La nación contra Europa, o la tentación de esquivar la realidad

Burdeos, Francia. Foto france.free.fr

Por Roger MARTELLI

 

Para comenzar: no sirve de nada descubrir la luna. ¿La Unión europea está dominada por el liberalismo, “ultra” o “social”? Se sabe desde hace tiempo. ¿No es un espacio democrático sino el terreno por excelencia de la gobernanza? Hermoso descubrimiento. ¿Está desde su fundación estructurada por el capital, es hija de la guerra fría y de la hegemonía americana? ¡Ajá! ¿Sus promotores han querido siempre  hacer de ella un instrumento contra la transformación radical de las sociedades? Ya es hora de darse cuenta. ¿Los actuales líderes de la Unión, es decir, los responsables de los Estados nacionales, han decidido ir hasta el final de su lógica competitiva, desreguladora, tecnocrática y securitaria? Los que hemos conocido el referéndum francés de 2005 y sus consecuencias no necesitábamos este verano para saberlo.

Que por tanto dejen de repetir hasta la saciedad que aquellos que, desde hace años luchan por otra Europa viven en la ilusión de que el marco europeo actual es reformable sin tocar los mecanismos fundamentales. O bien hay que añadir que todos los que luchan dentro de cualquier institución, sea cual sea, comparten la ingenua convicción de que las sociedades de explotación y dominación en la que ellos trabajan pueden transformarse sin cuestionar las lógicas fundamentales que las rigen. Ahora bien, querer actuar dentro de un sistema no significa plegarse ante sus “coacciones”.

Salirse de la lógica, no de Europa

Cuando se actúa en un espacio, contra una lógica social que lo encorseta y que lo desestructura, debemos actuar al mismo tiempo tiempo para obtener todas las mejoras parciales posibles y para subvertir el mecanismo general que estructura el marco de un extremo al otro. El compromiso por otra Europa, al menos desde la parte de la izquierda alternativa o “radical”, no está dirigido a “mejorar” la Unión tal como es. Al contrario: decir que queremos otra Europa implica, en sentido exacto, que la actual Europa no es aceptable en el fondo y que hay por tanto que salir de la lógica que la asfixia. Salir de la lógica, no de Europa…

Actuar contra pesadas estructuras no es cosa de un día. No se sufre una derrota porque su entorno estructural sea malo sino porque las fuerzas necesarias no han sido movilizadas. Sabemos desde hace ya tiempo que la clave está en la acción de los pueblos. Por ejemplo, habría sido necesario que los pueblos de Europa se reagrupasen en masa en torno a Grecia. En lo esencial, esto no ha ocurrido. ¿Porque el marco europeo no es el bueno? ¿Acaso en el marco nacional la movilización social es más fuerte hoy día? En las luchas contra el asunto de las pensiones o contra la desindustrialización, o por la defensa de los servicios públicos, ¿las ha ganado acaso la movilización social?

Si hoy día es difícil lograr éxitos, y con mayor razón victorias duraderas, es porque la apuesta es arriesgada. En los tiempos del capitalismo “regulado”, en la época del Estado benefactor y del crecimiento del mismo, era más fácil presentar un frente unido a fin de reorientar los beneficios de dicho crecimiento. Se podía máxime cuando el movimiento obrero estaba en expansión, cuando la esperanza de lo “Social” era masiva, cuando el capitalismo y el socialismo se enfrentaban, a pesar de que el modelo soviético no era ya una figura excitante del citado socialismo. Hoy día, la crisis es nuestro horizonte, el impulso del movimiento obrero ya no existe y ya no hay un gran apoyo a lo Social. En lo sucesivo, toda conquista duradera está condicionada al avance hacia una ruptura del sistema. Tal es el origen de nuestras dificultades, por todas partes, sea como se mire la escala territorial, desde lo local a lo planetario.

La trampa del repliegue nacional

Noto aumentar, entre nosotros, lo que creo es la trampa del repliegue nacional. ¿Por qué una trampa? Ante todo porque no es verdad que el marco nacional de la lucha -por otro lado decisivo- es más favorable que el marco supranacional. Las batallas que hemos perdido lo han sido en nuestra propia casa. La cultura liberal ha ganado las conciencias en Francia. La dificultad para salir de la presión del liberalismo y del socialiberalismo es cosa nuestra. Que Europa haya sido frecuentemente utilizada para legitimar un poco más la sistemática  destrucción del sistema de protección social no empece que las políticas seguidas hayan sido elaboradas por los Estados, por sus fuerzas dominantes y que el movimiento destinado a  impedirlo haya sido derrotado en un terreno ante todo nacional.

Pero hay todavía más. Vivimos un tiempo en que es permanente el estribillo de que la lucha de clases ya ha dejado de existir, que el problema es el de las identidades y que, de hecho, estamos en estado de guerra. Hay que escoger, se nos dice: o “ellos” o “nosotros”. Ellos: el inmigrado, el musulmán, el extranjero, el otro. ¿Y por qué no el árabe, el chino, el ruso, el alemán?

Leí, hace no mucho tiempo, a Fréderic London explicar que la mundialización es muy simpática pero ingenuamente utópica.El realismo, nos dice, está en la potencia de los estados. Y en decir que no hay otra solución que la de oponer a la potencia otra contrapotencia. Ahora bien, ¿qué es lo que ha producido, por ejemplo, la posibilidad económica de una Europa alemana? ¿La maldad intrínseca del alemán dominador? ¿No es más bien la lógica de un sistema globalizado que, polarizando cada vez más los haberes, los saberes y los poderes, destroza el planeta, Europa y cada territorio en particular e impulsa ineluctablemente a la hegemonía del más fuerte? Para frenar la marcha de la potencia alemana ¿qué hay que hacer? ¿Luchamos en todas partes contra el sistema que produce la hegemonía? ¿O mejor tratamos de oponer a la potencia actual otra potencia, y por qué no la de Francia? Cuando elegimos este segundo término, al final podemos llegar a la convicción desastrosa de Jacques Sapir: la única vía es la de la unión de la nación francesa, sin  excepción, tanto la derecha como la izquierda, hasta Marine le Pen.

La lucha se lleva a cabo en todas partes

Contrariamente a lo que dice Lordon, la interdependencia no es una nasa que nos atrapa, la globalización no es un callejón sin salida. Lo más grave es la gestión mercantil y tecnocrática de las interdependencias, el hecho de que el mundo esté dominado hoy por la globalización del capital. La lucha contra la competitividad y la gobernanza se desarrolla en todas partes. Precisamente por su condición de que la misma se lleva a cabo en todas partes es por lo que hay oportunidades de controlarla. Ahora bien, para hacer esto no hay atajo posible. ¿Volver a las monedas nacionales? ¡Pero si fue precisamente en el marco de monedas nacionales cuando se inició el gran retroceso de los años 1980-1990 y cuando se produjo el dinamismo del marco alemán!

Que se tenga en cuenta, a consecuencia de la irresponsabilidad de sus dirigentes, la imposibilidad de sacar a la zona euro de su actual callejón es una cosa. Que no nos limitemos a la existencia de una moneda común, y que se piense en formas de monedas complementarias, de base nacional o local (como las SEL locales) ¿por qué no? Ahora bien, imaginar que el fin del euro sería en sí mismo el comienzo de la emancipación, excluir que sería el inicio de la guerra de potencias monetarias no me parece tan evidente…

Soslayar el desafío fundamental del futuro de la Unión significa dejar el control a las fuerzas más inquietantes. Toda construcción política que haga de Europa la causa de todos los males, con independencia de las lógicas fundamentales que la estructuran y que marcan la dirección escogida por sus “elites”, es irrealista. Con el objetivo, por supuesto, de la emancipación de los individuos y de la soberanía popular. Que sea empresa ardua o no, la perspectiva de otra Europa es una opción estratégica. Si hay un “plan B” debe ser en esa perspectiva y no en soluciones particulares.

La puesta en común, no la exclusión

Hay un fenómeno hoy que está en trance de sumergir nuestro continente: el del nacionalismo de exclusión y del resentimiento, aferrados en las identidades amenazadas, que hace de la construcción de muros la condición para “estar en casa”. Creer que se puede disputar ese terreno al Frente nacional no tiene sentido. Ante tal nacionalismo solo una vía parece razonable: combatirlo. Perseverar en la acción por otra Europa es una forma de contribuir a ello. Si la nación política tiene futuro es a través del intercambio, no de la necrosis de la identidad.

En el estado presente, la movilización popular es insuficiente para sopesar la posibilidad de una reorientación radical de la Unión, de los Estados y de todos los territorios, sin excepción. Precisemos la conclusión: no faltan fuerzas, luchas parciales, propuestas e incluso experimentos alternativos. Pero por el momento esas fuerzas están dispersas y por tanto son ineficaces, sea cual sea la escala territorial. Dispersas no forman una fuerza política. Son una multitud pero no son pueblo. Lo que falta es un proyecto, un método y la voluntad de compartir: ahí está la clave de una dinámica de unión ofensiva. En todas partes.

O bien la puesta en común se inicia, de forma coordinada, en todas las escalas espaciales, o bien la dinámica histórica seguirá siendo de las fuerzas hoy dominantes. Sobre esta convicción no hay ni solución a corto plazo ni fórmula mágica para ser alternativa.

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Roger Martelli, historiador, fue en el pasado miembro de la dirección del PC francés y en la actualidad es codirector de la revista mensual de pensamiento Regards, de donde hemos tomado el artículo. Gracias a Carles Vallejo por la información del mismo. La traducción es de Javier Aristu.

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