El derecho a decidir

Por Carlos ARENAS POSADAS

El derecho a decidir en España se ha quedado en tan poca cosa que cuando nos referimos a él, todos entendemos que estamos hablando del derecho de los catalanes a la autodeterminación. Y la pregunta es: ¿Y el derecho a decidir del resto de los españoles? ¿En qué momento hemos podido decidir ser españoles? ¿Quiénes y sobre qué contenidos de la españolidad han decidido por nosotros?

A lo largo de la historia ha existido en España un muy acusado déficit cívico, lo que ha impedido  que la inmensa mayoría del pueblo nunca haya podido sentirse orgulloso de su protagonismo en la toma de decisiones. Hablaba el historiador Sánchez Albornoz en 1928 de que el “particularismo ibérico” se caracterizaba por la “superexcitación guerrera” y por la “hipertrofia de la clerecía”; es decir, por la inadmisible influencia de la violencia armada de los militares con la guardia civil a la cabeza y por la cómplice y castradora influencia de los curas. Ellos han marcado lo que significaba nación, patria, pensamiento, cultura; ellos, y las oligarquías terratenientes y financieras guiaban a un pueblo desprovisto de capacidad de decisión.

Eso era en 1928, y todavía no había dado Franco el golpe de Estado ni implantado la grotesca cultura del nacional-catolicismo. Cincuenta años después, desde la constitución de 1978, la Iglesia sigue medrando disimuladamente en los pasillos y antesalas del poder, mientras que el Ejército parece ir a lo suyo involucrado en el gran negocio de la guerra “humanitaria” global. ¿Quiere esto decir que con la aparente retirada de las corporaciones antedichas el pueblo español adquirió finalmente protagonismo a partir de la Transición? En absoluto. A lo sumo, y no es poco comparado con lo anterior, se le permitió votar cada cuatro años, delegando su derecho a decidir en los líderes de partidos políticos, los pastores de la nueva religión política, dentro de un marco constitucional que ha permitido que las nuevas oligarquías financieras y los grandes lobbies empresariales sigan guiando el país, haciéndonos creer que no hay más salida a la crisis financiera de 2008 que un nuevo capitalismo instalado sobre el empleo basura, la exclusión social y el aumento acelerado de las desigualdades.

En Cataluña, un 39 por ciento del censo, un 47 por ciento de los votantes,  parecen dispuestos a pensar con las vísceras identitarias para desconectar con esa España que no parece tener otro pulso que los espasmódicos repuntes en las bolsas.  Me apuesto lo que quieran que, consultados el resto de los españoles, serían menos del 39 por ciento quienes preguntados responderían que “se sienten españoles”, por la sencilla razón de que la identidad les ha sido arrebatada antes y ahora por las “fuerzas vivas” –un retruécano para definir la gangrena-. Una parte de los catalanes aspiran a desconectar del territorio como manera de desvincularse de la actual Estado español; la pregunta es: ¿y cómo desconectamos el resto de los españoles del actual estado de cosas?

Es difícil sacar provecho de herramientas que nunca se han usado. El derecho a decir se usó en España de forma tan puntual  en  1812, 1873 o 1931 que no creó apenas instituciones permanentes. Quedó guardado en un viejo baúl, dormido como el arpa de Bécquer, dispuesto para sacarlo, darle brillo y usarlo.  Hay que sacarlo del baúl y ponerlo en marcha. No es desde las vísceras identitarias que fragmentan una sociedad y provocan reacciones igualmente viscerales de signo contrario como se puede construir un nuevo marco político, social y económico. Los “independentistas” del resto de España nos negamos a que interesadamente desde Cataluña seamos tenidos por “los españoles”, y reclamamos el derecho a decir sobre cuestiones más trascendentes que la territorialidad. Queremos ser independientes de criterio para construir un nuevo país, más democrático y justo, libre finalmente de los chantajes emocionales que nos provocan las trampas  urdidas por los gurús de las finanzas y por los pastores de las esencias patrias. El desafío de una parte del pueblo catalán ha tenido, sin embargo, algo positivo; ha permitido zamarrear las mentes e iniciar un debate sobre el sentido de la independencia. Me parece, o al menos así lo deseo, que catalanes y el resto de los españoles, al menos los de izquierda,  lleguen a un acuerdo sobre qué decidir, sortear las diversas trampas nacionalistas y reclamar una verdadera independencia de quienes manejan y manejarán, si no lo remediamos,  nuestras vidas a su antojo.