¡Qué papeleta!

Por Pedro Ángel JIMÉNEZ MANZORRO

Ayer venía de algún sitio imbécil y me llamó la atención una chiquilla que no alzaba  mucha altura desde el suelo inclinado de mi calle. La madre cubría la retaguardia pero la dejaba hacer. La sonrisa de la párvula me ganó en seguida.  Ella, sabedora de su encanto, pasó al ataque. Me pretendía vender una papeleta. Sortean un jamón de pata negra y de bellota sin males criticables por la OMS. No suelo adquirir papeletas de estas de dudosa legalidad porque al final acabas apoyando a una cofradía o similar y el cuerpo no se me hace.

Pero esta vez no era eso. La madre se adelantó para señalar que los padres de alumnos de 6º (Entenderán que no facilite otros datos para no dejar en evidencia a nadie) de un CEIP (un Colegio de Enseñanza Infantil y Primaria, no crean que es otra cosa) de la zona organizaban este sorteo para contribuir a la “reparación del Proyector de la clase para beneficio del Centro y sus alumnos, así como los gastos derivados”.  Doné cinco euros a cambio de los cuales me regalaron cinco papeletas para el sorteo dejamón pata negra y de bellota por valor equivalente a 150 euros (¡Pobres criaturas que tienen que vender ciento cincuenta papeletas para cubrir los gastos marranos!)

Llegaba a casa y pensaba (Se pueden hacer las dos cosas a la vez) cuánta miseria había en la política española. Un proyector se estropea, la Consejería correspondiente no se ocupa de la reparación o sustitución del aparato y el aparato de su partido no se preocupa de reparar o sustituir lo que hiede a viejo en Andalucía, que no es poco. Y al resto de fuerzas, emergentes o sumergentes, tampoco parece preocupar demasiado el aparato ajeno sino ese flash de máquina antigua que al saltar te ciega durante unos segundos eternos, pero cuya luminosidad termina por dejar el mundo igual tras las chiribitas: un militar de más graduación que un licor añejo, una ilustre prófuga de lanza en ristre, un autorreconocido crítico de pocos posibles… Para esto los italianos fueron unos verdaderos visionarios y eligieron en los ochenta a una chica pornohúngara apodada Cicciolina. Ella sí que brilló en la Lista del Sole.

En definitiva, que volvemos a saber mucho de personas y de puestos de estrellas en las listas del Sol y de la Luna y de Plutón -que no es más que un jodido planetoide venido a menos- y poco de cómo vamos a arreglar los proyectores del las chiquillas de ojitos claros. Me estaba poniendo triste con estas cuitas pero mi alma saltó de alegría (Sursumcorda!) y saboreó el gozo, el gusto y la complacencia cuando se enteró de que el ilustre ex rector  aceptaba el tercer puesto de la lista posibilista y emergentede Sevilla, como debieron de decidir los círculos de gentes en alguna reunión multitudinaria. ¡Qué papeleta!

 

 

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