Impasible el alemán

Por Carlos ARENAS POSADAS

No hace tanto tiempo como para haber olvidado los epítetos con los que el común de los alemanes y de algunos pueblos nórdicos dedicaba a los pueblos latinos y especialmente a Grecia ante su situación de decadencia económica y de impago de la deuda: los del sur son gente indolente, acomodaticia, especialmente tramposa, que solo sabe poner hamacas en las playas para que las razas vigorosas y sus jubilados reposen en vacaciones. La humillación que el pueblo griego y su gobierno sufrieron tras el referéndum fue la culminación de una obra aplaudida por los “ahorradores” de las distintas metrópolis.

El panorama se enturbia y las tornas se cambian con el escándalo Volkswagen. La trampa ahora es de la primera empresa alemana cuyos “coches del pueblo” emiten después de manipulaciones tramposas en sus vehículos cantidades no declaradas y no permitidas de gases contaminante a la atmósfera, con el consiguiente perjuicio para los consumidores que han confiado en la “marca” alemana, para los gobiernos y los contribuyentes que han subvencionado las producciones, para los trabajadores que pueden perder sus puestos de trabajo ante la caída de las ventas, para la estabilidad política que la crisis de empleo puede quebrar, para los efectos que las emisiones tienen sobre el efecto invernadero y el cambio climático y, fundamentalmente, y esto es lo más importante, para la salud de las personas. Una trampa de efectos más cuantiosos, nocivos y duraderos que la quita que el gobierno griego quería conseguir de sus acreedores. Espero que a nadie se le ocurra un rescate de la compañía alemana.

Ante esta situación, nos preguntamos si el caso Volkswagen es un borrón aislado en la límpida hoja de ruta de las multinacionales. Me temo que no. La opacidad es su norma. Ellas y las ocultas redes financieras, políticas y mediáticas  organizan nuestras vidas al margen, incluso, de las leyes del mercado que dicen respetar y, por supuesto, al margen y contra de la democracia.  Ejemplos locales lo tenemos en el inveterado  poder de la banca que gobierna realmente España desde 1921 (el rescate de la banca es por tanto lo mismo que el rescate del país), y de las compañías eléctricas o de telefonía que imponen precios y condiciones de servidumbre a sus clientes.

El mayor fraude de todos ha sido y es la Unión Europea concebida a la mayor gloria y honor de Alemania y del triángulo de las bermudas que forma con la parte noroccidental del continente europeo; dentro de ella, los países del sur, especialmente las regiones del sur del sur, han visto perder progresivamente sus aparatos productivos a cambio de una política regional que, a la manera de Plan Marshall continental, solo han provocado que las subvenciones a las regiones pobres vuelvan en forma de demanda a las regiones ricas de los países ricos. No ha habido en los últimos treinta años regiones  “objetivos uno” (subvencionadas por Europa) que hayan convergido con las ricas.

El último capítulo del fraude está sucediendo ante nuestros ojos en el asunto de los refugiados provocados por la guerra de Siria. Merkel ha apelado a la generosidad de todos los países de la Unión Europea para llegar a un acuerdo de reparto de los mismos en distintos cupos nacionales. Un gesto de generosidad de la canciller que huele a trampa. Se trata de repartir decenas, centenares de miles de personas por unos territorios que los refugiados no quieren  pisar. Todos quieren ir a Alemania, la locomotora de Europa, líder de este concepto bizarro de entender Europa o, en su defecto, a los países que encarnan esa misma idea de la Unión. Han empobrecido y humillado a los pueblos; se han comido nuestro pan; ahora con su pan se lo coman. Todos a Alemania.

No estoy defendiendo una actitud xenófoba ni egoísta. Todo lo contrario; los refugiados deben volver a sus casas siempre que se les garantice la paz en sus países de origen; es allí donde debe corregirse un problema ocasionado por intereses geo-estrátégicos y por las economías de la guerra. En su defecto, deben ser bienvenidos a Europa, pero a una Europa distinta donde cada región goce de la igualdad de oportunidades para desarrollarse y serles de utilidad.

El asunto de la Volkswagen y el de los refugiados han puesto en entredicho la Unión al tiempo que la capacidad y la ecuanimidad alemana para liderar Europa. Ahora se trata de aprovechar tal descrédito para exigir desde el sur una Europa menos pensada para los capitales y más interesada por el presente y el futuro de las personas,  de las refugiadas y de las nativas.