Mecanismo electoral

may 1st, March for the Inmigrants Rights in Los Angeles, CA. 05/01/08 Photographs by JcOlivera.com

Por Javier ARISTU

Las escenas de los refugiados de Siria, Irak y otros países de esa zona conflictiva nos han impactado a todos. Llevaban en campos, hacinados como animales, desde hace ya bastante tiempo pero ha bastado que una cámara de televisión capte el momento de su invasión por las fronteras húngaras o austriacas para que toda Europa, todos los ciudadanos europeos, reaccionemos emotivamente. Ha bastado la foto del crío Aylan para que toda la conciencia humanitaria que llevamos dentro de nosotros salte como un resorte. Sin duda, es positivo que ante este tipo de agresiones a nuestra conciencia reaccionemos por todas partes pidiendo que vengan los refugiados a nuestras casas, que los ayuntamientos se conviertan en casas de acogida, que la gente normal y sencilla se vuelque en apoyo y ayuda de estos invisibles sufrientes que ahora ocupan -¿hasta cuándo?- las primeras páginas de los periódicos y las noticias de impacto de las televisiones.

Pero hay algo que se ha comentado poco o, al menos, no todo lo que es menester: el país y la sociedad que, de momento, más se está movilizando a favor de esta oleada de parias de la tierra es Alemania y, con ella,  su canciller Merkel. La “cruel Alemania” que ha obligado a Grecia a políticas de recortes brutales es la que se moviliza a favor de los refugiados; la canciller de hierro —caricaturizada en algunas redes con los rasgos de un Hitler revivido— es la que puede condicionar para que Europa asuma mayores compromisos de solidaridad con estas gentes humilladas y perseguidas por las guerras; la canciller que se enfrentó a Tsipras y su política de renegociación de la deuda es la misma que es pitada y ofendida por sectores de su electorado bávaro. ¿Qué está pasando aquí? ¿No nos habían vendido una película de buenos y malos?

En el otro lado de la escena se nos coloca Hungría, un país que hace solo menos de treinta años pertenecía a aquello que se denominó “el socialismo real”. Hungría, un país gobernado hoy por un renovado político de extrema derecha que nos habla de su país como puerta de la  “civilización cristiana agredida por la invasión musulmana”. Pero no es solo Hungría. Es la República Checa, es Polonia y es Eslovaquia quienes se niegan en redondo a cualquier cuota de refugiados en sus países (ver el sitio Euronews). Antiguos países del “socialismo real”. ¿Dónde han quedado aquellos valores de solidaridad que debían marcar la política exterior de los países que estaban “construyendo el socialismo”? ¿A quién hay que pedirle daños y perjuicios por esta inmensa estafa?

Todo lo escrito hasta ahora me lleva al asunto del que quería hablar hoy: las cosas no son como muchas veces nos han dicho y el mundo no es tal y como lo vemos a través de nuestras gafas oscuras. La vida social, el mundo y las relaciones entre las personas —incluida la política internacional— es algo más complejo que los catecismos con los que a veces nuestros líderes de la sedicente izquierda nos recitan. Es muy reconfortante para los egos y las simplicidades que inundan la escena política española hablar del neoliberalismo como agente agresor de la sociedad; es altamente satisfactorio repetir una y otra vez que Angela Merkel es la causante de lo que nos está pasando…y de paso zurrar la badana a los alemanes por seguir votándola; es de manual insistir en que solo la izquierda orgánica y (poco) organizada podrá arreglar este berenjenal que se está desarrollando en una fase de cambios realmente profunda. Discursos, mítines, proclamas, himnos…pero nada de contenidos programáticos y soluciones factibles y realistas para salir de este cenagal en el que estamos.

La complejidad, hoy más que ayer, es el dato de nuestro tiempo. Las cosas no son tan aparentemente claras como en el pasado. Es necesario decir las cosas con claridad: no vamos a sustituir en las próximas elecciones un sistema económico por otro; no van a ser las “elecciones decisivas” de la democracia (lo he leído por algún sitio); la sociedad española se juega mucho en diciembre pero no se juega ni su existencia vital ni su futuro metafísico. Incluso aun ganando las elecciones las candidaturas de ese constructo in mente llamado Unidad Popular con o sin-con Podemos el país podrá cambiar en cuatro años mucho más allá de la epidermis. Lo cual sería bastante. Aprendamos de Grecia. Lean los fanáticos rupturistas lo que nos dice este diputado de Syriza en unas declaraciones a la revista Micromega (que nuestra máquina de traducir llamada Paco Rodríguez de Lecea está ya procesando): Hay una gran distancia entre el partido Syriza y la sociedad. No es posible que un partido tenga poco más de 30.000 militantes y que lo haya votado el 36% de los ciudadanos. Es una brecha demasiado grande. Significa que el partido no ha funcionado como era menester. No se han puesto en marcha iniciativas para trabajar sobre el territorio, sobre los problemas que afectan a las personas: los trabajadores de las fábricas, el mundo rural, los pequeños empresarios… Significa que estamos lejos de los problemas cotidianos. El partido ha permanecido lejano de las exigencias de las masas populares. Es un problema que debemos resolver cuanto antes si no queremos convertirnos en un mecanismo electoral (declaraciones de  Nikos Syrmalenios a Steven Forti, en Micromega, 1 de septiembre). ¡Y está hablando de un partido que ha gobernado Grecia estos meses con el 35% de los votos! Repito lo que dice este diputado de la izquierda griega: Es un problema que debemos resolver cuanto antes si no queremos convertirnos en un mecanismo electoral.

¿Así están pensando los dirigentes del actual proceso en marcha dentro de la izquierda política española? ¿Ven más allá de la simple colocación de candidaturas electorales? ¿Aprenderá alguna vez la lección nuestra izquierda orgánica?