Notas preelectorales 2. ¿Reforma o Ruptura?

Por Javier ARISTU

Algunos están hablando desde hace tiempo de una nueva transición. Otros se refieren al modelo político surgido de la Constitución de 1978 como el viejo régimen, con el que hay que romper. Por otro lado se habla de un proceso constituyente. Algunos dicen que con su simple presencia en el tablero han cambiado la política y que ahora se trata de cambiar de gobierno, lo que significa, obviamente, una reducción de las iniciales ambiciones. Líderes hay que propugnan un nuevo país. Como se puede deducir, en algunas zonas del debate político la cosa suena a crear una nueva situación, romper con el pasado e instaurar un nuevo modelo de convivencia política. ¿A través de la reforma o de la ruptura?

Las palabras que se usan son importantes para comprender lo que nos quieren plantear las actuales fuerzas políticas que se van a presentar a las elecciones del próximo 20D. Para resumir, con el riesgo de esquematizar demasiado, al día de hoy estas serían las posiciones sobre el fondo del asunto: 1) el Partido Popular no mueve ficha, no reforma nada, nada hay que retocar; 2) Ciudadanos plantea un conjunto de reformas parciales sin pronunciar para nada “la reforma constitucional”; 3) PSOE nos habla directamente de reforma del marco político y de la Constitución. De los tres anteriores este es el que más se adentra en proponer la reforma del texto de 1978 sin traspasar ciertos límites: «no pretendemos abrir un proceso constituyente sino mantener los principios e instituciones esenciales de la misma, fortalecer los derechos reconocidos a los ciudadanos y adecuar su texto a las transformaciones experimentadas por nuestra sociedad». Ha presentado incluso un proyecto de reforma constitucional donde habla de «Reformar la estructura territorial del Estado con los principios y técnicas del federalismo», fórmula lingüística cuanto menos alambicada y confusa. ¿Por qué no propugnar directamente un nuevo pacto federal en España? Todos sabríamos a lo que se aspira. Ciudadanos, por su parte, en ningún momento —que yo sepa— plantea la reforma de la Constitución aunque algunas de las reformas propuestas (supresión Diputaciones, del Consejo del Poder judicial, del Senado, etc.) conlleva un replanteamiento de la planta constitucional. Y del PP pocas reformas constitucionales esperamos aunque Rajoy ha hecho alguna declaración aceptando que en el futuro, si otros lo proponen, podría aceptar negociar ciertas reformas constitucionales. Pero no propondrá en su programa electoral ninguna.

Por otro lado, nos encontramos con formaciones políticas que —al menos hasta ahora—se han situado dentro del campo de la ruptura constitucional. Por ruptura constitucional se entendería iniciar desde las Cortes surgidas del 20D un proceso constituyente que debería cambiar nuestro modelo institucional básicamente en dos ejes: forma de estado (monarquía o república), modelo de estado (autonómico o federal). Ante estas cuestiones no termina de aclararse si lo que plantean Podemos, IU-UP y las demás candidaturas de izquierda se van a proponer en esta legislatura o son desiderata in illo tempore. Por ejemplo, Alberto Garzón (sin conocer todavía el programa definitivo que presente como candidato) habla de «un proceso constituyente dirigido por gente trabajadora que lleve a un modelo de Estado solidario y fraternal y una Constitución que defienda a la mayoría social ante las agresiones.» (lo he leído en Público.es el 18 de octubre), lo cual es lo mismo que decir que “me gustan los huevos fritos”.

Podemos ha pasado claramente hacia el campo del posibilismo y, me atrevería a decir, del realismo político, proponiendo «”blindar” en la Constitución la reforma del sistema electoral, la independencia judicial, la lucha contra la corrupción, los derechos sociales y el derecho a decidir» abandonando las frases espectaculares de procesos constituyentes y cosas parecidas.  La presencia de Javier Pérez Royo como número 3 por Sevilla en la candidatura de Podemos ilumina a lo mejor más lo que vaya a hacer ese grupo parlamentario (siempre y cuando salga elegido el profesor constitucionalista, cosa que no está nada clara a la luz de los resultados autonómicos de 2015, aunque es evidente que la volubilidad actual es muy importante y ello puede beneficiar a Podemos). El profesor Pérez Royo dice en su reciente libro que la reforma constitucional es inviable a no ser que «el Congreso de los Diputados y el Senado acepten dejar de ser lo que son y abrir la puerta a una reforma a través de la cual el Congreso sea expresión de un ejercicio del derecho de sufragio igual, y el Senado deje de ser un Senado provincial, y convertirse en una Cámara territorial en alguna de las formas aceptables en nuestra cultura política y jurídica, que en este terreno de la distribución territorial del poder no es otra que la federal» (pág. 138). Toda una faena de envergadura, pero seguramente necesaria si se quiere que este país llamado España tenga viabilidad en las próximas décadas. Y para la que hará falta el acuerdo de casi todas las fuerzas políticas presentes en el Parlamento.

Todo lo dicho hasta aquí me animan a proponer lo siguiente: ¿No sería posible conformar en el próximo Congreso de Diputados un bloque sólido compuesto por PSOE, Podemos (incluso IU-UP y otras formaciones autonómicas) capaz de plantear un viable y coherente proceso de cambios constitucionales que pudiera abrir la vía a un nuevo marco de convivencia entre las distintas comunidades españolas? Llamémosle federal, federalizante o de principios federales, es igual. Estoy seguro de que en este asunto puede haber terreno para que estas formaciones se encuentren y puedan ofrecer también a Ciudadanos una forma de apuntarse a la marcha de la profundización democrática en el próximo futuro. Las nuevas formaciones políticas que van a entrar en el parlamento, junto con las que apuestan por reformas constitucionales, deberían pensarse la manera de convencer por los hechos (los votos) al PP a entrar en ese terreno vital para la supervivencia del marco de convivencia español. Creo que el dúo PP/PSOE ya no es capaz de sostener el edificio constitucional y se necesitan nuevos equilibrios y alianzas partidarias. Para ello harán falta diálogo, inteligencia y construir complicidades positivas. Esperémoslas.

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