Programas electorales

Por Javier ARISTU

Estamos en vísperas electorales y el panorama no ha terminado de aclararse si hacemos caso de los sondeos electorales que, como ya nos dice la experiencia, no aciertan del todo o se resbalan estrepitosamente como también demuestran algunas últimas elecciones.
Hasta entonces me voy a abstener de adelantar vaticinios y dejaremos que las fuerzas políticas que se van a presentar desarrollen sus propuestas y sus alternativas a la actual situación. Una situación nada fácil que va a producir a partir de ese 20D otro ciclo político. No creo, sin embargo, que vaya a ser acontecimiento similar al bing-bang; va a sustanciar en clave parlamentaria la modificación social que viene produciéndose desde 2011 pero no va a ser una revolución.

Las incógnitas que al día de hoy persisten y que me temo solo se resolverán la noche del 20 de diciembre son las siguientes:

  1. Quién de los dos, PP o PSOE, obtendrá el primer puesto en escaños (y después en votos) porque ello les garantizaría la posibilidad —subrayo posibilidad— de formar gobierno y mayoría parlamentaria.
  2. Cuál será el ganador entre la pareja Ciudadanos/Podemos porque ello condiciona posibilidades muy diversas de gobiernos y de mayorías parlamentarias. Si es Ciudadanos el triunfador de ese duelo, las posibilidades son más flexibles: o bien podría gobernar con PP o bien con PSOE. Si es Podemos el que queda como caballo ganador de este enfrentamiento de segundones, solo cabe la opción de un apoyo hacia el PSOE (bien como gobierno bien como pacto de legislatura) o bien la abstención y marginación de cualquier posibilidad de intervenir (opción andaluza de Podemos).
  3. Qué resultado tendrá la opción finalmente escogida por los restos de Izquierda Unida, si alcanzará o no el mínimo para obtener representación parlamentario y si, por tanto, se visualiza o no una izquierda histórica hasta ahora presente en el Parlamento.
  4. Los resultados que diferentes coaliciones y “mareas” alcancen en diferentes comunidades autónomas y que reflejarán de esa forma los movimientos de fondo que se están produciendo en esas sociedades. Serán casos de estudio los de Cataluña, País Valenciano y Galicia por la mezcla de factores que se vienen produciendo desde las elecciones municipales.

Sí me parece oportuno ir detectando algunos aspectos nucleares de los programas electorales de los partidos que se presentan. Aunque ya sabemos que, en el caso del PP especialmente, los programas “sirven para ganar elecciones pero no para cumplirlos”, en las propuestas de esos documentos programáticos se dejan ver “las visiones del mundo”, las concepciones sobre la sociedad y la política que tienen los distintos partidos. En estas semanas que vienen esperamos ir desgranando algunos detalles de dichos programas. Empecemos hoy con algunas propuestas que desde la izquierda declarada se ofrecen al electorado.
El PSOE, en boca de escogidos representantes de su cúpula directiva, ya anuncia el núcleo de su propuesta laboral que ha sido interpretada como una corrección de la propuesta de Pedro Sánchez de “anular la reforma laboral del PP” al no modificar las indemnizaciones por despido. Insiste este partido, sin embargo, en modificar, “vía decreto-ley, tres de sus aspectos “centrales”: el modelo de negociación colectiva, la contratación y la desigualdad salarial entre hombres y mujeres”. Permanece la propuesta de redactar ,mediante consenso un nuevo estatuto de los Trabajadores.
Alberto Garzón, candidato de IU, ha anunciado su candidatura a través de un esbozo de programa en 10 puntos, del que destacamos el primero: “En ciclos de recesión económica, el Estado tiene que ser garante del empleo”, ha enfatizado, además de plantear la propuesta concreta de crear un millón de puestos de trabajo con una inversión de 9.400 millones de euros netos, dedicada a sectores como las energías renovables, la rehabilitación de cascos antiguos o los cuidados, entre otros. Al mismo tiempo, el plan de Trabajo Garantizado estaría complementado por tres medidas: reducción de la jornada laboral, incremento del salario mínimo y derogación de las últimas reformas laborales que impulsaron PP y PSOE”. Lo del millón de empleos me suena regular, no porque no vea bien esos empleos, sino porque me recuerda al PSOE de 1982. Y ya sabemos en qué quedó ese millón.
Estoy de acuerdo en que ambos partidos —lo deberían hacer ya todos— vayan diciéndonos cuáles son sus planes respecto a la cuestión del trabajo, del empleo y de la economía. Cuanto más concretos mejor, porque será una forma de trasladar el debate preelectoral de aspectos importantes pero no tan decisivos a los que son de verdad indispensables, los relacionados con los anteriores. El cambio o proceso de reforma constitucional, la cuestión territorial, la monarquía o república, la pertenencia a Europa son nodos decisivos de una propuesta política (creo, sin embargo, que más nos interesa a los españoles lo que nos ocurra en Europa que el asunto republicano o monárquico) y es positivo que nos digan lo que piensan sobre eso. Pero, en mi modesta opinión, la cuestión decisiva sobre la que nos tenemos que aclarar para emitir el voto el 20D es qué proponen los partidos sobre el asunto del empleo, del trabajo, en definitiva, sobre el modelo de sociedad que tienen en sus cabezas. Modelo de sociedad, nada menos, que no es hablarnos de gaitas ni de discursos retóricos sino sencillamente proponernos medidas y conceptos de cómo vivir en el próximo futuro, de cómo organizar esta sociedad que se está deshilachando cada vez más.
Voy a hacer una aportación a sabiendas de que hablo a lo mejor al desierto; pero al hacerlo colaboro al menos en abrir debates y provocar incógnitas. Y la voy a hacer a partir de una propuesta que está ayudando a la discusión en el Reino Unido. Como todo el mundo sabe hace menos de dos meses que Jeremy Corbyn acaba de ocupar el liderazgo del Partido laborista. Corbyn representa el diablo para la derecha británica, es un ogro cavernícola para esos elegantes torys que piensan en su país como si fuera su castillo de verano. Corbyn, sin embargo, es un clásico socialdemócrata, con un punto de radicalismo civil, es cierto, lo cual le ha ayudado a penetrar con eficacia y facilidad en las frustradas y derrotadas masas obreras igual que en las nuevas capas medias urbanas, hartas de ese conservadurismo social y cultural que tan bien representa el primer ministro Cameron. Una de las primeras medidas de Corbyn ha sido constituir un grupo de siete asesores económicos que le ayudarán a construir un proyecto alternativo al del conservadurismo. En ese grupo destacan nombres ya famosos: Stiglitz, Piketty, y una mujer, Mariana Mazzucato, autora de un reciente libro que no ha recibido mucha audiencia en nuestro país pero que es, creo, bastante importante por lo que dice: El estado emprendedor (RBA ediciones). La tesis de esta profesora italo-americana es clara y sintética: los avances tecnológicos de los últimos años son resultado precisamente de las políticas públicas de inversión a medio y largo plazo en educación y ciencia. Los mercados están modificándose, y el estado también debe resituar su función dentro del nuevo mundo global. Pero algo queda claro: el estado tiene todavía un papel decisivo a la hora de condicionar y orientar ciertas inversiones y debe, por tanto, ponerlas en actividad.
Mazzucato acaba de publicar una primera aproximación a su colaboración con Corbyn y el programa laborista. La ha titulado La agenda necesaria de Jeremy Corbyn, y en ella propone algunos elementos de reflexión sobre las tareas que el laborismo debería realizar en el gobierno para darle la vuelta a la política conservadora y neoliberal. Lo voy a resumir muy brevemente (al acabar de escribir esta entrada me llega el mail en el que los amigos de Sin Permiso han publicado la traducción en este enlace). Algunas de sus ideas y propuestas sirven para cualquier izquierda que desee gobernar. Creo que nuestros políticos de todas las izquierdas no harían mal en leerlas y debatirlas.
Lo primero que plantea Mazzucato es la idea de que la riqueza de los países es resultado de la interacción y cooperación entre estado y mercado. Según esta profesora el objetivo del estado debe ser crear e implantar “mercados” y no solo salir al rescate de estos cuando fracasan. Ni exclusividad del mercado a la hora de las políticas económicas (crítica del neoliberalismo actual) ni exclusividad del estado pensando que lo va a hacer solo (estatalismo dirigista). Por tanto, apuesta clara por superar el falso y terrible debate de la austeridad y lanzamiento de una propuesta de colaboración inteligente entre estado y mercado a la hora de resolver los problemas del desarrollo. Si se lee bien estas propuestas, no desde viejos dogmas estatalistas, se trataría de romper monopolios, oligopolios y secuestros del estado por parte de oligarquías económicas y financieras e ir hacia el desarrollo de sociedades más autónomas, más autogestionadas, más implicadas en intercambios libres y horizontales.
En segundo lugar, aparece una propuesta estratégica que no se termina de asimilar con decisión en España: es necesario hacer de la educación, la formación y la investigación un eje nuclear de la futura sociedad. Ello implica girar muchas cabezas y cambiar el horizonte de nuestras visiones; de ahí se deduce un cambio de paradigma sobre cuáles son las prioridades de nuestro país si se quiere tener algo de importancia y, lo que parece más importante, si se aspira a una presencia real y significativa en las sociedades del futuro.
En tercer lugar nos propone la necesidad de que el estado, si quiere dotar de contenido y efectividad a las políticas sociales y de mercado antes descritas, debe dotarse de mecanismos financieros propios, apostando por una estrategia a medio plazo de inversiones tecnológicas, de inversiones bien pensadas, sin rentabilidades inmediatas. Para ello necesita tener instrumentos propios de financiación dado que las perspectivas de las instituciones financieras privadas están basadas en la pura especulación y la rentabilidad inmediata.
En cuarto lugar presenta una propuesta que es revolucionaria para nuestro país: si queremos una sociedad basada en mercados saludables y en economías transparentes necesitamos que el mercado de trabajo sea “negociado”. Hay que recobrar la idea de relacionar salario y productividad, dice Mazzucato, hay que aumentar el poder salarial de los trabajadores, hay que recuperar poder negociador de los representantes del trabajo (sindicatos) si se quiere “desfinancierizar” la economía y hacer de esta algo más que pura especulación. Hablamos de un nuevo contrato social que impulse la economía y el desarrollo social.
Un quinto punto tiene que ver también con el papel del estado. Pensando en Reino Unido —pero se puede aplicar en gran medida a España— Mazzucato nos habla de potenciar y reforzar las agencias públicas, los institutos y organismos públicos que tienen que ver con el dinamismo económico: banca pública, agencias de empleo, agencias sociales, de inversiones tecnológicas, capaces de asumir riesgos “por encima de las vicisitudes del mercado financiero” de tal manera que desarrollen políticas e inversiones allí donde precisamente el mercado financiero actual no quiere ni desea intervenir.
Un aspecto en el que Mazzucato apuesta claramente es sobre la deuda y el déficit presupuestario. Preocupada, como cualquiera, por la relación negativamente creciente entre deuda y Producto Interior Bruto, la profesora plantea inversiones productivas a largo plazo que haría que dicha relación estuviera bajo control. Su crítica a la política de países como Italia, España y Portugal que han disminuido la inversión en educación, investigación, formación y programas de bienestar social, con la idea de facilitar ajustes económicos, es manifiesta. Se trata de invertir precisamente la perspectiva y la tendencia: no preocuparse tanto del déficit presupuestario y dar más atención al largo plazo, a la perspectiva de qué modelo de país se quiere en el siglo XXI. En resumen, las políticas de control del déficit son necesarias, pero son instrumentales, al servicio de desarrollar la economía real y productiva, no como ahora que benefician básicamente a las economías especulativas.
Como se puede ver, objetivos interesantes y a tener en cuenta. No hace falta proclamar revoluciones sociales ni políticas para decir lo audaz que se es. Simplemente se trata de articular un programa de reformas estructurales y sociales que sea a su vez capaz de aglutinar a una mayoría social. ¿Estamos en ello?

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