Reflexiones sobre las izquierdas españolas (y 4)

Foto flickr: Enrice Fradera

Por Javier ARISTU

  1. Europa, Europa. Casi todo el mundo habla en estos días —bueno, se habla desde hace bastantes meses— del fracaso de Europa como proyecto político de unidad. Algunos dicen que la crisis de la moneda única puede estar llevando al proyecto de Unión Europea al fracaso. Angela Merkel decía en 2012 que “si el euro fracasa, fracasa Europa”. Y en esas estamos. Lo que sin duda ha sido una de las iniciativas más sugerentes y originales de la historia política de los últimos cincuenta años está a un tris de terminar sus días, o al menos de quedar golpeada y tocada durante muchos años. La crisis financiera y el cambio económico global puede significar un golpe decisivo para este proyecto. Es muy recomendable la lectura del libro de Perry Anderson, El Viejo Nuevo Mundo, por el análisis que hace de esa construcción atípica de un proyecto transnacional, y al calor del referéndum griego el politólogo francés Gaël Brustier ha desarrollado en estos días en el diario digital Slate un interesante estudio sobre el actual choque de soberanías.

         Pero hablemos en pocas palabras de la responsabilidad que la izquierda europea ha podido tener en esta situación actual. No vale solo con achacar a los banqueros y los poderes económicos internacionales la responsabilidad de esta crisis europea. La Europa de los mercaderes ha sido seguramente una de las frases más repetidas en las filas de la izquierda pero no sabemos todavía cómo construir esa Europa social que tampoco se sabe muy bien qué quiere significar.

Lo primero que hay que decir es que la izquierda europea llegó tarde al proyecto de unidad europea. Tras la 2ª guerra mundial, solo una parte de la socialdemocracia europea se incorporó al proyecto de unidad económica que arranca a mitad de la década de los 50 y que, conviene recordar, surge de un núcleo de pensamiento europeísta y federalista pero que no es de izquierda; Spinelli, Schuman, Monet, el grupo de Ventotene (anterior a la década de los 50) forman parte de un pensamiento progresista, pero no del campo de la cultura de izquierda. Solo desde una cierta subalternidad la izquierda socialista y socialdemócrata francesa, belga, italiana, alemana, holandesa, se incorpora al proceso. En el caso del PSOE, inexistente como partido con influencia nacional entonces, el seguidismo europeísta no le creará problemas. La otra parte, la izquierda comunista (francesa especialmente pero también la italiana hasta los años 60) considera, desde un pensamiento bipolar y de dos potencias, al proyecto europeo como un instrumento del imperialismo. Los comunistas españoles no tenían entonces posibilidades de pensar en Europa; su obsesión era sobrevivir en una clandestinidad terrorífica. Solo a partir de mitad de los años 60, en pleno corazón del impresionante crecimiento económico de esa década, en plena revolución industrial fordista de los coches, el turismo, el consumo y lo que llamábamos entonces el “neocapitalismo”, el comunismo italiano va a romper con su rechazo y se incorporará decididamente a la estela de construir un proyecto europeo de unidad federal. El resto de los partidos comunistas seguirá la onda soviética y considerará a la CEE como imperialismo.

En España hay que esperar a 1972 para que el PCE, en su VIII Congreso, apruebe el ingreso de España en la CEE y considere esa vía de unión política como una estrategia de fondo. Es obvio decir que aquello supuso un debate intenso en los ámbitos militantes y, consecuentemente y como nos ha tenido acostumbrados este partido, la expulsión o exclusión de los grupos que no estaban por la integración en la CEE.

La década que va entre 1985 y 1995 es la década gloriosa de un proyecto europeo que podríamos denominar como reformador o constructivo. Es el periodo en que Jacques Delors se hace cargo de la Comisión y se desarrollan los grandes proyectos inversores, sociales y de mercado único. Por primera vez se construye una política de acuerdos sociales intersectoriales y transnacionales entre empresa y sindicato y se habla de transferencia de recursos y financiación al Sur menos desarrollado y recién ingresado en la CEE. Una situación europea que no tiene ya nada que ver con la actual de 2015. Y, precisamente, será en esos años cuando estalle dentro de IU el debate europeo: en la III Asamblea federal de esa fuerza política (1992) se manifestarán dos posiciones antagónicas que, aun suscribiendo ambas teóricamente la construcción europea, en la práctica supuso una profunda divergencia entre las dos alas de IU a propósito del Tratado de Maastricht. Como se sabe, la opción ganadora, bajo una declaración europeísta ideal, se situaba en la práctica en posiciones anti Maastricht y anti proyecto de construcción del Mercado Único. Como por otra parte ocurrió con un componente de la izquierda europea y que sigue articulado todavía enfrentado al otro módulo, el socialdemócrata.

Hoy, desde los países mediterráneos añoramos seguramente aquella década por lo que supuso de impulso a un cierto desarrollo de infraestructuras y servicios sociales. Sin embargo, dentro del pensamiento europeísta que se enfrenta al actual proceso liderado por Alemania existen discrepancias sobre las vías a tomar ahora: véase la crítica que por parte de Paolo Flores d’Arcais se hace en la revista Micromega a las actuales tomas de posición de los veteranos europeístas Delors o Habermas y sobre la obsesión de estos respecto a la legitimación de las instituciones europeas. El debate europeísta entre los protagonistas de la izquierda europea no está cerrado ni mucho menos.

A todo lo dicho anteriormente se añade, además, la inexistencia de un auténtico europeísmo español articulado, al menos con influencia de masas más allá de las fanfarrias y los festivales. La primera parte del siglo XX español es una sucesión de golpes militares, regímenes autoritarios y cultura nacionalista. En la Primera Guerra estuvimos fuera de cualquier posicionamiento sobre ese conflicto europeo; anduvimos fuera de cualquier reparto europeo de colonias; la II República fue un breve respiro que no duró; y la dictadura de Franco nos sepultó en la autarquía, el aislamiento y la reclusión del proyecto de unidad europea. Solo a partir de finales de los 60 la derecha española entenderá cuál era el camino para el desarrollo del país.

Nuestras izquierdas han adolecido, por un lado, de capacidad directiva para reenfocar el proceso por la vía del desarrollo social y la transformación de las estructuras; por el otro, han sido víctimas de una profunda esquizofrenia entre hablar de Europa como proyecto pero rechazar a la vez cualquier proyecto que hubiera en ese momento. El “europeísmo” dominante en el PCE desde 1975 —aunque a lo mejor dominante solo en las direcciones, no en la otra parte de la base— pasará a partir de 1992 (Tratado de Maastricht) a un profundo rechazo que, creo, ha convertido a IU en una fuerza política objetivamente “no europeísta”.

Aquí podemos hallar dos pistas que se unen: por un lado, la ya citada pista leninista, que lleva a rechazar cualquier Europa que no tenga todos los elementos del modelo social que tenemos en la cabeza, y por otro, la pista nacionalista española, la de un nacionalismo que, surgido de la guerra de 1808, va a ir dotando de carácter a nuestra derecha conservadora y, también desgraciadamente, a parte de nuestra izquierda. Situación que por otra parte se parece mucho a la situación francesa con dos alas, la derecha nacional y la izquierda comunista, ensambladas en el mismo bloque anti europeísta. Una esquizofrenia que solo puede llevar a la melancolía o a la inacción.

Termino: en noviembre, si no antes, habrá elecciones generales. Confiemos en que este país cambie su composición parlamentaria y, por tanto, su gobierno a favor de mayorías progresistas. Me da la impresión de que estas elecciones van a cambiar algo este país pero no todo lo que algunos sueñan. Entre otras cosas por la debilidad de una izquierda, o unas izquierdas, consistentes y solventes. El cielo generalmente nos parece cercano desde la tierra pero luego, cuando uno se sube al avión, capta la lejanía de ese horizonte. Es preferible vivir en esta tierra y cambiarla cada día. Para eso hay que tener claro que las transformaciones se hacen aquí y ahora. Y que nos queda mucho camino por recorrer.

Y en ese camino hay cosas y experiencias que no se pueden tirar por la borda. Me refiero a la “buena experiencia” de la izquierda institucional, la que ha sido capaz de mantener una cohesión social desde políticas municipales activas y transformadoras. Me refiero a esos cuadros organizados en diversos partidos que cada semana dedican parte de su vida privada a hacer activismo social o político. Me refiero al patrimonio cultural y social de unos trabajadores y sindicalistas que siguen actuando cada día a favor de un modelo social democrático y solidario. Me refiero a los protagonistas de nuevas experiencias solidarias, los que trabajan en torno a nuevos problemas relacionados con la reproducción social. Me refiero a la masa de profesionales de la ideología, la teoría y la cultura que colaboran con sus publicaciones y propuestas a favor de una salida de izquierda para nuestro país y para Europa. Son decenas de miles de personas activas a favor de una transformación social y que la izquierda organizada, sus partidos y plataformas, debe saber utilizar para construir ese indispensable programa de transformación.

Para bien de todos ellos, las izquierdas españolas deben dejar de jugar al gato y al ratón, tienen que superar un debate de protagonismos personales y competitividad de marketing comunicativo, para pasar a crear un auténtico y masivo escenario de debate cultural y político plural y serio. Solo desde ese debate en el que cada cual asume su identidad pero debe tratar de encontrar la del otro, será posible dar vida a un auténtico y solvente proyecto de cambio. Nos dice Amartya Sen que «cuando dejamos de prestar atención a la noción de ser idéntico a sí mismo y la centramos en compartir una identidad con otros miembros de un grupo particular, la complejidad aumenta aún más». Complejidad que nos lo da el mundo actual en el que vivimos y en la que debemos basarnos para compartir identidades superiores.

En definitiva, podríamos decir aquello de la película de Tavernier: Tout commence aujourd’hui, todo empieza hoy…

Ver las otras partes:

Reflexiones sobre las izquierdas españolas (1)

Reflexiones sobre las izquierdas españolas (2)

Reflexiones sobre las izquierdas españolas (3)