro, donde se ubica la mayoría de los electores, fábrica del sentido común. Este es un espacio móvil que, ante la renuncia de la izquierda a aportar nada que pueda ser percibido como perturbadoramente diferente, se ha ido desplazando aceleradamente hacia la derecha. Poco importa que este sentido común, en términos aproximados de Gramsci, no sea en absoluto reflejo de cómo funciona la sociedad. La consecuencia política fue que la falta de diferencia entre lo elegible promovió la indiferencia de los electores. Como la política iba progresivamente  demostrando su irrelevancia para resolver problemas mientras el consumo era el ámbito donde se podía elegir y diferenciarse, fue allí donde se centraron los intereses; lo que la ciudad no ofrecía se buscó en el mercado. En España lo llamábamos pasotismo.  Algunos de la izquierda no pudimos desplazarnos a la velocidad y sentido  en que lo hizo el centro y nos convertimos en excéntricos o descentrados.

Con la crisis del 2007 estalló el paradigma al fallar el crédito (o confianza) no solo financiero sino en las instituciones, en la política, en el futuro…. Todas y cada una de las promesas neoliberales se han convertido en humo. Ni de coña somos todos empresarios aunque, a falta de trabajo, nos harán emprendedores. La sociedad se ha desproletarizado, pero convirtiendo gran parte de la clase media (trabajadora) en precariado; la propiedad de la casa mediante hipoteca a menudo deviene amenaza; aumentan en decenas los millonarios pero en millones los pobres…

¿Y que decir del denostado Estado intervencionista y parasitario? No han dudado en utilizar su capacidad redistributiva, convirtiendo la Deuda Privada (entiéndase, la de los bancos) en Deuda Soberana: el Estado, a través de nuestros impuestos, condiciones laborales, de salud, de educación, de posibilidades de futuro…, libera de sus deudas a los bancos  provocadores de la catástrofe. La banca  parasita al Estado.

Para más guasa ya forma parte del sentido común  que el desastre fue consecuencia de que vivíamos por encima de nuestras posibilidades.

Vale, queda establecido que el relato neoliberal  era falso, ha fracasado, sus promotores son corruptos y malísimos y sus victimas se cuentan por millones. Pero ¿por qué ese fracaso no se concreta en lo político o económico?

Supongo que el poder real, económico y social del actual modelo capitalista es tal que puede prescindir de relato legitimador. La reacción de todos los gobiernos y partidos, socialdemócratas o conservadores, de la Unión Europea frente a Grecia ha demostrado que cuando no es suficiente la seducción no dudan recurrir a la obscenidad del miedo con eficacia (y el apoyo democrático de la mayoría de la población).

Y puede que el peso de sus aportaciones a ese acervo de valores explícitos y sobreentendidos que llamamos sentido común sea tal que cualquier relato les sea innecesario. Ya es de sentido común que la solidaridad es cuestión de caridad y no de justicia (cobertura de paro sí ¡pero no con mis impuestos! ¡Pobres refugiados! pero no los alojéis en mi barrio); que los parados son prescindibles por su vocación de cigarras; que la desigualdad es mala solo para los que no buscan la excelencia…

También es posible que cuando la izquierda arrojó a la basura la ideología se le escaparon con ella las ideas  y, por ello (aunque no sólo), carece de una alternativa económica y política verosímil, capaz de encauzar de forma estable el malestar de los millones de personas que quedan en la cuneta y vuelven a mirar la política. Malestar creciente porque probablemente lo que ha venido no es producto de una crisis, sino un regreso a la normalidad  histórica de crecimiento moderado y desigualdad creciente, excepcionalmente rota durante los treinta gloriosos. Entonces creíamos en el progreso y ahora estamos en el regreso.

Todas las izquierdas siguen afanándose en la tarea prioritaria de ganar las elecciones, pero no presentan un proyecto verosímil capaz de concitar el apoyo permanente de una mayoría social.   No faltan promesas y hasta originales ocurrencias sobre actuaciones ad hoc que traten de paliar los efectos de una crisis que desgraciadamente es total. Pero no encuentro un proyecto totalizador (llamémosle mejor holístico, no se me vayan a mosquear…) acorde con la gravedad y naturaleza del tema. ¿Otro relato?

Me malicio que Podemos no podrá tomar el cielo por asalto. Que, en el mejor de los casos, tendrá que ir preparándose para un asedio largo y muy costoso pues no se trata de remozar el sistema sino de cambiarlo. Lo que no se consigue solo con discursos éticos. Es de sentido común.