Manipulación torticera de la historia y necesidad del federalismo.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Me imagino, porque no he tenido curiosidad alguna de ver o leer las noticias del día después, que en el 11 de septiembre varios millones de catalanes se pasearon por la avenida Meridiana de Barcelona para empujar el proceso hacia la independencia.  Resulta muy interesante que, por muchas advertencias que se hacen sobre las repercusiones negativas que, sobre su economía y sobre la paz social, sobrevendrían en una Cataluña independiente, el orgullo, el amor propio y otras expresiones nacidas antes del corazón que de la cabeza persistan como elemento central de tales movilizaciones y expectativas.

Diferentes impulsos han ocasionando tales estados de ánimo; la decadencia del modelo productivo catalán ligado a la industria frente al capitalismo financiero madrileñizado que controla los resortes de poder en el  país, es uno de ellos; la percepción de los costes que tal desequilibrio de fuerzas tiene una parte de la sociedad catalana muy atenta a los balances de caja –“España nos roba”-, es otro;  el hartazgo, compartido con otra mucha gente del resto de España,  de Rajoy y su troupe absoluta convertidos en portavoces de lo más rancio y cutre de una idea de España que creíamos felizmente enterrada, es uno más.

Entre los impulsos hay uno, principalísimo, sobre el que ya me he pronunciado en este blog y sobre el que quiero insistir: Cataluña es una nación con derecho a la independencia –dicen-porque tiene una trayectoria histórica propia enmudecida por imposición del Estado: en concreto, 1714, como corean los aficionados culés en el  Nou Camp, es la fecha que marca el inicio del domino del imperio español sobre Cataluña.

Hay que reconocer, antes de seguir, una cosa: todo nacionalista tiene derecho a fabricar la historia de su nación, y lo tiene porque todos los nacionalistas, de todos los países, lo han hecho.  Entre la segunda mitad del siglo XIX y la segunda guerra mundial cada capitalismo necesitó montar el tinglado nacionalista que le permitiera contrarrestar la amenaza de la clase obrera y descollar o no sucumbir en esa fase histórica que Maddison llamó la de “perjudicar al vecino”. En una España mal articulada como nación, los distintos capitalismos regionales, que son y han sido, construyeron también, por la misma época, sus peculiares identidades, las instituciones tangibles e intangibles que garantizaban la acumulación y la reproducción de capital –la cultura cortijera a la andaluza y la cultura del botiguer catalán-, y contribuían además a descollar sobre el resto de intereses capitalistas regionalmente delimitados.

Sin embargo, una cosa es el derecho del nacionalista a inventar  el pasado, reconocer que todo capitalismo genera las historias que le son útiles, y otra cosa es hacer pasar el invento por ciencia. Está más que descrita como una falacia la historia de España entendida como esa sucesión de hazañas bélicas con la que se cimentó el militarismo y al nacional-catolicismo impuesto a los españoles hasta 1978; es igualmente falaz que la historia catalana pueda construirse con una selección de hechos y textos escogidos ad hoc que “demuestran”  la identidad separada del pueblo catalán desde los orígenes del mundo.

Se podrían poner miles de ejemplos con los que demostrar que, incluso después de 1714, las historias de España y Cataluña están entremezcladas –me acuerdo de los comerciantes catalanes en el Cádiz del siglo XVIII reclamando su derechos como españoles contra los extranjeros que comerciaban con América, o de los cientos de miles de andaluces que levantaron la prosperidad catalana a mediados del siglo pasado- , que el nacionalismo catalán se ha servido del Estado español para prosperar; es decir, que no le ha ido nada mal, que no siempre España ha robado a Cataluña. Por eso, a mí al menos, toda esta manipulación actual de la historia, además de mentirosa, me sabe a oportunista y desagradecida.

Puesto a pensar en la historia por hacer, me acuerdo de aquellos versos de Sánchez Ferlosio que decían: Dicen que la patria es/un fusil y una bandera./Mi patria son mis hermanos/
que están labrando la tierra.

Puestos a hacer historias propondría hacerla de la gente derrotada por los nacionalistas de todos los colores; de los revolucionarios franceses y su concepto igualitario de nación; de los demócratas y republicanos españoles y catalanes que tomaron la bandera civilista, del catalán  Pi i Margall y de los federales españoles, de los internacionalistas que soñaban con un mundo de fraternidad universal construido de abajo arriba.

Hoy se habla de la reforma constitucional y del federalismo como una tercera vía como solución dialogada a la situación planteada por el independentismo catalán; no se concreta o no sé aún qué pueda ser esa tercera vía –más bien parece un estado de las autonomías maquillado y redivivo-; no hay más vía para salir de este impasse de chantajes emocionales a los que nos someten los nacionalistas de uno y otro bando, que sacar a las personas esa parte de racionalidad y altruismo que las hace humanas, alentarlas a que cimenten un nacionalismo humano sin fronteras, una civilización nueva sobre las verdaderas claves revolucionarias: la libertad, la igual y la fraternidad.

Hay que volver al punto histórico en el que los pueblos fueron derrotados por los nacionalistas. No es ninguna utopía;  el municipalismo emergente en España, los encuentros entre los mandatarios de ciudades del norte y del sur para elaborar una estrategia común me hacen pensar que no todo se ha perdido.