Autonomía social y partidos políticos

Foto flickr: Calafellvalo

Por Javier ARISTU

Mi serie de reflexiones acerca de las causas de la actual situación de las izquierdas españolas (y europeas) ha provocado una reacción de contrariedad en algunos amigos y compañeros con los que compartí en el pasado toda mi trayectoria  social y política. Por respeto a ellos, a lo que representan y a lo que piensan, paso a precisar un elemento de esta reflexión que, seguramente, a mis amigos les ha podido parecer —o a lo mejor lo es— contradictorio pero que yo creo es fundamental para entender parte de lo que nos ha pasado en estos treinta años.

  1. Parto de una premisa que me parece fundamental: la de no compartir ese postulado, tan desgraciadamente presente en una parte de la cultura de izquierda, de pensar en un horizonte dado, ya esbozado y casi pintado al detalle, al que se tiene que acercar la sociedad, despreciando por tanto cualquier pequeña conquista en un convenio, en un ayuntamiento, en cualquier célula social. Estoy persuadido, como lo digo en la serie de artículos donde cito a Bruno Trentin, de la viabilidad y coherencia de los “cambios de cada día”, de la acción reformadora frente al “todo o nada” que lleva, y ha llevado siempre, a la impotencia y la inutilidad de la acción política, convertida en “pura propaganda”. Y algo de eso está ocurriendo en estos meses de tanta ebullición “institucional” pero  sin sustancia “social”.
  2. Pero hay otra premisa que no comparto y que se basa en lo que llamaría la “adapatibilidad a las circunstancias”, la inutilidad de cualquier esfuerzo o tensión social destinados a la modificación de lo ya establecido. Y esta también ha llegado a ser una parte consistente del otro componente de la izquierda española, el que piensa que la sociedad solo tiene que votarles a ellos para que “desde el gobierno cambien, vía presupuestos, la vida de la gente”. Es una opción que aporta, qué duda cabe, ciertos elementos reformistas y de cambio en las situaciones sociales ya dadas, pero que no puede llegar más allá porque se queda precisamente en la superficie de esos cambios al basarse exclusivamente en la acción gubernamental. Creo que la práctica del PSOE en estas tres décadas es un ejemplo claro de lo que quiero decir. Todo cambio es proyectado exclusivamente desde el gobierno, desde las instituciones políticas, sin prestar atención a cualquier otro instrumento social autónomo que también incide —¡y de qué manera!— en el cambio de mentalidades y estructuras sociales.
  3. Pero vamos al grano de la crítica que me hacen los amigos: la contradicción entre decir que la izquierda (las izquierdas) españolas han fracasado en estas tres décadas y que, al mismo tiempo, la sociedad española ha alcanzado conquistas sociales impensables. Aparentemente suena a despropósito y es posible que la redacción no exprese un juicio claro y coherente. Trataré de explicarme a partir de un ejemplo de la dictadura franquista. Nadie puede poner en duda los efectos negativos que el sistema político franquista causó al desarrollo social, económico y cultural de nuestro país. Es un caso claro de efecto perverso del sistema de la dictadura política sobre el desarrollo social, cosa que, hay que decirlo para evitar deducciones mecánicas, no siempre ha ocurrido. Conocemos casos de dictaduras políticas acompañadas de un extraordinario desarrollo económico y de gran movilidad social: podríamos hablar de algunos de los llamados “tigres asiáticos”, de la dictadura chilena de Pinochet en los años 80, o del actual modelo chino, mezcla de un relativo liberalismo económico encorsetado en un profundo sistema social y político autoritario. En el caso de la dictadura de Franco es ya conocido el asunto del cambio económico y social que se produce a partir del Plan de estabilización de 1956 y del posterior desarrollismo de los años 60. Parece ser que esa década de los 60 del pasado siglo es una década emblemática de lo que quiero decir: junto a un sistema político que no dejaba de apretar su férrea dictadura sobre la sociedad (jamás fue un sistema político de corte liberal), esta, la sociedad, fue desarrollando a su manera, combinando ciertas “reformas del aparato de estado” con su propia dinamicidad y energía subyacente, un proceso de cambio y transformación que explica, entre otras cosas, la posterior transición de mitad de los años 70. Destaquemos los ejes de dicha transformación histórica: el proceso migratorio de las zonas agrarias del sur hacia las del norte español y Europa, la instalación de un potente sistema industrial a partir de inversiones extranjeras y del INI, la configuración a partir de los resultados de dicha inversión de una “nueva clase obrera industrial” que nunca antes había existido en nuestro país, la configuración de un modelo de consumo y, su otra cara, la de una clase media urbana, además de otros elementos que no cito para no alargarme. Todos estos elementos avalan la afirmación de que los años sesenta, a pesar de la dictadura, son años de un profundo desarrollo social que dará sentido posterior a la España de la transición y a la manera en que ésta fue derivando hacia un modelo democrático. Lo social y económico avanza, y a veces retrocede, a pesar de la instancia política.
  4. Algo parecido creo que ha pasado, en cierta manera, en la fase de la primera democracia gobernada por el PSOE. La sociedad española, a través de sus sujetos sociales y económicos autónomos, ha ido configurando un sistema de convivencia que no siempre está inscrito en las leyes. Se podría hablar de una cierta armonía/desarmonía entre la “constitución material” de una sociedad y la “constitución formal” establecida en sus leyes y normas escritas. O, si lo prefieren, una armonía/desarmonía entre sociedad y política. La sociedad española, aquí es a donde quiero llegar, avanzó y fue capaz de conseguir muchas conquistas sociales —y esa es la frase de López Bulla citada en mi primer artículo— a pesar a veces del intento del PSOE de querer gobernar él solo y a su ritmo el proceso de reforma española. Los ejemplos, entre otros, de algunas huelgas generales y del desarrollo de un modelo de concertación social “autónoma” entre patronal y sindicatos también nos pueden ayudar a comprender lo que pretendo decir. Por eso insisto en este elemento conscientemente provocador: la sociedad española alcanzó muchas de sus conquistas sociales democráticas “a pesar del gobierno del PSOE y a pesar de la  postura de oposición política de IU a lo anterior”. ¿Por qué? Precisamente porque las sociedades se mueven, en muchas ocasiones, autónomamente respecto de la instancia política, porque la sociedad tiene sus propios mecanismos de cambio y mutación al margen de la política. Y no comprender esto ha llevado a muchos partidos de la izquierda a momentos de crisis y de inadaptación a esas fases de cambio sustantivo. Podríamos citar como ejemplos la crisis del PCE de 1964 (el asunto Claudín-Semprún), o la actual fase de desconcierto del PSOE frente a los nuevos sujetos sociales emergentes.
  5. Comprender la autonomía social respecto de lo político entiendo que puede llevar a un terreno resbaladizo pero, si no lo hacemos, corremos el riesgo de volver a un pensamiento “autoritario”, “leninista” si seguimos la argumentación de Bruno Trentin, donde la única instancia de valor de cambio se le da al sujeto “partido”, sea este clásico o emergente, despreciando que las personas organizan y desarrollan sus proyectos vitales muchas veces en sintonía con esas propuestas políticas pero otras al margen, si no en contradicción, con las mismas. Por eso decía en mi primera entrada de la serie de artículos sobre las izquierdas españolas que es posible, aunque suene aparentemente contradictorio, comprender que los años 80-90 del pasado siglo son el ciclo de conquistas sociales más avanzadas en el marco de un proyecto político simplemente “modernizador” de la epidermis y, en muchos sentidos, conservador de viejos tics de nuestra idiosincrasia sociopolítica. Es decir, poco reformador en el sentido más profundo del término. Comprender el principio de la autonomía o primacía de lo social frente a lo político creo que liberaría a la izquierda española y europea de algunas de sus maldiciones.
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