Reflexiones sobre las izquierdas españolas (3)

Foto flickr: Enric Fradera

Por Javier ARISTU

¿Y ahora qué?

  1. Y en estos momentos tan dramáticos, en el mundo, en Europa y también en nuestro país, nos encontramos con una izquierda minusválida, disminuida, sin potencia creadora, sin capacidad generativa de propuestas para la mayoría social, compitiendo por pequeños espacios del patio de juegos del colegio cuando fuera del mismo está produciéndose un inmenso conflicto social.

Podemos surgió hace  exactamente 18 meses y sigue marcando referencia electoral y política —los sondeos siguen dándole previsiones de voto en torno al 20 por ciento, lo cual significa un hecho político sin duda muy relevante, acostumbrados a los históricos resultados de IU, su al parecer precedente sociológico-electoral. Al mismo tiempo es altamente revelador la significación que tiene Podemos entre los ambientes de la izquierda alternativa —la que critica a los partidos actualmente en el sistema parlamentario— de países como Francia, Reino Unido o Italia. Cuando uno recorre ciertos medios de este color político se asombra por las lecturas que desde esos países se hace del fenómeno Podemos, estableciendo paralelos sin matices con Syriza, formación que por otra parte Iglesias no deja de jalear y con la cual él también equipara a Podemos. Para estos círculos intelectuales y mediáticos Podemos sería el único instrumento de cambio del sistema político español. Cosa que, visto con los ojos del español medianamente informado, sabemos que no responde exactamente a la verdad.

Podemos, surgido en enero de 2014, es resultado de varias frustraciones culturales y sociales más que de la efervescencia ciudadana.  En mi opinión, para definir a Podemos es indispensable valorar el aspecto generacional:  sus dirigentes tienen menos de 40 años  y la mayoría de ellos o bien militaron en formaciones políticas de izquierda radical (IU, Partido Anticapitalista) o bien en movimientos sociales de diverso tipo. Sin embargo, no lograron desarrollar carreras políticas en esas plataformas y al construir este nuevo partido, formado en su inmensa mayoría por cohortes nacidas después de 1977, en cierto modo transfieren a sus proyectos, lenguajes y propuestas, la insatisfacción de una generación que, en su opinión, no han conseguido el “éxito social” que ellos esperaban. Podemos es la expresión política de una clase media urbana frustrada en sus expectativas, que se siente también huérfana de otra revolución, la tecnológica, cultural y consumista, aquella que la iba a llevar «a la prosperidad y la cumbre de toda buena fortuna» (Lazarillo de Tormes).

Es significativo, a su vez, la cultura política que impregna a sus discursos y lenguajes: nada renovadores, nada modernos; más bien, sometidos al viejo estilo leninista de minorías y mayorías sociales, vanguardias y masas (ciudadanía), teoría de unos intelectuales preclaros y seguimiento de la militancia de esos preceptos. Todo, evidentemente, rodeado por un complejo de significantes relacionados con el populismo más veterano.

Otro detalle no menos importante de lo que revela la actualidad y éxito de Podemos es la ausencia de cualquier referencia al conflicto entre trabajo y capital. Para los líderes de Podemos este engranaje de la lucha social, de existir,  se halla oculto bajo el más relevante conflicto entre Pueblo y Casta. Todo ello nos aporta un dato más de la derrota de la izquierda ligada al trabajo. Hoy, lo repetimos una vez más, el mundo del trabajo se ha quedado sin referentes políticos en España, y Podemos más que apostar por este vector lo que va a hacer es difuminarlo en un viejo populismo, donde no hay clases ni tensiones sociales, solo un Pueblo que quiere liberarse de una Casta.

Es obvio que en los últimos años han tenido que producirse en España procesos de cambio social significativos como para dar lugar a estos fenómenos políticos y culturales como los de Podemos y otras fuerzas electorales. Y la izquierda ha sido seguramente un invitado de piedra en los mismos. Ahora bien, ¿es esta la última escena de una película que va a terminar? ¿Desaparecerá la izquierda política del mapa español a favor de este tipo de partidos transversales, sin programa social, hechos para ganar votos de la protesta amorfa y desorganizada? En mi opinión, Podemos no es una salida de largo aliento, no contiene en su interior ni en sus capacidades un proyecto a largo plazo. Es posiblemente gaseosa que cuando se le vaya el gas perderá fuerza. Y entonces habrá que contar desde la izquierda con una expresión política seria, coherente, ambiciosa en las ideas y consistente tanto en lo programático como en lo organizativo. No sé si entonces será posible hallarla.

¿Cómo reconstruir ese instrumento útil para ayudar a salir a la gran mayoría de este agujero de depresión y crisis? Paso a exponer algunos elementos que me parecen interesantes para ese objetivo:

  1. Hay que cultivar de manera decidida la tarea de pensar más allá del presente, hay que salir de la inmediatez del día a día. Hay que reconstruir —como se dice ahora— un relato, una visión del porvenir, de lo que queremos hacer, partiendo de la actual forma social que vivimos. Sabemos que el relato del pasado ya no nos sirve para actuar; se trata de escribir uno nuevo, con a lo mejor todavía desconocidos lenguajes. No hablo de modernidades superficiales, de adaptaciones innovadoras carentes de significado y válidas solo para un día electoral; me refiero a colaborar con mucha más gente en la tarea de levantar un discurso lleno de contenido para la inmensa mayoría. Ulrich Beck usaba la metáfora de Cristóbal Colón para transmitirnos la necesidad de descubrir lo desconocido, de explorar un mundo nuevo, del que no tenemos ni mapas ni nombres. Hay que reinventar los valores de la izquierda y hay que repensar la naturaleza misma de esta sociedad y del Estado que la gobierna. No se trata de tirar por la borda todo el patrimonio acumulado, ni mucho menos. Ese descubrimiento tiene que hacerse a través de un proceso de selección de lo que todavía sigue siendo válido, conservando los valores permanentes de esa izquierda histórica que ha luchado a lo largo de casi dos siglos, para a su vez incorporar una profunda actitud de receptibilidad hacia lo nuevo, lo desconocido. Hablo con palabras de Trentin: «Un proyecto de sociedad que supere las aporías de las distintas estrategias de transformación hacia el socialismo —como sistema completo y conocido— para afrontar como problemas del hoy las transformaciones posibles de una sociedad centrada en el trabajo y basada en una solidaridad entre los diferentes».
  2. Dentro de ese ambicioso plan de pensamiento ocupa un lugar privilegiado el mundo del trabajo, despreciado en sus análisis y programas, ignorado en su plan de actividades y minusvalorado en sus prioridades, precisamente por las fuerzas políticas que surgieron hace 150 años como exponentes de ese universo social. O la izquierda reencuentra y reformula la cuestión del trabajo o se extinguirá, como los dinosaurios. Frente a la orientación neoliberal —y de una parte de la izquierda— que basa su modelo de dominación y hegemonía en considerar al trabajo como algo residual, carente ya de sentido ante la irrupción, entre otros vectores, de las tecnologías de la información y de la robotizacion, hay que manifestar que hoy como ayer, o más que ayer, el trabajo adquiere nueva importancia. Pero que hay que saber redefinirlo, conceptualizarlo e incorporarlo al programa de la transformación social. La centralidad del trabajo la adquiere porque se relaciona con el conocimiento y hoy el conocimiento sigue siendo como ayer, factor decisivo en la tecnología aplicada a la producción social solo que con una potencia infinitamente superior. Más que formular la actual división social del mundo entre los que tienen empleo y los desempleados, la brecha más grave es la que se está produciendo entre los que tienen y dominan el saber, el conocimiento, y los que no pueden acceder al mismo. Hoy los ricos lo son porque poseen ese instrumento del conocimiento y a través de él dominan las redes, el mundo. Hoy, más que nunca, el trabajo es trabajo intelectual en su más amplio sentido. Y la izquierda debe reencontrarse con esa nueva dimensión del trabajo para, a partir del estudio de sus potencialidades, convertirlo en uno de los ejes de su programa de transformació Esta izquierda no puede seguir pensando, cuando se habla del trabajo, en el universo fordista del pasado; hoy, el trabajo aparece atomizado, complicado, en figura de dependiente, de autónomo, de precario, de trabajo material y trabajo inmaterial,  todos ellos subordinados y subalternos. De ahí debe partir para diseñar un nuevo estatuto social.
  3. Hay que refundar la política, sus fundamentos y sus objetivos. En el plano institucional, sí, pero también cambiando la forma de ver esa política por parte de ciertos sectores sociales. Los partidos deben ser abiertos, transparentes; las instituciones deben ser abiertas, claras, verdaderamente representativas de su gente. Pero a su vez hay que cambiar a la gente y su manera de ver a esas instituciones y a la política. Hablo del síndrome de la antipolítica, del rechazo a lo político como contaminado. Con mejores palabras lo dice Nadia Urbinati: «Esta mutación se corresponde con una transformación de la democracia de representativa en plebiscitaria, con la puntualización de que la forma plebiscitaria contemporánea no está compuesta de masas movilizadas por líderes carismáticos, como había presagiado Max Weber y teorizado Carl Schmitt, en tanto que forma más completa de democracia. La nueva forma plebiscitaria es la de la audiencia, el aglomerado indistinto y des-responsabilizado de individuos que componen el público, un actor no colectivo que vive en la privacidad de lo doméstico y cuando es sondeado como agente de opinión opera como receptor o espectador de un espectáculo puesto en escena por técnicos de la comunicación mediática y representado por personajes políticos». En los últimos tiempos se ha desarrollado un torrente gestos propagandísticos que, no de forma casual, ha desplazado el verdadero problema del conflicto social, que es la desigualdad social, hacia un falso juego de códigos éticos como si eso fuera a eliminar el origen de las desigualdades. Es francamente asombroso ver cómo, tras las últimas elecciones europeas y estas recientes municipales, el protagonismo de algunos de nuestros representantes institucionales se ha centrado en asuntos como los siguientes: Los eurodiputados de Podemos viajarán a Bruselas en low cost y compartirán piso; los mismos entregarán parte de su salario a causas sociales (es emblemático el caso de nuestra Teresa Rodríguez, dirigente en Andalucía, que donó parte de su salario europeo a los ex trabajadores de Delphi; por cierto, el otro día el local de esta formación en Cádiz apareció con una pintada que decía “Delphi Solución”); los diputados y concejales emergentes “dialogan acuerdos” pero nunca “negocian poltronas”, “no van a dejarse comprar con sillones”, por eso no entran en gobiernos salvo que sean mayoritariamente suyos y les voten los demás; ha sido noticia de impacto en los últimos días la izada de bandera del arco iris en los ayuntamiento como señal de cambio [uno espera a ver cuándo izan la bandera roja el 1º de mayo]; en Madrid, un concejal afirma que el proyecto de referéndum, solicitado por el 1% del censo, «es una expropiación de poder a los representantes porque entrega las riendas de las decisiones a los ciudadanos», y yo me pregunto ¿para qué los habéis votado?; otra noticia de impacto es que Manuela, la alcaldesa,  va al trabajo en metro (el derechista Boris Johnson, alcalde de Londres va en bici, como el de Valencia, y no es noticia de impacto); leo en facebook, en este momento en que escribo estas notas una “noticia de impacto y decisiva” en la Cadena Ser: las Cortes valencianas han aprobado dotar a todos sus diputados con un Iphone 6 y la noticia de la cadena de radio añade, como si pasara por ahí, que “La compra la han aprobado por unanimidad todos los partidos, PP, PSPV, Compromís, Ciudadanos y Podemos, los mismos que enarbolaron en campaña la bandera de la austeridad o suspendieron un ágape tras su primer pleno para lanzar una señal a la ciudadanía”.… y así podríamos seguir.

El asunto no es que ese tipo de actitudes y actuaciones no sean positivas y muestren la otra cara de un país corrupto y acostumbrado a una clase política alejada de la gente. Lo que digo es que centrar en esos contenidos la acción política tampoco ayuda a la educación cívica: ¿Hay menos paro porque no se usen coches oficiales en el ejercicio del cargo? ¿Cuál es la diferencia entre un teléfono Iphone y un Samsung? Es evidente que si hablamos de esas cuestiones menores como asuntos transcendentales convertimos a los auténticos problemas transcendentales en algo sin importancia. Con la mejor voluntad se está colaborando en la desorientación política de la gente.

[Continúa]