La Libertad guiando al pueblo

Por Carlos ARENAS POSADAS

Es el título del célebre cuadro pintado por Eugène Delacroix en 1830 con motivo de la insurrección del pueblo parisino contra el rey Carlos X que había abolido el parlamento, impuesto un gobierno tiránico y proclamado una ley “mordaza” contra la libertad de expresión.  En la tela, una abstracción hecha mujer, La Libertad, enarbola una bandera patriótica (los demócratas en el siglo XIX se llamaban patriotas a sí mismos) a la que siguen un batallón de gente variopinta que decididamente pasa por encima de los cadáveres de entorchados militares y de sus paniaguados que piden clemencia. Una humareda que cubre el fondo del cuadro expresa el incendio del pasado y el triunfo de la revolución.

Tras La Libertad, y en vanguardia, Delacroix retrata el sujeto revolucionario: el pueblo. Destaca la ausencia de un orden militar cerrado y la diversidad de los medios de guerra; cada uno de los personajes porta sus propias armas: sables, unos, arcabuces y pistolas otros. Tras un objetivo común, alcanzar la libertad, avanza gente plural tal y como se percibe en su indumentaria. Se trata de un colectivo heterogéneo, transversal, en el que destacan el empleado o el pequeño burgués con su sombrero de copa, el bizarro artesano y el joven y combativo aprendiz. Sin noticias del plutócrata o del cura a los que se supone salvando los muebles del fuego, fuera del retrato.

El largo proceso de la industrialización, tal y como intuyeron y describieron Marx y Engels desde 1848, creó un nuevo sujeto revolucionario: el proletariado, convertido, “objetivamente”, en la clase llamada a subvertir los cimientos del sistema capitalista. Quizás  sea el cuadro “El cuarto Estado” de Pelliza Volpedo,  pintado en 1901, la imagen más reproducida de la nueva rebeldía. Comparándolo con el de Delacroix, las diferencias  son abismales. El combate individual  de entonces es ahora colectivo; sin armas, la fuerza del proletariado se manifiesta en el cierre de filas y en la cohesión que se pinta en unos monos pardos tan idénticos como el ritmo repetido de las máquinas que acaban de dejar; una abstracción ya no guía a los revolucionarios, sino dos enchaquetados que los preceden en los que se suponen al dirigente del partido obrero o al líder sindical.

Esta clase obrera mantuvo a raya a la burguesía industrial durante casi todo el siglo XX. De su lucha y también de su capacidad para crear consenso se alcanzaron impensables cotas de libertad y de bienestar social, en especial en las tres décadas que siguieron a la segunda guerra mundial.   Todo hasta que la crisis de los setenta quebró las bases del régimen de acumulación de capital precedente; desde entonces, sucesivas oleadas tecnológicas, la deslocalización fabril, la liberalización de mercados a escala planetaria, la desregulación de las relaciones laborales para adecuarse a los mismos,  el paro masivo, la financierización de la economía,  el final de la guerra fría con el triunfo del pensamiento único neo-conservador, etc., han sido utilizados por el capital y los gobiernos para derrotar al enemigo de clase que ahora aparece fragmentado, desunido y sin respuesta.

En las dos últimas décadas nos hallamos en un escenario institucionalmente similar al del siglo XIX: la plutocracia que organiza nuestras vidas de un lado, el pueblo que padece sus decisiones de otro, y de esta dualidad, como entonces, el pueblo renace como el sujeto revolucionario transversal, heterogéneo.  Como en el cuadro de Delacroix, de nuevo la abstracción, libertad, igualdad, guía a los revolucionarios; el compromiso personal sustituye a las consignas de los  líderes que pretenden encabezar la marcha; las armas, aunque distintas, ya no son de fuego: la más dañina es la desobediencia, la que se esgrime en cada elección individual contra los intereses materiales e intelectuales de quienes regulan el sistema. Ganar no va a ser nada fácil; se necesitará vencer el espantajo del miedo al vacío; conformar una masa crítica mediante la formación en saberes y prácticas liberadores; enarbolar la bandera del viejo/nuevo patriotismo, fomentar desde el poder local las nuevas competencias y responsabilidades personales y colectivas; será difícil, pero es el único camino.

 

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