Tsipras-Varoufakis: una ruptura

EPA/YANNIS KOLESIDIS

Por Javier ARISTU

Hace  menos de un año una parte considerable de fuerzas políticas de la izquierda no socialdemócrata, sin excepción, veían en Tsipras la pócima milagrosa para hacer posible el gran sueño de una izquierda transformadora y capaz de doblar el pulso al capital. Los vuelos a Atenas a codearse con el joven líder izquierdista se multiplicaron con una enorme rapidez. Un partido que hasta entonces era un minúsculo componente de esa “izquierda radical” que fluctúa por nuestro continente se convirtió, de repente, en el talismán de la batalla. Alexis Tsipras, el joven dirigente de esa formación política griega, y el núcleo de dirección de Syriza, habían logrado diferenciarse tanto de la socialdemocracia —mejor llamar al Pasok partido del social liberalismo a la luz de su práctica en los gobiernos que ha gestionado— griega como del comunismo del KKP, posiblemente el partido más ortodoxo, dogmático e intransigente de los que hoy permanecen con ese nombre. Tsiriza era el resultado de un interesante y dinámico proceso que llevó a esa “nueva formación política”, que en puridad ni es socialista ni es comunista, al gobierno de su país, Syriza pretende superar, en cierto modo, el campo de juego y el paradigma de la postguerra, hecho de confrontaciones, de bloques, de culturas políticas de izquierda enfrentadas y hoy, posiblemente, superadas. La radicalidad de Tsiriza era y es pareja a su novedad en el teatro de los partidos de las izquierdas europeas.

Eso era hace unos meses. A partir del 13 de julio de este año, Tsipras ha pasado a la corte de los traidores, de los renegados, de los transformistas. La aceptación del memorándum chantajista de la UE, cosa que todos podemos coincidir es la clave del problema, por parte del presidente del gobierno griego Alexis Tsipras supone pasar, directamente del paraíso al infierno: «¡Cómo has sido precipitado por tierra, tú que subyugabas a las naciones,», nos advierte la biblia, en el libro de Isaías. Y así le ha podido ocurrir a Tsipras, de ser —antes, para algunos— el general de las victorias ha pasado a ser —ahora y para los mismos— el rey de las derrotas. Ni tanto ni tan calvo.

Es difícil, complejo y polémico todo lo relacionado con la decisión tomada por el gobierno Tsipras respecto a ese asunto. No hay decisiones fáciles y aquella tuvo que ser de las menos. ¿Cuál era la alternativa de Tsipras ante el ultimátum de la Unión y tras el reférendum del 5 de julio? Creo que simplemente una: enfrentarse a la Unión, decir que no en Bruselas y sacar a Grecia del euro. Ello habría comportado, seguramente, una situación bastante peor de la que ahora existe en Grecia; el empobrecimiento real de la economía griega —y de los ciudadanos, lógicamente— habría sido, aunque parezca mentira decirlo, peor que lo es ahora. Y con ello estoy diciendo que no se ha eliminado todavía ese peligro de Grexit, como bien nos lo recuerda hoy mismo Thomas Piketty.

La clarividente cabeza de nuestro amigo José Luis López Bulla ha hablado de doña Correlación de Fuerzas. Grecia estaba sola ante Alemania y el conjunto de la Unión; ningún país apoyaba la propuesta de Varoufakis-Tsipras. Del análisis que hace el extremismo de izquierda está ausente esa correlación de fuerzas, absolutamente desfavorable al pequeño país del Egeo. Tsipras, Syriza y los griegos no podían doblar el pulso de Alemania, y seguir por esa línea habría sido romperse el brazo y eliminar cualquier posibilidad de seguir negociando. Los  críticos actuales con Tsipras reniegan de lo que hizo pero no dan ninguna alternativa que no sea o salir del euro…o no se sabe qué. En ese sentido hay que reconocer que Julio Anguita, en su línea, expresa con claridad y rotundidad cuál es el programa alternativo al de Tsipras: “trabajar para rechazar la actual Unión Europea, la moneda única y el pago de la deuda”. ¿Cuál es la otra estrategia? Ni se dice ni se insinúa. Como escribía el pasado domingo Luciana Castellina, nada sospechosa de derechismo, aquí y ahora se trata de “decidir cuál de las dos opciones permite acumular más fuerza para construir una alternativa real”. Los griegos han pensado que Tsipras era el que mejor podía gestionar esta endiablada coyuntura. Y en ese sentido, sabiendo que el fracaso de Tsipras no es nada descartable en el futuro, siempre habrá que reconocerle el mérito de haber intentado lo mejor para su pueblo. Con las palabras y con los hechos.

Parto de la base de que una parte considerable —no estoy tan loco como para pensar que lo sea en su globalidad— de las llamadas izquierdas europeas andan sujetas a un complejo de personalidad realmente preocupante. Tal complejo se basa fundamentalmente en lo que se llama vulgarmente el escape de la realidad, huir de los problemas reales…para crearse un universo idealizado e inexistente. Si uno recorre ciertas páginas, lee determinados libros  o se adentra por el piélago de blogs o plataformas digitales de estas corrientes, la experiencia te produce una gran inestabilidad emocional. No digamos si uno tiene la santa paciencia de leer los comentarios de la gente a aquellas entradas que se hacen en facebook: en este caso, la inestabilidad pasa a ser un estado de nervios generalizado. En resumidas cuentas, el desconcierto y la volatilidad de opiniones —cuando no la auténtica esquizofrenia— que hoy se da en el universo de la cultura de la izquierda es de psiquiatra. Y Tsipras, Syriza y Grecia han tenido el don de catalizar todo esto y de posibilitar lo que un psicólogo denominaría la objetivación del problema.

Con la decisión del 13 de julio Tsipras pasó para algunos, lo hemos dicho, al campo del infierno. Con las elecciones del pasado domingo, nos dicen desde su púlpito, la izquierda de Syriza se ha pasado al enemigo; no sabemos si los electores también son considerados enemigos…o simples borregos engañados.

Me temo que a partir de ahora será Varoufakis la nueva estrella de este conglomerado de «identitarios de la revolución». Hoy precisamente —escribo esta entrada el martes 22 de septiembre— el ex ministro griego de Finanzas publica un artículo en The Guardian donde se despacha bien, con enorme respeto personal por otra parte y sin acudir a las descalificaciones ya citadas, contra Tsipras y su actual política, artículo que rápidamente ha sido traducido y difundido por la revista Sin Permiso. Faltaría más; Varoufakis es Varoufakis. Que la formación política a la que él se sentía unido —la Unidad Popular escindida de Syriza hace dos meses— no haya alcanzado el 3%, lo que quiere decir literalmente que el pueblo griego no le ha hecho puñetero caso,  es lo de menos. Así titula Varoufakis su artículo, publicado originalmente en The Guardian:  Tsipras está destinado a fracasar: los verdaderos vencedores en Grecia son los prestamistas.

No voy a presumir de lo que no tengo: no hablo ni leo griego moderno, ni sé mucho más de lo que puede conocer un lector interesado en los asuntos de la actualidad griega. Pero me da la impresión de que Varoufakis está demostrando, posiblemente desde que encabezó las negociaciones de la deuda con la UE, un profundo desconocimiento de la política; de la política como arte de la síntesis de las diferencias, como instrumento de servicio para la gente, como capacidad para intervenir en los procesos sociales. Es evidente que el mediático economista debe saber bastante de economía pero tengo mis dudas de que tenga las mismas capacidades en política.

He leído con un gran interés un artículo de Sarantis Thanopoulos, médico psiquiatra y colaborador habitual en el diario italiano Il Manifesto (por cierto, periódico clásico de la izquierda “radical” italiana, opuesta al ortodoxo PCI, y que hoy precisamente apoya en sus líneas generales la apuesta y el proyecto de Syriza-Tsipras), sobre la personalidad y la actuación política de Varoufakis. Me permito traducir unos párrafos:

Varoufakis no logró mantener el enfrentamiento con Schauble en un plano auténticamente político, de confrontación entre pasión responsable y miedo. Su apego a la abstracción lógica lo ha colocado en una posición asimétrica a la de sus adversarios. La debilidad de la política frente a los circuitos financieros está favoreciendo un poder «hiperpolítico», puro poder, más allá de cualquier dialéctica entre señor y siervo, fundado en la excepción de la regla y de la vida. Este poder, que conjuga el riesgo con el albedrío, es la expresión generalizada del principio: «cara, gano yo; cruz, pierdes tú ». Orientado a producir beneficios, tanto insensatos como exponenciales, no es capaz, por su constitución, de resolver ninguno de los problemas humanos.

Y sigue: Se puede sufrir la prepotencia del más fuerte sin ser derrotados para siempre. La derrota de Varoufakis reside en haber basado un proyecto político sobre la primacía impropia de la lógica sobre las pasiones, las incertidumbres y los miedos que recorren Europa. Su crítica a Tsipras deriva de la fe en una lógica apremiante, vista como verdad, que es hija del orgullo intelectual. Olvida que en política una teoría, incluso la más inteligente, es verdad si produce una transformación real.

Tsipras ha permanecido en el terreno político, defendiendo la pasión europea de su pueblo (el amor por la paz y la democracia) y respetando sus angustias. Puede perderse en una serie interminable de compromisos, pero no hay otro camino para resistir el exceso de albedrío que sigue avanzando en nuestro mundo.  Este albedrío, que reduce la vida en cantidades manipulables en su oposición con lo puramente lógico,  no tiene rivales. (el artículo completo, en italiano, en Il Manifesto del día 5 de septiembre)

Pues eso, Varoufakis podrá ser un magnífico profesor de economía y de teoría de juegos pero Tsipras no parece ser un mal político. Al menos, su pueblo lo avala.

No sé si el dúo Tsipras/Varoufakis es el comienzo de una ópera de enfrentamiento radical en las izquierdas europeas. Por lo que estamos viendo, y por lo que leemos, puede que sí. El tiempo nos va a decir por dónde evolucionan los acontecimientos, qué va a deparar las elecciones españolas de diciembre, y las portuguesas. Pero, sí me parece observar que mientras Tsipras y su partido han dado muestras de un gran sentido de responsabilidad (¡la alternativa era salir de la Unión, adoptar el dracma y un empobrecimiento mayor de la gente!) además del de la oportunidad para impedir que vuelva la derecha, otros, y también por nuestras tierras, siguen pensando que la realidad debe acompasarse a sus esquemas lógicos.

Yo, con Tsipras.

Recomendable la lectura del post de Paco Rodríguez de Lecea, El transformismo de Tsipras y otras leyendas urbanas, en Punto y Contrapunto

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