Volver a los diecisiete

Foto: CHRISTIAN GONZÁLEZ

Por Javier ARISTU 

Volver a los diecisiete después de vivir un siglo
es como descifrar signos sin ser sabio competente

(canción de Violeta Parra)

“Manuela Carmena sale como la auténtica vencedora en una última encuesta postelectoral del CIS. Obtiene 5,99 sobre 10, la puntuación más alta de un político en España, algo desconocido en los últimos años. Ya en este blog hablamos hace meses del “fenómeno Manuela Carmena”. Aunque solo sea para que algunos se acuerden recordamos lo que decíamos entonces: Para aquellos que conocen el historial de Manuela Carmena (algunos ignorantes todavía pululan por las redes sociales riéndose de la edad de la abogada y jueza) saben que su candidatura es garantía de coherencia, rectitud moral y flexibilidad política, tres virtudes que hoy escasean en la política. (En Campo Abierto, 11 de marzo de 2015). Coherencia, rectitud moral y flexibilidad política: tres valores fundamentales para hacer política en cualquier tiempo. Hoy inexistentes los tres juntos o por separado en muchos ámbitos de nuestras instituciones representativas: véase para ello alguno de esos videos de plenos municipales que circulan por las redes sociales, especialmente los de una capital de esta nuestra Andalucía, que da sonrojo verlos.

La entrevista que acabo de leer en Público revela bastante bien la manera de enfocar la política que tiene Manuela Carmena donde modestia personal se combina con ambición de cambiar las cosas a fin de que la gente viva mejor. Es obvio que no vamos a compartir todo lo que está haciendo el ayuntamiento de Madrid —es un equipo de gobierno con algunas contradicciones en su interior que lógicamente generará chirridos y chasquidos en los cuatro años de gestión— pero creo que este periodo de 2015 a 2019 marcará una diferencia nítida respecto a los veinte años anteriores de gobiernos del PP (Gallardón y Botella, acompañados de la gestión autonómica de Aguirrey González).

Una mujer de 71 años que estaba ya, como ella dice en la entrevista, convencida de que “La jubilación activa era un paraíso, y fíjate tú en la situación en la que me encuentro”, se ha metido de lleno y a fondo en la actividad municipal, aquella que es la más cercana al ciudadano y en la que estás más expuesto al fuego enemigo y a veces al del amigo, donde recibes más bombardeo crítico por parte de tus propios votantes. Una persona que en la que Cicerón llamó ” esa edad que se hace tan gravosa”, dedicada a tareas destinadas a uno mismo, no a los demás, de reposo y serenidad, se ha metido de lleno y a fondo en la actividad que es sin duda la más estresante y delicada, la de gestionar los asuntos del común.

El ejemplo de Manuela Carmena me trae a colación el de las tensiones generacionales, el de la llamada lucha generacional. Vivimos en estos años una cierto renacimiento de esa obsesión de la generación joven por diferenciarse de la anterior, la de sus padres y abuelos. Parece como si todo lo que viniera de atrás, de aquellos años del último tercio del siglo XX hubiera que olvidarlo, como si fuera una época de la que poco se puede aprender. ¡Un gran error! Todo lo que una generación joven, que aspire a ser protagonista de su tiempo, aprenda del pasado, de los que le precedieron, solo puede traerle beneficios. Si no es así, no aprenderá nada, será un ejercicio inútil de adanismo, de inventar lo ya creado. Hay una cita de Gramsci muy repetida en estos tiempos, escrita en la cárcel, y que puede servir para ese aprendizaje: «Una generación que desprecia a la generación anterior, que no logra ver su grandeza y su significado necesario, no puede más que ser mezquina y carente de confianza en sí misma, aunque adopte poses combativas y exhiba ínfulas de grandeza.»

Están preparándose las candidaturas de los partidos que van a presentarse a las próximas elecciones generales del 20 de diciembre. Algunas de ellas van a ser un dechado de juventud y caras desconocidas en la política. No estamos hablando de renovación, estamos asistiendo, en algunos casos y especialmente en las llamadas izquierdas emergentes a un proceso de desmoche de toda la generación política anterior. No es que haya sido ésta un prodigio de inteligencia y sabiduría política —creo que tendrá que hacer su propio psicoanálisis algún día— pero hacer tabla rasa de su aportación y pretender llegar al congreso de los diputados, la máxima cámara representativa de la sociedad, despreciando el saber hacer y el conocimiento de aquellos que, sobre todo, tienen experiencia, me parece que es un invento del tebeo, es decir, que al final no va  ser renovación sino cambio de rostros, manteniendo las caducas formas de la vieja política. Tenemos ejemplos en esta misma semana.

¿Hay que renovar? Evidentemente. Hay que cumplir esa ley de vida natural que el sabio latino nos dictaba y que consiste en saber retirarse de la vida pública en su momento: «¿Qué otra cosa es oponerse a las leyes de la naturaleza sino luchar contra los dioses, como si fueran gigantes?». A todos llega la hora del retiro y la jubilación. Pero, a su vez, hay que ser lo medianamente inteligente como para saber aprovechar la experiencia y los conocimientos de aquellos que, por el recorrido que han hecho, pueden avisar de las trampas y peligros que la vida política causa. Trampas y peligros que algunos, por su juventud no biológica sino política, no están siendo capaces de sortear, cayendo en engaños, timos y fullerías que no favorecen precisamente su aval como líderes políticos.

No sabemos cuál va ser el destino final de la trayectoria de Manuela Carmena ni conocemos las trampas y peligros que sin duda le acechan en esa capital de la conspiración que es Madrid. La política, sobre todo en estos tiempos, es cambiante y mudable como nunca lo ha sido. No sabemos si con el alcalde de Cádiz, el ya conocidísimo Kichi, estamos a asistiendo al nacimiento de un líder europeo o simplemente a una escena de cine cómico cuyo cartel pronto será sustituido en la cartelera del barrio; desconocemos si el joven alcalde de Santiago llegará ser o no figura política que aparezca en las crónicas dentro de 50 años; ignoramos si Pablo Iglesias, o Íñigo Errejón o Alberto Garzón o Carolina Bescansa formarán parte de una ponencia constitucional de la nueva Constitución republicana o simplemente los veremos dentro de 30 años, desconocidos ciudadanos, dando clases a otros más jóvenes que ellos o contando batallitas en una tertulia televisiva. Los que arrancamos en esta actividad llamada política

cuando todavía no había democracia en España —aunque luego la abandonáramos a causa de los laberintos de la misma política— tenemos la mínima perspectiva para saber que hay momentos estelares en la vida de las naciones y las sociedades, que hay situaciones extraordinarias que marcan la historia de varias generaciones: la década de 1970 a 1980 fue una de ellas. En esos años  se produjeron acontecimientos y acciones que hicieron de España otro país, muy diferente al amasado por el franquismo. Y aquello fue posible porque dentro de las fuerzas renovadoras y del cambio se produjo una simbiosis y sinergia de diversas culturas generacionales, la proveniente de la guerra civil, cansada y agotada ya pero que estaba pasando el testigo,  la de la juventud de los años 50 y 60, protagonista del desarrollismo y la nueva cultura del consumo, y la posterior que estaba en aquellos momentos saliendo de la adolescencia, de la EGB y la universidad  de masas y que aprendió con una enorme rapidez lo que era ese país que salía de la dictadura (¿por qué no se mira la edad de los muertos en la calle por la policía y las bandas fascistas en el quinquenio que va de 1975 a 1980? Fueron jóvenes en su gran mayoría).

Que hoy Manuela Carmena dirija un equipo joven de gobierno en Madrid nos permite asistir, a lo mejor, a un renacimiento de esta cultura del mestizaje de generaciones y de mochilas distintas. Pero no se ven muchas Manuelas por el resto del país, lo cual no augura que se esté tomando nota de la importancia de aprender del pasado.

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