Alemania: ¿Por qué tanto odio contra Grecia?

Por Guillaume DUVAL

«No son concebibles nuevas negociaciones», opinaba Sigmar Gabriel, vicecanciller de Alemania y presidente del SPD, el partido social-demócrata socio de los cristianos demócratas en el gobierno presidido por Angela Merkel, tras la victoria masiva del no en el referéndum griego del pasado 5 de julio. «Ni mil millones más para Grecia», titulaba el martes siguiente el gran diario popular Bild  acompañado de una imagen de Merkel con un casco prusiano donde le pedía que actuara como una «canciller de hierro» frente al gobierno de Tsipras.

El referéndum ha llevado al paroxismo los sentimientos anti-griegos que frecuentemente se venían expresando en la política y en los medios alemanes desde hace largos meses. Las profundamente irracionales reacciones que suscita esta crisis en el otro lado del Rhin son, más allá de la cuestión griega, el síntoma de  la gran dificultad de Alemania para encontrar su lugar en el seno de una Europa cooperativa y solidaria. Una dificultad que podría seguramente ser fatal para el mismo proyecto europeo. Si queremos superarla hay que entender los resortes de la misma. Explicación en tres tiempos.

  1. Alemania prefiere a Hayek antes que a Keynes

Desde los años 30 del pasado siglo se enfrentan, en materia de regulación de la economía, las tesis de Friedrich Hayek, que era austriaco, muy hostil a cualquier intervención del Estado, y las del británico John Maynard Keynes, que, contrariamente, contaba principalmente con el Estado para estabilizar la economía. La Alemania de post guerra ha sido siempre profundamente hayekiana. Y eso incluso antes de que Margaret Thatcher y Ronald Reagan pusieran al liberalismo a la orden del día. Es difícil imaginar para franceses y americanos, pero para un alemán, la reacción keynesiana a la crisis del 29, tras el fracaso masivo de las políticas deflacionistas, no es el equivalente del Frente popular o del New Deal de Roosevelt, sino Hitler y el rearme de Alemania.

El rechazo a la intervención estatal en la economía, que la política hitleriana inspiró a los alemanes, se reforzó todavía en la post guerra debido al desastre que engendró la economía administrada en la parte del país ocupada por el ejército rojo. De esa forma se construyó la identidad de toda la Alemania del oeste tras 1945: con la comunión entre liberalismo y economía. Un consenso que engloba igualmente a la socialdemocracia.

Se trata ciertamente de una forma particular de liberalismo —el ordoliberalismo— que no es puramente individualista como el liberalismo anglo-sajón y permite las negociaciones colectivas entre actores de la sociedad civil, patronal y sindicatos particularmente.  Pero no atribuye al Estado ninguna otra función en el juego de la economía que no sea la de establecer reglas y hacerlas respetar. El estado no tiene que producir bienes o servicios, ni redistribuir riquezas  ni incluso tratar de estabilizar la economía.

Debe, por el contrario, vigilar constantemente y, en particular,  luchar contra la inflación. Esta obsesión ha aportado una contribución decisiva a la reconstrucción de la Alemania de post guerra dándole una ventaja competitiva permanente frente a países como Francia, Italia o el Reino Unido, que permitían desviar más fácilmente sus precios.  Pero esta voluntad de tener constantemente menos inflación que sus vecinos, si era soportable en un contexto de varias monedas donde las devaluaciones eran posibles, se hace insostenible con la moneda única: es esto en particular lo que obliga hoy a realizar los ajustes internos en la zona euro bajo la forma de una bajada nominal de ingresos, como ha ocurrido en el caso particular de Grecia. Una vía siempre dolorosa y muy difícil de seguir en el plano político y social. Si Alemania no acepta dejar de tener ya de forma permanente una ventaja de inflación respecto de los demás, y especialmente respecto de Francia e Italia, el futuro del euro será inevitablemente comprometido.

  1. La tragedia griega del schröderismo para todos

A esta antigua base  cultural se ha añadido recientemente la experiencia «exitosa» del violento viraje liberal que impuso al país el canciller socialdemócrata Gerard Schröder  en los primeros años de este siglo. Los alemanes tienen la sensación de que es gracias a este auténtico desmontaje del Estado social que realizó Gerard Schröder por el que han recuperado sus sacrosantos excedentes comerciales, principal señal a sus ojos de la buena salud de una economía. Hay, sin embargo, numerosas razones como para pensar que esta recuperación se ha producido más a pesar de Schröder que gracias a él.

La débil demografía alemana ha limitado los costos privados y públicos asociados a la educación de los niños y ha impedido a Alemania cualquier burbuja inmobiliaria; la reunificación de Europa ha permitido deslocalizaciones masivas hacia los países de bajos costes de la Europa central, dándole a la industria alemana una ventaja consecuente en términos de coste de competitividad; ha explotado la demanda de los países emergentes, en particular China, por productos en los que Alemania disponía ya de una mayor ventaja competitiva, bienes de equipo y vehículos de alta gama…

Factores que no tienen nada que ver con la acción del canciller socialdemócrata. Pero los alemanes siguen persuadidos de que gracias a Schröder  su economía va mejor. Ahora bien, los alemanes han sufrido particularmente su acción con un aumento masivo del paro, de la pobreza y de las desigualdades, un retroceso neto de la protección social y una degradación sensible de las infraestructuras y servicios públicos… No pueden admitir que tengan que ayudar a los otros europeos si estos no sufren al menos tanto como ellos sufrieron en la época de Schröder.

Una actitud ciertamente comprensible desde el punto de vista psicológico pero absolutamente suicida para la Unión: si el episodio Schröder no ha tenido aún más consecuencias negativas para Alemania  y para Europa es únicamente porque los alemanes eran los únicos en aquellos momentos que desarrollaban esas políticas mientras que los griegos, los italianos, los españoles, los franceses…se endeudaban para comprar productos alemanes.

Si nos apretamos el cinturón tanto como con insistencia pide (y lo consigue) el gobierno alemán desde 2010, la economía europea no podrá  salir de la crisis por falta de una demanda interior suficiente. Y sus estados no podrán desendeudarse. Es esta la razón por la que Europa está a la cola de la economía mundial. Y en particular en relación con los Estados Unidos que, sin grandes éxitos, se han recuperado mejor que Europa desde la crisis de 2008.

Grecia es el ejemplo más emblemático del completo fiasco de tal estrategia de salida de la crisis: si PIB ha disminuido un 25% desde 2010 con todo lo que eso significa a efectos de empleo, salarios, servicios públicos… Mientras, su deudas ha pasado del 110% al 175% del PIB a pesar de la anulación de 120.000 millones de euros de deuda en 2012.

El resentimiento que este país suscita en Alemania se explica sin duda en una buena parte por la necesidad psicológica de encontrar a toda costa otras razones que la política de la troika para explicar tal desastre. Si se rechaza admitir el fracaso de las políticas de austeridad, este fiasco no puede en efecto ser resultado sino de las características negativas intrínsecas, supuestamente eternas, de los griegos…

  1. Alemania rechaza ejercitar un verdadero liderazgo en Europa

La tercera característica que impide por el momento que Alemania juegue un papel positivo en Europa es, paradójicamente, su rechazo a asumir un liderazgo europeo. El problema actual de Europa no es tanto que esta sea demasiado alemana, como se dice frecuentemente, sino sobre todo que no lo es bastante. Con sus 83 millones de habitantes, su PIB de más de 3 billones de euros, un 38% más que Francia, su lugar central en la Europa ampliada hacia el Este, Alemania domina ya Europa de la cabeza a los pies.

Pero sus dirigentes, igual que sus habitantes, rechazan en general aceptar ese papel de líder y, consecuentemente, no se consideran responsables de la suerte del conjunto de Europa. Tienen sin duda excelentes razones que se pueden ver en su historia previa: la última vez que Alemania trató de ejercer un liderazgo europeo dejó muchos malos recuerdos entre sus vecinos. Pero también se saldó con un desastre sin precedentes para los mismos alemanes. De ahí su fuerte reticencia a actuar de nuevo de la misma manera.

Desde ese hecho, la única posición que a los ojos de la opinión alemana puede legítimamente mantener un(a) dirigente alemán(a) en el concierto europeo no puede ser sino la defensa de los intereses propiamente alemanes a corto plazo. En un contexto en el que Alemania, de forma provisional sin duda, tiene una salud menos mala que el resto de Europa, ello implica en particular rechazar toda forma de transferencia financiera o de mutualización de los medios. Conjugado con la atracción que hoy ejerce la industria alemana frente a la de sus vecinos, pero también el mercado de trabajo alemán sobre los jóvenes cualificados de países en crisis, obliga de facto a renunciar a toda perspectiva de reequilibrio europeo y a dejar crecer las divergencias de niveles de vida y de dinamismo económico en el seno de la zona euro. Que al final terminará por explotar. Si no es esta vez, con ocasión de la crisis griega, lo será en la siguiente.

De nuevo nos hallamos hoy, con la crisis griega, enfrentados al riesgo que describía ya en 2012 Joschka Fischer, el antiguo ministro alemán de Exteriores: «Sería a la vez trágico e irónico que la Alemania reunificada provocase por tercera vez, esta por medios pacíficos y con la mejor de las intenciones, la ruina del orden europeo».

Felizmente hay en Alemania numerosas personalidades como Joschka Fischer, y también como el filósofo Jürgen Habermas o incluso el antiguo canciller Helmut Schmidt, que entienden estas dificultades y sus consecuencias. Entre sus filas se puede incluso contar con la misma Angela Merkel, a pesar de que esta no puede permitirse un enfrentamiento con su propia opinión pública. Sin embargo, es urgente requerir a esta opinión pública que comprenda en su conjunto que su actitud amenaza no solamente el proyecto europeo sino también al final la prosperidad de Alemania. Esta no tendría en efecto ninguna oportunidad de salir sola en una Europa derrotada y de nuevo destinada a las pujas nacionalistas.

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Guillaume Duval es redactor jefe del semanario francés Alternatives économiques y experto en Alemania. El artículo ha sido publicado en Altereco+Plus. La traducción es de Javier Aristu.