Una nueva hegemonía

Foto Flickr: Manolo Gómez

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

            He leído recientemente Sumisión, la polémica novela de Michel Houellebecq que se presentaba en París a principios de este año, justo el día en que se produjo el sangriento ataque terrorista contra Charlie Hebdo. Una novela cautivadora que se lee de una sentada y refleja la agonía del hombre postmoderno. Marine Le Pen, mucho más inteligente que su padre, ha sabido rodearse de unos compañeros de viaje capaces de influir en la sociedad de un modo determinante, protagonizando escándalos, abriendo debates, creando opinión…

            Los planteamientos políticos propuestos por Houellebecq en Sumisión son una proyección de las falacias que el Frente Nacional y Riposte Laïque (su correa de transmisión) jamás se han cansado de repetir, a saber: un supuesto proceso de aculturación promovido por las autoridades republicanas, con la pretensión de islamizar el país, y un conflicto civil latente que se presenta como consecuencia de ello. Falacias, sí, pero con ellas han logrado ofrecer a los franceses un relato de lo sucedido en las últimas décadas, del que surgen toda una serie de propuestas que conforman su novedoso programa político. Precisamente en un tiempo en que la ciudadanía necesita, ¡más que nunca!, un relato que explique lo sucedido.

            Tal y como advierte Slavoj Zizek en su obra Viviendo en el final de los tiempos, la extrema derecha continuará fortaleciéndose mientras la izquierda no aporte respuestas claras a la actual situación. Soluciones con las que encarar la deslocalización industrial, el poder desmedido del capital financiero, la evasión fiscal, el recelo ante las cargas impositivas, que son las que permiten la redistribución de la riqueza, y la necesaria inversión pública para reactivar la economía, que debe ser compatible con el mantenimiento de los servicios públicos. Soluciones, en definitiva, que respondan a una realidad social en la que la clase trabajadora se encuentra fragmentada en multitud de estratos y colectivos, que dificultan la convergencia en unos mismos intereses.

            Hace más de cuarenta años que estas cuestiones continúan sin respuesta y es la izquierda la que debe responder. Para ello, resulta necesario ir más allá de las particularidades individuales y colectivas, recomponiendo un discurso de carácter universal. Es cierto que Occidente padece una crisis espiritual a la que llamamos postmodernidad y en la que el capitalismo posterior a 1968 se mueve como pez en el agua. Debe recuperarse la ideología, con la que poder teorizar un nuevo modelo socioeconómico que muestre a la ciudadanía la grandeza ética de la izquierda. Más allá del corto plazo, más allá de la próxima cita electoral, la izquierda debe hacer pedagogía social para construir una nueva hegemonía cultural, en el más amplio sentido del concepto que surgiera de la cabeza de Antonio Gramsci hace ya casi un siglo. Una nueva hegemonía para superar el predominio neoliberal, construyendo un nuevo paradigma que resuelva las contradicciones causantes de la crisis del bienestar.

            Para lograrlo, la izquierda, en su rearme ideológico, debería evitar las tentaciones nacionalistas y revitalizar el internacionalismo dentro y fuera de Europa, para construir la unidad política allá donde haya unidad económica, controlar el capital financiero, luchar contra los paraísos fiscales y conseguir condiciones de trabajo justas en los países destinatarios de las industrias deslocalizadas. Un internacionalismo que permitiera resucitar a Keynes, proyectando acuerdos para la regulación de las finanzas y las exportaciones a nivel global, tal y como propone Varoufakis en su tesis del Minotauro global. Para ello habría que volver a creer en la posibilidad de cambiar las cosas, recuperar el potencial transformador de la cultura utópica occidental, que hunde sus raíces en el humanismo cristiano del, ya lejano, siglo XVI de Moro y Münzer.