Susana y Pablo: Cuando éramos jóvenes

jovenespoliticosPor Javier ARISTU

Dentro del proceso de ¿renovación? del sistema político español que está en marcha, y que todavía no sabemos dónde y cuándo acabará, destacan distintos elementos. Algunos tienen que ver con la fluidez con que seguidores de unos partidos se pasan a otros ( son llamativos los casos de la transferencia de cuadros de IU a Podemos, de UPyD a Ciudadanos, entre otros), la volatilidad de los electorados, hasta ahora fijos y estables en gran medida entre los dos partidos mayoritarios, la inestabilidad de algunos partidos y la facilidad con que surgen nuevas agrupaciones políticas —no me atrevo a denominarlos todavía partidos— que se presentan a las elecciones y logran resultados aceptables, y otros que no cito para no alargarme. Estamos sin duda ante una fase de modificación estructural que supondrá posiblemente el final del bipartidismo como eje institucional y el principio de otra fase caracterizada por la pluralidad y el pacto entre sujetos políticos diversos, lo cual conlleva a su vez la constitución de un nuevo lenguaje político donde demagogia y populismo tendrán que competir con responsabilidad y acción de gobierno.

Me voy a detener en este artículo en el análisis de una de las señas de identidad más claras de esta fase histórica en la política española: la renovación generacional que, por sí sola, algunos la quieren convertir en etiqueta básica  de dicho momento, lo cual puede llevarles al fracaso y la derrota si no al desencanto. El diccionario de la RAE define el término “bluf” como «Montaje propagandístico que, una vez organizado, se revela falso. 2. m. Persona o cosa revestida de un prestigio que posteriormente se revela falto de fundamento.» Algo de eso puede estar ocurriendo en torno de algunos de los grupos dirigentes de emergentes partidos. Es desde luego muy sorprendente cómo casi todas las fuerzas políticas, al menos las del arco que podríamos llamar estatal, se han lanzado a una desenfrenada carrera por ver quién tiene más caras jóvenes en su dirección, cuál de los líderes de partidos tiene menos años, quién viste de forma más juvenil y desenfadada. De esa forma pueden convertir la noble y dura tarea de la política en un concurso televisivo de modelos donde la juventud es premio.

Toda fuerza política que aspire a gobernar pero que, sobre todo, pretenda ser fuerza estructural o hegemónica en su sociedad, sabe que la renovación generacional es savia necesaria para seguir sobreviviendo y ser útil a sus conciudadanos. Un partido de vejestorios es inconcebible en cualquier democracia europea; pero a su vez es difícilmente comprensible en cualquier país europeo y en cualquier fuerza política con una mínima presencia social que  se sustituyan de golpe las generaciones anteriores por las nuevas, las cuales, de forma irruptora, ocupan todos los puestos y funciones directivas. Pero Spain is different. La renovación de la política se está entendiendo en la mayoría de los casos exclusivamente como sustitución generacional, como reemplazo de clásicos grupos humanos insertos en una acción política que llevaba funcionando más de treinta años por otros que, cuanto menos, están carentes de la mínima experiencia social, del mínimo bagaje de contraste democrático y no tienen la herencia cultural ni el background que siempre son necesarios en política.

clasepolitica_1Hay ejemplos de renovaciones y de nacimientos de partidos considerados hoy día “nuevos” que no tienen  nada que ver con los fenómenos españoles. Fijémonos en el partido griego Syriza (sometido en estos días a una prueba de fuerza decisiva), uno de los emblemas de la llamada renovación de la “vieja política”;  observemos las fotos de sus líderes y parlamentarios: expresan una simbiosis de juventud y veteranía que responde precisamente a esa mezcla de experiencia e innovación que debe tener la política si quiere tener éxito. Porque la edad no conlleva necesariamente el éxito. Syriza, formación nueva, proviene de múltiples experiencias políticas de la izquierda griega anterior, es heredera de otros partidos —con sus líderes incorporados al actual partido— que actuaron en la Grecia de la dictadura y, posteriormente, en la Grecia democrática. A Tsipras ni se le pasó por la cabeza descabezar a Syriza de todo ese caudal de experiencia y veteranía que hubo en el pasado. En España, al parecer, sí, si nos fijamos en los nuevos equipos dirigentes de Podemos, de Ciudadanos, de IU, incluso de algunas federaciones del PSOE; es un caudal de juventud…y de inexperiencia.

En el amplísimo panorama de “gente joven” que está arribando a la política destacan dos campos de experimentación donde esta joven guardia se ha curtido: el activismo social en movimientos urbanos que podríamos denominar “alternativos” (anti desahucios, consumo alternativo, solidaridad, batallas de género) y que rechazan cualquier otro tipo de activismo considerado “institucional”  o “del sistema” (especialmente sindicatos mayoritarios o partidos); y el otro es la carrera en el propio aparato partidario y sus aledaños. Son contradictorios entre sí y ambos se están produciendo en la clase política española. Me fijaré en dos casos hoy emblemáticos de líderes políticos que simbolizan el recambio generacional: Susana Díaz y Pablo iglesias. Podrían ser otros más que figuran ya en las portadas de la actividad política pero con ellos basta, de momento. Trataré de describir y analizar sus “carreras políticas” para explicar alguno de los fenómenos que caracterizan este panorama. Las fechas y los datos de su biografía los he tomado de Wikipedia y de otros medios de información.

Ambos líderes nacieron precisamente en plena transición a la democracia: Susana en 1974 (año de creación de la Junta democrática y congreso del PSOE en Suresnes) y Pablo en 1978 (año de aprobación de la Constitución española). Las infancias de Susana y Pablo transcurren durante los gobiernos de Felipe González (1982 en adelante), con acontecimientos tan decisivos como el referéndum de la OTAN (1986) o la caída del Muro de Berlín en 1989 (Susana tiene 15 años, Pablo 11). Es decir, ambos políticos viven como críos sin conciencia política alguna los acontecimientos y experiencias “socializadoras” que han sido decisivas para unas generaciones españolas que hoy sobrepasan los 50 años y para entender el mundo y la España actual.

El comienzo de la actividad política de estos dos jóvenes y adolescentes se produce en 1991 (Tratado de Maastricht por el que se crea la UE). Ambos entran en su primera escuela política, las Juventudes de los partidos de izquierda. En el caso de Susana, con 17 años entra en las Juventudes Socialistas sevillanas. Para quien no tenga idea de lo significaba esta organización en los años 90 del pasado siglo debería preguntárselo a José Rodríguez de la Borbolla, primer secretario general del PSOE andaluz en 1977. Este ha definido a las JJSS «como una “escuela mala” en la que “sólo se aprende cómo maniobrar y conspirar para estar y mantenerse en el mando». Ahí forja Susana su primera personalidad política. Pablo Iglesias, por su parte, entra ese mismo año en las Juventudes Comunistas. ¿Qué eran las JJCC en 1992? Una organización residual, grupuscular, nada influyente en la sociedad juvenil española y cada vez más identificada con un perfil sectario. Pocos años antes Jesús Montero, actual responsable de Podemos en Madrid y el único dirigente de esa formación con más de 40 años, había dejado la secretaria general de esas JJCC, incapaz de renovar y actualizar aquella organización. Pablo Iglesias entra en ella precisamente en esos años y no sabemos qué le ha dejado esa militancia en su código de conducta.

A partir por tanto de comienzos de la década de los años 90 estos dos jóvenes inician su periplo formativo y experimental que les llevará a donde ahora están. Resumámoslo: Susana alcanza pronto la secretaría de organización de las JJSS andaluzas (1996) donde, al parecer, desarrollará sus “habilidades de integración”; en 1999 es elegida concejala del ayuntamiento sevillano, un año antes de que Rodríguez Zapatero se ponga al frente del PSOE a partir de las primarias que ganará a José Bono. De Pablo no sabemos casi nada: intuimos que se dedica a la militancia y al estudio ya que en el año 2001 es licenciado en Derecho y Ciencias Políticas. Ese mismo año 2001 Susana acabará los estudios de Derecho, diez años después de haberlos comenzado.

Década del comienzo de siglo. Susana es diputada en las Cortes y con 30 años es secretaria de organización del PSOE de Sevilla, precisamente con José Antonio Viera como secretario general, hoy huido del partido por no seguir las líneas de defensa jurídica marcadas por la dirección socialista y por querer salvar su pellejo del fuego de la jueza Alaya. Son los años finales de la era Chaves. Es significativo constatar que Susana siempre ha ostentado los cargos de Organización en las instancias partidarias. Pablo, por su parte, comienza su carrera como investigador político y social en la Fundación CEPS, que le hará conocer las realidades políticas latinoamericanas, es doctor en Ciencia política con una tesis sobre la acción colectiva postnacional. Imaginamos que ya ha abandonado las JJCC y su militancia la desarrolla en distintos activismos sociales y urbanos.

A partir de 2010 comienza lo que podríamos denominar “la gran explosión” de ambos, la consumación de sus anteriores carreras políticas. Pablo, en 2011 es asesor externo de IU, liderada ya desde 2008 por Cayo Lara, y comienza su innovadora experiencia en la televisión La Tuerka —patrocinada por el periódico Público— junto con su fiel amigo Monedero. En mayo de 2011 se producen los hechos de la puerta del Sol en Madrid y otras plazas españolas, el denominado 15M, pila bautismal, al parecer, de Podemos y otras experiencias políticas. Pablo, junto con sus amigos y colegas profesionales Errejón, Monedero y otros, se lanza a ese torbellino de asambleas y movilizaciones que fueron aquellos meses. Susana, por su parte, más apegada a las estructuras partidarias, es elegida con 38 años secretaria general del PSOE sevillano y Griñán la nombra consejera de Presidencia en su gobierno. Estamos en 2012, año de la constitución en Andalucía del primer gobierno de coalición PSOE-IU que tan rápido y mal será liquidado dos años y medio después. Susana negocia con IU los platos fuertes desde su consejería y Pablo ya es un tertuliano famoso en alguna televisión de ideología de extrema derecha y luego en la Sexta. En julio de 2013 Susana, tras la dimisión de Griñán, es elegida en un meteórico proceso, secretaria general del PSOE y luego Presidenta de la Junta de Andalucía. Pablo será elegido en 2014 eurodiputado de Podemos y poco después líder máximo de esta formación. Una con 40 años, el otro con 36. En un periodo de unos 20 años han pasado desde las juventudes al liderazgo de sus formaciones adultas.

Saquemos algunas conclusiones de esta nueva camada política.

  1. Son dirigentes con formación universitaria del ámbito del derecho y las ciencias sociales. Pocos “jóvenes” economistas, salvo algunas excepciones como Alberto Garzón (30 años), se han incorporado a las direcciones de estas formaciones (PSOE, Podemos, IU). Parece claro que el neoliberalismo ha hecho furor entre la juventud universitaria que estudia económicas y esta ha desembocado en las estructuras de los partidos de derecha. Cosa obvia si vemos la explosión que han tenido las business schools. La izquierda se alimenta, al menos en estos años, de licenciados en políticas, sociología, psicología, educadores sociales, etc. La economía vota por la derecha.
  2. Sus carreras políticas, como ya se ha apuntado anteriormente, vienen de antiguo: en la adolescencia ya militaban en organizaciones políticas y sociales. No creo sin embargo que esta sea la identidad de todos los actuales dirigentes de las nuevas formaciones políticas donde la bisoñez y el desconocimiento de las reglas de la política (que haberlas haylas) es dominante. No parece ser este el caso de Susana y Pablo.
  3. En el ejemplo de Susana Díaz es llamativa la inexistencia en su biografía de cualquier activismo social, salvo el del mundo cofrade sevillano. Toda su actividad ha sido dentro del aparato del PSOE, partido que como sabemos está volcado casi exclusivamente en la faceta institucional. Susana es la personificación del apparatchik, la mujer de partido, lo cual le hace a la vez ser querida y temida dentro del mismo, obsesionada con la centralidad, con el papel dominante de su partido en el sistema político. Carece de cualquier referente intelectual ideológico; no se le conocen autores que le hayan influido y sus dotes intelectuales son básicamente “prácticas y organizativas”.
  4. Pablo expresa una biografía política bastante diferente. Desde su adolescencia —y debido a la fuerte influencia que al parecer recibió de sus padres, militantes de la extrema izquierda— se integra en estructuras militantes. Toda su formación intelectual —que al parecer no es escasa— se basa en las escuelas de pensamiento marxista y de la izquierda de los años 60 y posteriores. La otra formación, la de la práctica política, la ha adquirido, al parecer y según sus propias declaraciones, de dirigentes como Julio Anguita o Xosé Manuel Beiras, ambos ya entrados biológicamente en la etapa que Cicerón denominó De senectute. Seguir sus apariciones en los programas de entrevistas Otra vuelta de Tuerka es comprobar el conocimiento amplio y extenso de todo lo que podríamos definir como “la cosmogonía ideológica de la izquierda”. Iglesias es un magnífico polemista y una buena cabeza intelectual y política. Pero, a la vez, desprende un concepto de organización política bastante influenciado por el clásico modelo de los partidos comunistas o de extrema izquierda, donde el verticalismo y la jerarquización están siempre presentes. Esta manera de gestionar la organización política le acerca bastante a su antagonista Susana.
  5. A la hora de los discursos ante audiencias amplias, masivas, es significativo cómo ambos han imitado el estilo y el llamado  “lenguaje corporal” de otros líderes de la generación política anterior, especialmente Felipe González en el caso de Susana pero también de Pablo. Son discursos de breves frases, construidas para ser grabadas en las cabezas de la audiencia, latiguillos carentes de mayor profundidad y seriedad. En el caso de Susana es espectacular la vaciedad y oquedad del discurso: pronuncia frases aparentemente rotundas pero donde no se transmite ningún contenido que pueda considerarse significativo. Destaca de manera indecente su obsesivo interés por hablar en tercera persona de “Andalucía”, identificando este significante con su persona y su partido.  Pablo puede estar también entrando en esa línea de comunicación de masas con frasecitas ocurrentes (“Espera, Alexis, ya llegamos”, “asaltar los cielos”) pero donde no se reflexiona “con” el público ni se le ofrecen a este elementos para su propia elaboración. Son estilos comunicativos muy clásicos, importados del más rancio armario de los partidos viejos aunque con estéticas y parafernalias más novedosas.

En definitiva, estamos ante nuevos líderes políticos y electorales que no aportan nuevos lenguajes, nuevas maneras de entender la política, pero que han desplazado a la anterior generación política usando el recurso del rejuvenecimiento vacío y sin contenido significativo. Nos hemos detenido en los dos líderes más significativos y que, presumiblemente, ocuparán gran parte del escenario político en el próximo futuro. Si descendemos en la escala de autoridades de esta nueva asamblea política y recorremos la geografía española localizando a sus protagonistas, las sorpresas y decepciones podrían ser clamorosas.

Estamos pasando por un proceso peculiar, desconocido hasta ahora. Durante la transición política (1975-1982) toda una joven generación española ocupó el escenario político. Era una cohorte de dirigentes políticos, en su mayoría, entre 25 y 35 años, inexpertos a lo mejor, noveles en tareas institucionales. Pero había una gran diferencia: lo que había que sustituir completamente era a toda una casta —esta sí que era casta— de políticos del franquismo y construir un auténtico sistema democrático y estado de derecho. Y eso se hizo y se hizo bien, incluso incorporando a la democracia a una buena parte de aquellos herederos de la dictadura. La España de la transición consiguió dotarse de unos políticos democráticos que, con todos sus defectos y vicios (a veces abundantes) fue capaz de integrar a varias generaciones, jóvenes y maduras, en la tarea de gestionar este país, desde el gobierno y desde la oposición. Pretender en estos momentos hacer un nuevo país, como dicen algunos, sin integrar todo el caudal de experiencia y sabiduría que hay acumulado en las generaciones anteriores es literalmente un despropósito. Y, además, es imposible.

Con estas semblanzas de Pablo y Susana he pretendido resumir dos estilos seguramente muy diferentes de intervención política pero similares en la intención de convencer de que los años y la relativa juventud son la clave de la renovación, cosa que creo es un argumento falso y capcioso. Dos modelos contrarios y diferentes como pueden ser los de José Múgica en  Uruguay y Helmut Schmidt en Alemania —por citar solo dos— nos bastarían para comprender que la renovación y la riqueza de la política están más allá del acné juvenil, son fenómenos que tienen que ver más con los intereses y la voluntad  que con la biología.

 

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