Borgen y Madrid

Por Javier ARISTU

Hace días que he empezado a ver Borgen, la serie danesa que comienza a ser de culto entre algunas gentes relacionadas con la política. Llevo solo unos pocos capítulos y la estoy combinando con otra, más antigua pero de similar contenido, El lado oeste de la Casa Blanca. Ambas me hacen pasar un buen rato, me parecen espléndidas en su facturación y forma de contar la vida de ciertos políticos y las circunstancias en las que se desarrolla la política.

De Borgen he leído algunas crónicas en las que se nos dice que la serie y sus protagonistas reflejan tal cual es la vida política de un país como Dinamarca. Individuos normales, políticos que no se salen del común, absoluta igualdad de derechos, completo control de la vida financiera de los políticos, respeto universal por las opiniones del contrario, buena o aceptable combinación entre vida política y vida familiar…el imperio del principio político que dice que lo importante es el poder y por él actúas, lo cual no impide que ese poder se gestione desde tu ideología y principios.

Poco parecido a nuestro país, eso es lo que veo en Borgen. Y no porque me parezca que en Dinamarca los políticos son mejores o más buenos que los nuestros (que a lo mejor). Lo que ellos tienen y nosotros no es una historia democrática de largo aliento y unas instituciones (sociales, cívicas, económicas, culturales) que nada tienen que ver con las nuestras. La democratización en Dinamarca, y en general en esos países nórdicos, es podríamos decir absoluta. Es un reino, es decir, su jefe de estado es rey (actualmente es la reina Margarita II), y esta atávica y atípica institución  convive con un sistema democrático de los más avanzados del mundo. Tan avanzado que casi nunca aparece en los periódicos sujeto a escándalos o asuntos de corrupción que, sin duda, los habrá pero parece ser que nunca en las proporciones a las que estamos acostumbrados en España y otros países europeos.

Pero, siempre hay un pero, en la serie Borgen solo veo dos espacios: la casa de la primera ministra, donde asistimos a su discreta y rutinaria vida con su profesional y respetable marido (¡oído, esposos de gobernantas!) y Borgen, el palacio donde se asiste a la vida política de la primera ministra y donde en la auténtica realidad se ubican el parlamento danés, el gobierno y el tribunal supremo. Por los pasillos de Borgen discurre la vida de pactos, trampas, engaños y acuerdos que rodean la vida de la mujer protagonista. ¿Y la calle? ¿Dónde está la gente, el ciudadano, el votante? No aparece. Borgen es la serie de los políticos como si estuvieran aislados del mundo real, que seguramente no lo están, pero que lo parecen. Las reuniones entre diversos partidos, del gobierno y de la oposición que mañana pueden cambiar sus papeles en un tris tras, tratan asuntos (una autopista, un hospital, un aumento del presupuesto para la policía) que sin duda afectan al ciudadano aunque este no aparezca. Posiblemente así lo ha querido el guionista y director de la serie: retratar ese mundo del palacio, de los pasillos, con la mayor naturalidad del mundo, sin caer en ningún momento en la trampa del populismo que nos invade acerca de la casta, la clase política y los corruptos. En Dinamarca parece normal la profesionalización del político; aunque esa profesionalización puede llegar a ser falsa porque se nos dice que en cualquier momento ese político volverá a su vida civil sin ningún trauma ni problema.

Pero Dinamarca no es España.

Aquí asistimos a un baile de figurantes que a veces da pena. Si hablamos de la derecha ya sabemos que tendremos que hablar de platos y de vasos; pero si hablamos de la izquierda-guay, la izquierda verdadera, la que nos va a resolver nuestras vidas, el escándalo es del carallo, que diría mi amigo Paquiño.

Si vemos la secuencia desde el resultado de las elecciones europeas de mayo del año pasado (han pasado solo 16 meses) el tránsito de partidos, líderes y organizaciones de esta sedicente izquierda ha ido desde la condena furibunda al contrario (comienzos de 2014) a meterse en la cama con él (mediados de 2015). Se liquida una organización (IU) para penetrar en otra (Podemos), sin ningún tipo de debate político o social (si por debate entendemos algo más que los setenta miembros de la dirección federal de IU). Se despide a 5.000 trabajadores-militantes de esa empresa política y encima ni se les manda carta de despido (el lector adivinará la metáfora) que les permita defender sus derechos como represaliados. Se impide entrar en la casa de la organización a miembros directivos de la misma. Se organiza con otra inocente y buena gente una empresa fantasma (Ahora en Común) para entrar de tapadillo, con ínfulas de socio paritario, en la empresa matriz. Cuando se ve que esto no cuela porque el socio poderoso lo impide, se liquida esa empresa fantasma y se entra directamente “en el puesto que nos deis”. Sí, claro, en el consejo de administración, es decir, en las listas del parlamento español…para salir de diputados.

¿Y la gente? ¿Dónde está la gente? ¿No decían que era la gente la que los iba a colocar en el palacio para defenderlos de la casta?

Estamos hablando de política, pero en España, no en Dinamarca.

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