El factor P (1)

Foto flickr: Kino

Por Javier TERRIENTE

Como siempre ocurre en periodos electorales, las diferencias entre el PSOE y PP suelen extremarse, con una notable falta de memoria del primero y un gran manto de mentiras  en el caso del segundo, a la espera de que una vez alcanzada la hipótesis de un cambio de gobierno se diluyan bajo un pragmatismo responsable, en cuyo nombre   caben toda clase de atropellos, redes corruptas y anomalías democráticas. El problema de este llamado pragmatismo responsable, tan apreciado por los viejos partidos de orden (frente a la amenaza de los “populismos irresponsables” que lo cuestionan), es que al ampararse en lo existente como la única realidad posible y disolver en lo cotidiano el horizonte de lo deseable, proclama sin pudor la caducidad de las políticas de reformismo fuerte y el fin de las ideologías emancipatorias. Ello conduce inevitablemente a estimular mecanismos bipartidistas que favorecen un nuevo reparto espurio de las instituciones estatales. Estas semejanzas, que se encuentran en el origen del descrédito que amenaza la legitimidad del sistema de partidos, se agrava ante el hecho de que la izquierda tradicional vive empantanada en un proceso de crisis permanente, derivada de su incapacidad para pensar y actuar en la perspectiva de las nuevas magnitudes que caracterizan este cambio de época. Eso le impide, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, ejercer de portavoz de una verdad irrefutable acerca del devenir histórico y las tareas esenciales de la clase obrera. Por el contrario, es una realidad dramática que antiguas verdades y reglas de la izquierda, que movieron casi desde la nada montañas de esperanzas, se convirtieron en dogmas de fe de una iglesia laica omnipotente y omnisciente, que solo encuentran refugio ahora en partidos crepusculares o en trance de serlo. No es casualidad.  Dirimir el carácter de izquierdas de una organización en virtud de una enumeración de autoproclamaciones en torno a la defensa escolástica del marxismo, la simplificación de la lucha de clases o el advenimiento de la III República, ya no basta. Se necesitan respuestas nuevas a la crisis inédita del capitalismo postfordista y a la emergencia de nuevas categorías sociales y profesionales, al empobrecimiento sin fin de las clases medias y a las crecientes desigualdades.

Europa existe, y existe de una forma determinada mediatizada por las fuerzas fundamentalistas de mercado; su complejidad va más allá de la llamada Europa de los mercaderes. La disyuntiva no pasa por el retorno a las antiguas monedas nacionales. Guste o no, los Estados actuales ya no son ni volverán a ser  las vías por donde transcurran las decisiones esenciales sobre la economía, las finanzas, el derecho, el trabajo y la política. Es una evidencia que la respuesta a los nuevos desarrollos capitalistas no puede abordarse con mentalidades y herramientas viejas, mediante atajos que piensen el futuro de Europa en términos de Estados nacionales independientes y/o feudalizados. Revitalizar el proyecto social y democrático europeo, truncado por las políticas neoliberales, exige sobre todo tenacidad y paciencia para dar una nueva dimensión al protagonismo democrático de los ciudadanos e impulsar los cambios políticos imprescindibles en la actual correlación de fuerzas  de la Unión Europea. Por ello, la prolongación indefinida de un determinado tipo de disputas nominalistas en la izquierda tradicional, ancladas en análisis del pasado, no hace sino empeorar su tendencia irrefrenable hacia la insignificancia, como si esta formase parte del orden natural que le corresponde en el actual universo político.

Por otro lado, es constatable que la corrupción, el nepotismo y las redes clientelares, no le han sido ajenos en determinados casos; la apuesta inaceptable por modelos desarrollistas ligados al ladrillo en áreas de alta intensidad especulativa, creó las condiciones para ello. No resulta entonces insólita la fusión, sin conflicto aparente en un mismo discurso, de una ardiente retórica “revolucionaria” oficial con la incapacidad para construir alternativas políticas y económicas verosímiles. Teniendo en cuenta estas cuestiones, ¿no estaría justificado preguntarse qué es lo que queda detrás de las toneladas y toneladas de manifiestos y programas idénticos entre sí, inmunes al paso del tiempo, signo insoslayable de un arraigado inmovilismo doctrinal?: un discurso residual de tipo identitario más que discutible, varias décadas de resultados electorales de escasa relevancia (salvo contadas excepciones), la conversión del antiguo PCE en un grupúsculo fundamentalista, una serie de experiencias de gobierno cuando menos contradictorias (algunas, poco gloriosas), y un catálogo de apelaciones sectarias a la unidad de la izquierda, dirigidas más a la autoafirmación de un sector muy minoritario del electorado que a la voluntad de conquista de nuevas mayorías sociales. En estas condiciones, resulta un tanto disparatada la arrogancia de expedir certificados de buena conducta, en función de que se acepte participar o no en un frente de izquierdas de cara a las elecciones generales.

Es interesante observar, que determinados medios ya han asignado a Podemos la casilla que le corresponde en el nuevo escenario electoral, acompañado de un manual de instrucciones precisas: 1: no invadir espacios que pertenezcan por derechos históricos a otros partidos, particularmente al PSOE; 2: impedir que la transversalidad de las protestas provocadas por las políticas neoliberales tenga un nuevo destinatario.  No importa que la socialdemocracia se haya transmutado en una fuerza corporativa, cuyos líderes, cíclicamente, ejercen de izquierdistas en la oposición y de “dirigentes responsables” en el gobierno. Por encima de todo, el guion señala que Podemos ha de ser coherente con su misión fundacional, atornillado a la casilla del radicalismo populista y chavista, en disputa con las izquierdas tradicionales; ergo su destino no puede ser otro que el de participar en un frente de izquierda, al que ya se le ha otorgado graciosamente una franja electoral minoritaria preestablecida. No hay elección. Podemos debe asumir la condición subalterna que le confieren las leyes  inscritas en su naturaleza política y ser respetuoso con las dinámicas de reorganización del poder en un marco bipartidista. La finalidad: garantizar la eventualidad de acuerdos combinados entre PP, PSOE y Cs e impedir a cualquier precio un gobierno de o con Podemos; en todo caso, restarle capacidad para convertirse en una fuerza determinante. Grecia está cerca y aun en su derrota (la izquierda revolucionaria con 3 R, esa a la que no le tiemblan las piernas, lo llama alta traición), es preciso evitar a toda costa el contagio del Syriza de Tsipras cortocircuitando el ascenso de Podemos. He ahí uno de los muchos puntos comunes entre la derecha y la socialdemocracia europea y española. Esta estrategia tuvo sus antecedentes a mediados de los años setenta y comienzos de los 80 del siglo pasado, cuando el ascenso de las izquierdas en Europa parecía imparable. La revolución de los claveles en Portugal (1974), la caída de los Coroneles en Grecia (1976), la inminencia del acceso al poder del PCI en Italia a través del Compromiso Histórico con la Democracia Cristiana  de Aldo Moro (1978), Mitterrand y su Programa Común (1981) y las excelentes expectativas del aún ilegal PCE, hicieron sonar las alarmas de la OTAN, Centinela de Occidente y de la Civilización Europea. Al peligro que suponía un gobierno de, o con, el PCI en Italia se le llamó factor K. Hoy, a la amenaza que representa Podemos, con todas las variables y matizaciones del mundo, se le podría denominar Factor P.

[Continúa]

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