Mi mochila

Por Pedro JIMÉNEZ MANZORRO

                Hace ya varios dolores y algunas desilusiones leí unas declaraciones de Pablo Iglesias (Turrión) en las que invitaba a Alberto Garzón (Espinosa) a dejar su mochila e integrarse en las listas de Podemos. Me pareció bonito, agradable, apetecible eso de embarcar sin volver la vista atrás desnudito como los hijos de la mar o como la pobre Emmanuelle en su celérica carrera fílmica.

                Aun recién llegado de Francia no soy garzón en ninguna de las seis acepciones del Diccionario de la RAE y mucho menos persona de iglesias, por más que estas nos sigan tentando con sus seguridades, así que decidí mirar en mi propia mochila, por si alguien me pedía algún día que por alguna razón la dejara atrás en algún ángulo oscuro, tal vez olvidada.

                Aclaro que tengo una mochililla pequeña y que muchos de mis amigos las tienen enormes y que por tanto, mi registro será breve y llevadero; por otra parte, todos sabemos que a veces los tamaños no son ni siquiera importantes. He apartado en primer lugar lo que es personal e íntimo porque a nadie le interesa ni le debe interesar, salvo que arruine la coherencia de la actividad pública. He apartado a continuación la trayectoria profesional porque siempre he pensado que nada impide ser un magnífico artesano y un pésimo servidor público (o viceversa) o un respetado maestro y un ciego conversador, incapaz de llegar a acuerdos de presente, de futuro o incluso de pasado.

                Cuando me fijo en lo que queda en la mochila es tan poco que casi no merece la pena gastar el tiempo, la saliva o el sudor digital. Pero he empezado y cuando pasas la cincuentena tienes que terminar las reflexiones que has iniciado porque si no lo haces, corres el peligro de que alguien te las acabe o te las silencie, que es un acabarse por la vía posmoderna. Voy a enumerar, con humildad y vergüenza, lo que me ha quedado en la mochila:

  1. Un conjunto informe de frustraciones dispersas en el fondo del macuto sin ningún orden y en mal estado, como los depósitos y sedimentos de las carteras de los chiquitines de Primaria, donde los tesoros primigenios se mezclan con inmundicias y las tareas del día con dibujos, la verdad, bastante incomprensibles: ahí reconozco mis pulsiones republicanas, mis militancias de corazón, mis lecturas de los clásicos políticos de la izquierda y de las fuerzas de cambio del XIX y del XX y del XXI y de los populistas y de los posmodernos y de todas las críticas a los fracasos de las sociedades que no hicieron más libres, iguales y felices a sus gentes. Ahí hay de todo, bueno y malo, antiguo y moderno, acertado y errado, real y maravilloso. Antes de deshacerme de todo tendría que ordenarlo, no sea que alguien me lo ordene o me lo silencie, que es el orden supremo del olvido.
  2. Una libreta de ética política con una sola anotación, un poco kantiana, sí, pero que a mí me ha servido siempre para valorar a los míos, a los más cercanos, a aquellos con los que has trabajado hombro con hombre: no soportar nada que no soportaras en un adversario (¿enemigo?) político. A mí asuntillos como los de Errejón de hace unos meses me ocupan poco de mi tiempo intelectual. Voy a la libreta y pienso “si hubiera actuado así, digamos, un cuñado de Mariano o la prima lista de Susana, ¿me habría parecido bien?”. Respuesta dicotómica excluyente y actuaciones y comentarios consecuentes. Que además se ejerzan, por supuesto, las justicias penales, administrativas o políticas  a las que hubiera lugar con el menor número de aforamientos posibles. La libreta es vieja y ha conocido demasiadas lecturas, que no han sido muchas, con camaradas, compañeros y amigos que dejaron de serlo. Por cierto, creo que no lo he dicho, en la portada de la cartilla se puede leer “Un partido (o coalición o agrupación de electores, completo ahora) solo es un instrumento para transformar la sociedad”
  3. Un enorme mazo de cromos de diversas formas, tamaños y colecciones con fotos de distintas épocas, desde el blanco y negro a la definición 4K, con copiosas instantáneas de muchísimas gentes, entre las que aparecen activistas sociales, vecinales, ecologistas, sindicalistas, estudiantiles, feministas, pacifistas… Algunos fueron (o han sido o son, que viene a ser lo mismo) cargos orgánicos de sus organizaciones; otros –o los mismos- fueron (o han sido o son, que viene a ser lo de antes) concejales, alcaldes e incluso diputados. Y todos fueron (o han sido o son) gentes de a pie. Con unos ya no se puede hablar porque perdieron su voz y con otros no tendría hoy el más mínimo interés en hablar por más que aún escuche sus gruñidos. Pero con la mayoría volvería a discutir de lo que ya discutimos a la luz de lo nuevo que conocemos. Ninguno representa una vida ejemplar, que no existen ni en las Vidas de Plutarco. Lo que hace que los mantenga en mi desordenado mazo es que en una ocasión (o varias, según los casos) decidieron hacer algo para construir un mundo más justo a costa de lo que le era propio. Para unos fue solo moda y para otros muchos, compromiso. Y todos se equivocaron —nos equivocamos— antes o después, en nuestros análisis o en nuestras actuaciones, en nuestras huidas hacia delante o en las más clásicas y tradicionales, que siempre han sido hacia atrás. Pero a todos les une a mi particular gavilla de retratos el hecho de haber sido esenciales en un momento —minutos, horas, días, meses…— para mantener viva la idea de que la realidad puede y debe transformarse para la mejora de la mayoría (de ciudadanos, de la gente, del pueblo) sin condenar a las minorías. Los que me conocen saben que no me gusta ver fotos, pero estas de aquí no me anclan en el pasado sino que me lanzan al infinito cotidiano y más allá.

                Desconozco qué tendrá el macuto de Garzón, que tanto molesta a  Iglesias; me malicio que será mucho más interesante que el mío, aunque quizás con menos fotos y más libretas. Desconozco qué guarda Iglesias en su zurrón, que seguro que está lleno de sorpresas, pasmos y buenas intenciones. En cualquier caso, mi mochila se queda conmigo porque ni yo ni los que conozco, que no he querido citar en estas reflexiones por ahorrarles a ellos la vergüenza y a mí mucho espacio, seríamos lo mismo. Sé que nadie me va a invitar ahora a nada en común pero si fuera el caso y dejara el macutillo, quizás vendría algún desalmado y lo llenaría de piedras, o lo que es peor, lo atiborraría de nada, que pesa mucho más.