Otra de nacionalismos

Por Carlos ARENAS POSADAS

El pasado viernes el suplemento literario de El País ha incluido un monográfico sobre nacionalismo e independentismo en Cataluña. Por ser más afín a mi formación, me interesó especialmente el suelto del historiador Santos Juliá sobre la diversidad de catalanismos existentes en el pasado, en el que resaltaba el contraste entre un catalanismo anterior respetuoso con la estructura territorial del Estado  y un catalanismo actual, antes minoritario pero ahora dominante, abiertamente independentista.

En esa trayectoria de un catalanismo a otro subraya el autor citado la importancia que ha tenido la relación de la economía catalana con el mercado. Es cierto; cualquier aficionado a la historia nota que fue decisiva en tal evolución la estrecha dependencia de aquella economía con respecto al mercado interior español hasta 1986 –y de ahí su respeto a la forma de Estado y su contribución a la gobernanza del país- y, posteriormente, con el cambio trascendental que supuso la entrada en el Mercado Común y la ulterior globalización que, por un lado, ensancharon las posibilidades de actuación pero, por otro, arrebataron las muletas proteccionistas y el favor del Estado que tanto habían servido al desarrollo absoluto y relativo de Cataluña. Puede explicarse por este motivo que algunos observadores contemplen el actual victimismo de los portavoces del independentismo –especialmente en relación a la balanza fiscal- como una actitud mezquina y farisea que por rasgarse las vestiduras en el momento presente, olvidan el ropaje de españolidad con el que se vistieron sus abuelos, por ejemplo, durante la guerra de Cuba, los aranceles proteccionistas de 1907 y 1923, la guerra sucia contra el sindicalismo a comienzos de los años veinte, la entrada de las tropas de Franco en 1939 o el desarrollismo selectivo del país en los sesenta.

Este tinglado de reproches mutuos entre Madrid y Barcelona me parece banal y no conduce a  otra parte que al “choque de trenes” que se viene anunciando. En el fondo de la cuestión, a mi parecer, y siguiendo con la economía, creo que el análisis debería empezar por la constatación de que existe dos modelos productivos diferentes, dos modelos de capitalismo, que tienen como cabecera Madrid y Barcelona. Este más ligado, como siempre, a lo productivo; aquel más ligado a lo financiero y especulativo. Este intensivo en pequeñas  y medianas iniciativas empresariales; aquel, en manos de plutócratas infiltrados en los despachos ministeriales.

Aún más en el fondo, un modelo productivo es bastante más que una estructura económica; es, además, y diría que sobre todo, el conjunto de instituciones y valores con los que se construye un capitalismo o, si se quiere, una nación.  Y en ese sentido es preciso recordar que el nacionalismo español y el nacionalismo catalán, tal y como entendemos hoy el término, nacen próximamente en la misma época, la segunda mitad del siglo XIX, como resultado de sendas reconstrucciones históricas cuidadosamente manipuladas por los exégetas de la cosa nostra. El español recordando a Pelayo, al Gran Capitán y a toda una serie de héroes y mártires castellanos; el catalán venerando al Piloso, denostando a Felipe V y glorificando a cualquiera que pudiera sumar un ladrillo en la construcción de la identidad.

Con ambos inventos del TBO, los amanuenses respectivos, contrarrestando y arrojándose sus respectivos hallazgos a la cara, usaron el agravio y el victimismo como dos elementos sustantivos para alimentar particulares grupos de presión y para conformar un sistema común de competencia monopolística por la cual el debate político y, como consecuencia, la gobernanza del país, fueran conducidos por los obispos de las causas nacionales.  Hubo épocas, en general en momentos de bonanza económica, en los que los distintos nacionalismos se sobrellevaron –unos sirvieron a la casta militar y a la oligarquía agraria y financiera-, otros a los manufactureros catalanes o la los siderúrgicos vascos; la cosa cambiaba radicalmente cuando todo se torcía: en 1898, en la depresión de los treinta, en la reconversión de los ochenta y en la actualidad.

Hoy, de nuevo, la “Marca España” que representa Rajoy y su troupe de trileros choca  con una “Marca Cataluña”  que, como en la época de Solidaritat Catalana, tras la guerra de Cuba, resucita la “unión sagrada” formada por antiguos carlistas, pequeños-burgueses republicanos, intelectuales que, como Pablo de Tarso, se caen del caballo de izquierdas para abrazar la gran causa nacional, y la parte de la burguesía catalana que intuye mayores beneficios vendiendo en el mercado global que en el ahora invadido mercado interior. “Marca” suena a marketing pero también a frontera infranqueable, a confrontación más o menos latente.

No cabe duda que la derrota de Rajoy en las próximas elecciones ayudaría bastante a rebajar el estado de tensión a ambos lados de la “marca” que él mismo ha provocado. No cabe duda, por otra parte, que Mas no quiere esperar a que se rebaje la tensión que le ayuda a alumbrar el Estado catalán. A uno y a otro, y a sus respectivos corifeos, habría que recordarles que el concepto de nación que hoy usamos obedientemente por su consejo es una usurpación del nombre de nación cuyo contenido estuvo vigente desde finales del XVIII hasta el último tercio del siglo XIX. En ese período, la nación y los nacionalistas, la patria y los patriotas, eran el conjunto de ciudadanos libres, fraternos e iguales, que se daban a sí mismos una constitución común, poniendo en valor la razón y la condición de personas por encima o con independencia de sus respectivas historias, hablas, idiosincrasias y valores locales. Esa fue la nación de los doceañistas, de Flórez Estrada, de Orense o Rivero, de Salvochea , Pi i Margall, de Ferrer i Guardia, de los federalistas e internacionalistas, de los cantonalistas de entonces españoles o catalanes.

Afortunadamente, desde hace pocos años, este país está reaccionando contra el chantaje emocional de un agravio comparativo que interesa una parte de las clases políticas de Madrid y Barcelona. El movimiento 15-M y las mareas ciudadanas están recuperando los viejos conceptos de nación y de patria. El moderno municipalismo reconstruye o tiene la obligación de reconstruir la vieja utopía derrotada a finales del XIX. Ese es el camino a seguir para que los gobernantes se ocupen de las personas y no de las entelequias bajo cuyas alfombras se esconden intereses poco transparentes. Ni un ochavo a las entelequias nacionalistas si queremos desprendernos de una vez por todas del bucle melancólico que nos aprisiona y empobrece.

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