Otro país se está dejando ver

Albert Rivera e Inés Arrimadas

Por Javier ARISTU

Equivocarse en el análisis político es anunciar la derrota. No recuerdo ahora dónde y a quién leí este pensamiento pero me parece atinado y justo;* los ejemplos de estos errores en la historia de las naciones son innumerables. Errar el tiro a la hora de localizar las causas y los fenómenos sociales es situarse de manera equivocada ante la realidad y, por tanto, dejarse sepultar por ella sin posibilidades de cambiarla a través de un proyecto adecuado.
Las elecciones catalanas aportan bastantes elementos que pueden suscitar equívocos a la hora de plantear el próximo futuro electoral español. Los resultados de estas últimas elecciones plebiscitarias ya han sido comentados, y lo seguirán siendo, por bastantes analistas y, como siempre, hay toreros buenos y novilleros que no saben cómo manejar el capote (y pido perdón a los animalistas por esta imagen tan políticamente incorrecta). No voy a entrar yo en aumentar los equívocos. Sí me parece importante, por sus repercusiones en el resto de España, entrar en cierto detalle a partir de los resultados de Ciudadanos.

Ciudadanos, el partido dirigido por Albert Rivera y a cuya cabeza en estas elecciones ha ido la catalana de origen andaluz Inés Arrimadas, no es un fenómeno casual ni coyuntural. No comparto esos análisis que lo identifican, así de simple, con el Ibex 35, con la agrupación de grandes empresas españolas, como si fueran simplemente el invento diseñado en el despacho del presidente de Movistar o de Repsol. Las cosas en política suelen ser más complejas. Este partido puede ser la imagen de sectores sociales y económicos nuevos, surgidos al calor de la nueva economía de principios de siglo y, por supuesto, de la crisis que ha afectado en general pero de forma desigual a toda la sociedad española. Es, por decirlo en pocas palabras, la muestra de esa mesocracia o clase media —que ya no es la vieja y carcomida burguesía pepera— que se ha venido gestando en el último periodo.

Es evidente que este partido es exponente de esa cultura liberal del individualismo que ha venido conformándose en las dos últimas décadas, la que proclama el valor del nuevo emprendedor, de la persona joven hecha a sí misma, propio de esa cultura del management empresarial, de creer que todo lo que vive es mercado y es empresa. Pero tras esa ideología, expuesta sin tapujos por Albert Rivera y subrayada en las propuestas económicas por Luis Garicano, Ciudadanos representa algo o bastante de los cambios sociológicos que han ocurrido en el interior de la sociedad española. Los jóvenes nacidos en la década entre los años 80 y 90, formados en la ESO y asistentes la mayoría a la universidad, imbuidos de esa cultura profunda del éxito, de la competitividad y de la emulación del modelo americano de la economía, forman una tropa no desdeñable de ese partido. Es una generación que no recuerda nada de la transición española de los años 70 porque nadie nunca se la explicó; es una generación que no sabe quién pudo ser un señor llamado Francisco Franco y cuyos conocimientos acerca de la historia española no llegan más allá de José María Aznar; es una generación que vive al día, a la llamada del último Iphone o a la moda de la última aplicación informática que le va a resolver la vida. Es precisamente la parte oculta de la sociedad española que no participó en las asambleas del 15M de 2011 pero que estaba ahí y que ahora ha decidido activar su protagonismo político y electoral.

¿Es malo eso? ¿Es negativo que actúen de forma autónoma en política? Me parece que no. Necesitábamos que surgiera Ciudadanos para darnos cuenta de que eso estaba ahí y de que, como dice el refrán, no todo el monte es orégano, es decir, no todo lo que se mueve es de izquierda. ¿Es ciudadanos de derecha? ¿Representa a la nueva derecha española que puede competir con el PP e incluso sustituirlo como ha ocurrido en Cataluña el 27S? Puede ser, y desde luego por ahí pueden ir algunos cerebros de los poderosos e incontestados poderes económicos españoles (véase el artículo de Economía Digital del pasado 3 de octubre) pero esa operación no sería posible si no hubiera un caldo de cultivo, una base sociológica sobre la cual desarrollarse. Porque el voto de Ciudadanos no es solo el proveniente de ese joven universitario seguidista de la new economy. Capas populares y de trabajadores le han comenzado también a votar, sin asco y sin prejuicios. Cataluña es el último ejemplo pero antes lo fue Andalucía.

Frente a la teoría conspirativa, tan querida históricamente por parte de sectores de izquierda, creo que habría que mantener otra interpretación sobre el fenómeno Ciudadanos: el de su integración en ese segmento sociológico nuevo y hasta cierto punto despolitizado que ha decidido tomar parte en el futuro de este país. El voto en Cataluña marca además un elemento preocupante para la izquierda histórica de esa nacionalidad (PSC-PSOE, antiguo PSUC, Iniciativa per Cataluña): Ciudadanos ha sido capaz de atraer el voto popular que tradicionalmente ha ido a esa izquierda, y lo ha atraído frente a la alternativa rupturista y secesionista. Ciudadanos ha podido entrar con comodidad en los núcleos urbanos del área metropolitana barcelonesa, en los antiguos depósitos del voto obrero y popular no catalanista, y puede competir con el PSC e Iniciativa per Catalunya a la hora de recabar el apoyo. Algunas cifras son para llamar la atención: en el Baix Llobregat, Ciutadans alcanza el 23,4 por ciento de los votos frente al 26,1 de la coalición JuntsxSí, el 18,2 de los socialistas y el 12,9 de CatSíqueesPot. En el Vallès Occidental su porcentaje es del 21,8, frente al 33,1 de JxSí, el 14 del PSC y el 11,6 de CatSíqueesPot. En el Vallès Oriental alcanza el 18,6 frente al 40 de JxSí, el 12,9 del PSC y el 11 de la coalición Iniciativa-Podemos. Y, como última prueba, en la comarca del Barcelonès, con un millón doscientos mil votantes, que incluye los municipios de Barcelona, Hospitalet, Badalona, Santa Coloma y San Adrià del Besós, Ciutadans obtiene un nada despreciable 18,6 frente al 32 de la coalición de Mas-Junqueras, superando claramente al PSC (13,7) y a CatSíqueesPot (11 por ciento). En resumen, en la Cataluña más poblada y más dinámica, donde se combinan las dos comunidades que han hecho la historia reciente de esta comunidad —la catalana de origen y la inmigrante— y donde reside la masa crítica de una moderna sociedad, el partido de Rivera obtiene porcentajes en la horquilla entre el 18 y el 23 por ciento y supera en todas esas circunscripciones al PSC y a CatSíqueesPot: para un partido acusado de ser el instrumento de los poderes financieros y económicos es cuanto menos paradójico que su voto esté anclado en la sociedad más popular y de tradición ligada al trabajo.

¿Qué está pasando? ¿Cómo ha podido Ciutadans-Ciudadanos convertirse en representante de esa sociedad catalana que no desea la independencia? Se me ocurren estas explicaciones que, de forma sintética, paso a exponer:

  1. Ciutadans ha hablado claro sobre la cuestión independentista y ha dicho que no. El electorado catalán que tiene inmensas dudas con el futuro de Cataluña como nación independiente, y que es el electorado más débil ante la crisis, ha agradecido que ese partido le diga las cosas claras y que apueste por rechazar la independencia. Cosa que no ha ocurrido con los otros partidos de la izquierda catalana.
  2. El partido de Rivera expone con toda claridad un conjunto de valores a una sociedad desconcertada y sin objetivos claros: los valores del mérito, de que tú solo puedes conseguir tu futuro si te lo trabajas, de la promoción individual, de la falta de solidaridad (lo que antes se llamaba conciencia de clase) que se cambia por la competitividad, del rechazo de plataformas y organizaciones sociales (sindicatos, organizaciones cooperativas, etc.) que vengan a suplantar a ese individualismo del que se presume. Su “lideresa” catalana, Inés Arrimadas, representa con meridiana transparencia lo que es y quiere ser ese partido. Inés es consultora financiera (nunca sabré exactamente en qué consiste esa profesión) y su modelo de vida lo deja claro en esta entrevista: «Echo de menos tiempo. Si pudiera comprar algo, compraría tiempo. Tiempo para correr, tiempo para viajar, tiempo para cocinar, aunque lo más sofisticado que he cocinado últimamente ha sido un huevo frito. Me iría a un SPA a darme un masaje, a una piscina, a nadar y a correr. Y no haría nada» (El País, 1 de octubre). De acuerdo, es la filosofía de fin de semana convertida en modelo de vida…pero ¿qué valores alternativos aporta la izquierda catalana capaces de atraer el interés y el favor de los electores? ¿Tiene la izquierda algún modelo de sociedad ilusionante para estas nuevas cohortes de ciudadanos carentes de objetivos solidarios y que vayan más allá de la pantalla del whatsapp?
  3. Y, finalmente, Ciudadanos representa el recambio del PP. El partido de Rajoy es la foto de la España superada tras la burbuja inmobiliaria, de la España mesetaria y afincada en los valores de aquella Alianza Popular de Fraga y luego PP de Aznar. Rajoy ha descafeinado en cierto modo ese PP peleón y pandillero…pero no tanto. El PP sigue representando la España intolerante, corrupta y autoritaria que la gente también quiere ver superada. Las elecciones europeas, andaluzas, municipales y ahora catalanas marcan, posiblemente, ese cambio de ciclo. Y Ciudadanos puede ser, posiblemente, ese recambio. Pero no porque unos financieros lo hayan decidido sino porque la sociedad española está cambiando. Aunque algunos no se enteren.

Lo que nos queda al final es el sempiterno problema de la hegemonía, de la capacidad de influir sin mandar militarmente. La izquierda catalana —disculpen mi intromisión— perdió hace años la batalla de la economía y de la función del trabajo en la nueva sociedad; ahora ha perdido la batalla del nacionalismo. Y otros  están cogiendo la bandera. Desde otras trincheras, seguramente, pero se han hecho con ella y ya veremos si la sueltan.

  • Tras terminar el artículo acabo de encontrar la cita:«Si os equivocáis en el análisis os equivocaréis después en todo» decía Togliatti a su gente. La cita la tomo del libro de Alfredo Reichlin, Il midollo del leone, ed. Laterza, 2010.
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