Grecia: permanecer en el ring para mantener abierta la posibilidad de la alternativa

TOPSHOTS Alexis Tsipras AFP PHOTO/LOUISA GOULIAMAKI

Por Luciana CASTELLINA

No soy griega y por eso este domingo no voto. Mucho menos estoy autorizada a sugerir a los griegos qué deben votar. Pero no se me ocurre decir que esta abstención deriva de que estos son asuntos que no tienen que ver conmigo. Si hace un año fuimos tantos los que nos reencontramos para defender (mejor, construir) una lista que se llamó «Otra Europa con Tsipras» no fue por causa de una extravagancia de modernos, porque Syriza estaba ganando y nosotros en Italia no. Fue porque comprendimos que el partido que Alexis estaba jugando con los monstruos del euro capitalismo era también nuestro partido.

Por esto hoy, al menos de forma virtual, votamos también nosotros. El cómo termine el asunto griego incumbe a todos los europeos. Porque el gobierno de Syriza ha abierto, finalmente, un contencioso de carácter general sobre lo que debe ser o no debe ser la Unión Europea, un asunto que está destinado a marcar nuestro futuro y por tanto a todos nos importa.

No había dudas, hasta finales del pasado julio, de cuál era nuestro campo. Es fácil cuando las cosas se desarrollan de forma lineal. Desgraciadamente, esto no sucede casi nunca. Tampoco ha sucedido en este caso. Todos sabemos de qué estoy hablando: de la ruptura que se ha producido en Syriza a causa de la diferente interpretación sobre la posición adoptada, decisión dramática por las feroces condiciones en las que se dio: aceptar, aun considerándolo tremendo, llevar adelante el memorándum que contenía el diktat de la Troika, esperando de esa forma escapar a daños peores, y tratando de esa manera de hacer al menos un poco más justa la estúpida austeridad impuesta, o bien rechazarlo, y escoger así el camino impracticable de una salida en solitario de la eurozona.

Yo estoy entre los que creen que la opción tomada por Tsipras es indiscutible. La salida en solitario del euro habría tenido costes insostenibles para un país que no es autosuficiente en casi nada, que habría estado obligado por tanto a volver a pagar la deuda, que se habría encontrado en las condiciones de no poder hacer frente a las exigencias más elementales de supervivencia.

Francamente, el Plan B presentando por Varoufakis y la opción apoyada por aquellos que decidieron irse de Syriza no me convence.

Estoy de acuerdo con Tsipras no porque comparta que haya que estar en el gobierno, aunque impotentes, en cualquier circunstancia mejor que estar en la oposición. Al contrario, lo estoy porque lo que hay que decidir es cuál de las dos opciones permite acumular más fuerza patra construir una alternativa real. Por difícil que sea, en la concreta situación griega, renunciar a esa parte de poder que tiene también un  gobierno presionado por la Troika dejaría al país en la frustración y el caos.

El domingo no se vota para decidir entre el Plan A —tratar de gestionar de la mejor manera el Memorándum y ganar tiempo— y el Plan B, irse del euro mandando al diablo a Bruselas. El conflicto entre estas dos posibles opciones ha desgarrado a Syriza, ha dividido a compañeros con los que hemos luchado y a los que estamos ligados por amistad y también por afectos de hace mucho tiempo. Es un debate legítimo, siempre que no se recurran a los rituales tics de la peor tradición comunista: la acusación recíproca de traición. Es un debate que no va a cerrarse el 20 de septiembre.

Aunque comparta la opción de Tsipras y de la mayoría de Syriza comparto que la opción de poner fin a la moneda única europea es una discusión digna de atención. Pero siempre que sea una opción compartida por al menos un cierto número de gobiernos y por tanto por un fuerte bloque político y social europeo; y por un proyecto alternativo que no ponga en peligro, además de la Unión monetaria, la esperanza de una unión política.

Necesitamos la unión política si queremos volver a dar alguna esperanza a la política, y por tanto al control del mercado por parte de los ciudadanos. Porque a nivel nacional ya no será nunca posible, y a nivel global es ilusorio. La articulación regional que se llama Europa es la última posibilidad que tenemos: porque se trata de una dimensión razonable y porque este territorio, a pesar de todos los crímenes que sus clases dirigentes han perpetrado a lo largo de los siglos, es también, y diría sobre todo, el continente donde la historia ha producido el más alto nivel de luchas de liberación  y de conquistas sociales y políticas. No es poco, y no me gustaría poner en riesgo este patrimonio que representa una sólida base desde la cual volver a empezar para encontrarme como una pajita dispersa por el globo. Por esto comparto que hay que mantenerse en el ring, no salir de él como un púgil frustrado, humillado por la arrogancia de Schauble. El domingo, con el corazón, votaré por Alexis. Y lo votaré aunque estuviese convencida de que hay que salir del euro. Porque cualquiera de las dos hipótesis necesita que no haya en Grecia un gobierno de la derecha. Para dejar abierta una esperanza es necesario proteger el primer gobierno de izquierda de Grecia, el de Syriza.

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Luciana Castellina es una conocida y veterana dirigente de la izquierda italiana. Perteneció al PCI, fundadora de Il Manifesto, eurodiputada durante algunos años. Apoyó la candidatura Lista por Tsipras para las elecciones europeas de 2014.

Publicado en Il Manifesto, el 19 de septiembre.La traducción es de Javier Aristu