El factor P (y 2)

Foto flickr: Charles-Edouard Coste

Por Javier TERRIENTE

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Parece ser que la llamada confluencia política de la izquierda se ha convertido en un novísimo Santo Grial, que permitiría un cambio radical en la correlación de fuerzas en las próximas elecciones generales. Poco a poco se ha ido generando desde los grandes medios de comunicación una suerte de razonamiento místico o tautológico en torno a un juego de palabras circular: sumergirse en la confluencia sería como purificarse en las aguas del Jordán, que absolvería de sus pecados pasados a Podemos, permitiéndole el ingreso en la cofradía de los creyentes verdaderos. No hacerlo, equivaldría a un crimen de lesa traición. ¡Ay, amenazan, si Podemos se atreve a rechazarla tras las elecciones catalanas, asumirá de por vida la responsabilidad de la derrota de las clases populares en las generales

¿Sin embargo, de qué se trata cuándo se habla de confluencia?

En términos generales, parece de sentido común aplicar las matemáticas elementales a la política: dos más dos igual a cuatro. Ahora bien, siempre que se sumen cantidades homogéneas y de signo positivo. De lo contrario, las cuentas no salen.

Pero, ¿qué ocurre cuando lo que se ha dado en llamar pomposamente como confluencia no es sino una réplica multiplicada ad infinitum de un mismo o varios sujetos políticos en sus más variadas interpretaciones satelizadas, provincia a provincia, región a región? ¿Cómo interpretar una colección de siglas de escasa o nula representación social sino como uno de esos celebrados episodios de romanos vestidos de cartagineses (y viceversa) según las conveniencias territoriales de la acción fílmica? ¿No es ventajismo político apelar a los éxitos municipales de Madrid y Barcelona como forma de presión a Podemos, para que renuncie a candidaturas propias en toda España, y no al fracaso de las llamadas candidaturas de unidad popular en el resto del país, bajo control de la izquierda tradicional?

Siendo esto así, no parece lo más adecuado llamar unidad popular a una simple colección de entidades de representatividad cuestionable, urgidas por la imperiosa necesidad de refugiarse en una marca participada por Podemos, ante el peligro de desaparición inminente en las próximas citas electorales. Si, además, esas candidaturas se presentan en la estela de una denominación igual o parecida a alguna de las ya contrastadas, mayor apariencia de arraigo popular. En este escenario de sombras chinescas, lo importante no son los contenidos sino fagocitar una imagen simbólica acreditada (Ahora Madrid, por ejemplo, o antes Ganemos Barcelona), repetida hasta la saciedad, que trasfiera prestigios ajenos.

Si hace escasos meses las primarias abiertas eran objeto de burla por tratarse de un “invento norteamericano”, ahora hay quien hace suya esa iniciativa aunque sea  en versión tutelada e interna del formato original; si Podemos y sus dirigentes eran un producto mediático destinado a desaparecer a las primeras de cambio (como aseguraban que sería el destino del 15M), ahora se les busca desesperadamente para reclamarle altura de miras y generosidad ilimitada; si hasta hace unos meses Podemos no era un instrumento fiable por “situarse en el centro del tablero”, “no ser de izquierdas ni de derechas”, o instalarse fuera de los “conflictos de clase”, ahora ya no importa, las angustias electorales (y las derrotas municipales y autonómicas con sus secuelas económicas) dictan que el desprecio se trastoque en respeto y el desdén en objeto de deseo.

El hilo argumental que justificaría esos cambios de opinión se sostiene en que las experiencias municipales de Madrid, Barcelona, Valencia….se basan en modelos extrapolables para las generales. Nada más desacertado.

Primero, porque el discurso y las estrategias de las izquierdas representadas en esas candidaturas (y las problemáticas territoriales de referencia) tienen poco que ver con los de la izquierda tradicional o no la incluyen, como Madrid y Valencia. En este caso, es inevitable que surja una cruel paradoja: si las propuestas y formatos municipales de Madrid, Barcelona, Valencia, Baleares o Galicia, son el modelo a seguir en el resto de España, ¿no sería deseable que una de las condiciones necesarias para su éxito sea que esa izquierda, en un acto de generosidad, no obstaculice el proceso?

Segundo, porque los actores y las alianzas que intervienen en el plano municipal tendrán, previsiblemente, un comportamiento muy distinto en las generales: ¿alguien piensa sensatamente que el PSOE seguiría las mismas pautas respecto a una candidatura de unidad de la izquierda, que el que ha tenido en Madrid, Barcelona, o en una serie de Comunidades?

Tercero, porque caben muchas dudas acerca de cuál sería la izquierda aliada de Podemos, provincia a provincia, comunidad a comunidad: ¿la que ha expulsado a 5000 militantes en Madrid, la que facilitó el gobierno de Monago en Extremadura, la que ha gobernado para sí misma, con un PSOE agujereado por los caso de corrupción, las privatizaciones y las contrataciones escandalosas en Andalucía….?

Cuarto, porque ante este panorama, no sería improbable que sectores procedentes de la izquierda tradicional, o Podemos, no apoyen ni voten candidaturas de confluencia, neutralizándose mutuamente, o lo que es igual, que la sumatoria de fuerzas se convierta en un magma autodestructivo igual a nada.

Y quinto, porque es evidente que una propuesta genérica de unidad con esta izquierda, o de participar con ella en mixturas electorales provinciales (siempre hay alguna excepción singular), estaría condenada a jugar en espacios políticos reducidos, muy lejos de la necesaria suma de consensos democráticos para derrotar a la derecha.

Si el objetivo es desalojar del poder al bunker conservador, y no dar testimonios de fe con un grupo reducido de parlamentarios, no hay duda: lo coherente sería aspirar a una convergencia democrática transfronteriza capaz de aislar al núcleo duro de la derecha e infringir una derrota completa al  bipartidismo. En conclusión, a nadie se le escapa que un frente de izquierdas, en las condiciones no imaginarias sino reales de aquí y ahora de la izquierda tradicional, cualquiera que sea su ámbito, además de tener un alcance restringido y un programa inasumible por las grandes mayorías, constituiría un adversario fácilmente abatible.

En este sentido, convendría recuperar la memoria de las luchas y experiencias del pasado anti franquista, pues nos muestran el camino a seguir en muchos casos. Hoy la cuestión central frente a la dictadura de los mercados y la Troika, (como antes, contra el bunker del franquismo) vuelve a ser la democracia sin adjetivos y su desarrollo en todos los campos, en cuya defensa hay que interpelar a todos y todas sin distinción. Millones de ciudadanos que formaron parte del bloque electoral de los vencedores (PP y PSOE), en el pasado inmediato, han sido desplazados forzosa y masivamente al territorio de los vencidos, de los exiliados del sistema, de los derrotados de cualquier signo que no han quedado a salvo de las sucesivas lesiones de derechos. Tras cada derecho pulverizado hay centenares de miles de ciudadanos agrupando fuerzas en las Mareas, las asociaciones de afectados por las hipotecas, los movimientos vecinales, las organizaciones de pymes, de consumidores, los movimientos de mujeres, el mundo rural, los sindicatos, las asociaciones de profesionales y estudiantes… Por tanto, derechos, sí, sumados. Inseparables. Indivisibles. Inmediatos. Urgentes.