Reflexiones sobre las izquierdas españolas (1)

Foto: Adolfo Luján (Flickr)

Por Javier ARISTU

Comienzo estas notas de verano pocas horas después de que se conozcan los resultados del referéndum griego. El NO ha ganado claramente y nos sitúa a todos los europeos ante un nuevo ciclo, sin duda. Lo que queda por delante es un proceso difícil y tortuoso, como la ha sido hasta ahora, pero el referéndum de ayer pasará a la historia de los buenos referentes. Son muchas las lecciones, contradictorias algunas entre sí, las que se deducen de esta convocatoria ganada por el pueblo griego frente a la tecnoestructura política europea. Tiempo habrá, confiemos en ello, de analizarlas y seguir su desarrollo. Mientras tanto, hablaremos de la izquierda española, inmersa en un nuevo remolino del que todavía no sabemos cómo saldrá.

 La invitación que recibí de amigos madrileños de Espacio Plural para participar en un foro de debate que acaban de iniciar en la localidad serrana de Cercedilla, más un conjunto de noticias y acontecimientos que tienen que ver con el pasado reciente de una parte de la izquierda española y el incierto devenir tras las elecciones municipales del pasado 24 de mayo, me incitan a poner por escrito algunas de las reflexiones que he ido teniendo tras estos hechos. Estas líneas que siguen las redacté precisamente para aclarar las ideas que iba a exponer el pasado 3 de julio ante unos 70 cuadros de IU de Madrid Región, teóricamente expulsados junto a otros 5.000 por la actual dirección federal. Me invitaron a exponer lo que yo pienso acerca del momento actual y así lo hice, acompañando en la mesa de intervinientes a Luis García Montero y Rafael Reig, entre otros. En una mañana de sofocante calor, en el pueblo donde se fraguó hace ya treinta años Izquierda Unida, hablé a unos militantes muy afectados por la situación de su partido. Sé que lo allí expuse y aquí reproduzco gustó a algunos y disgustó a otros, como no podía ser de otra manera. A todos les agradezco la sinceridad que tuvieron al manifestar sus opiniones porque creo que es una condición básica para salir del actual momento con mejores bríos. Aquel auditorio mostraba lo que es hoy una parte de la izquierda organizada: cuadros voluntariosos, con mucha experiencia de gestión y de activismo social, pero desconcertados y humillados ante los resultados del pasado 24 de mayo y decepcionados con la dirección de su formación política que, de forma autoritaria, los ha disuelto por decreto.

He leído después una crónica de El País en donde cuatro fundadores de IU —ninguno ya en esa formación desde hace muchos años— hablan sobre la actual situación de este partido-coalición-movimiento. De los cuatro ex dirigentes, dos se muestran claramente a favor de que IU entre en Podemos (no sé cómo conociendo la respuesta anticipada de los líderes de Podemos) considerando a esta formación como el nuevo eje del cambio, y otros dos manifiestan serias discrepancias con el partido de Pablo Iglesias y la opción tomada por el equipo de Alberto Garzón. Todo un síntoma de la profunda influencia que sobre IU está produciendo Podemos.

Los hechos y los datos no son favorables en la actualidad a IU. Los resultados andaluces y los municipales y autonómicos de este año —especialmente los de Madrid— muestran una pérdida significativa de presencia electoral, institucional y política de esta fuerza. Por el contrario, Podemos marca una línea ascendente y aparece, de una forma u otra, como un referente poderoso de muchos votantes que quieren clausurar esta etapa política. El PSOE, además, ni sube ni baja, es decir, sigue apareciendo como partido importante para franjas sociales mayoritarias pero no llega a situarse en posiciones exclusivas y excluyentes como lo fue durante estos últimos 30 años.

Por otra parte, a lo largo de estos últimos años se han producido fenómenos y procesos político-electorales que merece la pena tener en cuenta. Anova, en Galicia, más las candidaturas municipales de las Mareas muestran un panorama nuevo en esa comunidad a la que nadie que se diga de la izquierda puede permanecer ausente; en Cataluña, la parte más consistente de la izquierda no socialista, Iniciativa por Cataluña, tomó hace ya un año la opción de ir en candidaturas unitarias ciudadanas —la encabezada por Ada Colau ha conseguido el triunfo en Barcelona— y piensa repetir la misma fórmula ahora en las elecciones generales. En el Pais Valenciano, Compromìs se ha situado como una fuerza capaz de igualarse en importancia electoral con el PSPV y a su vez ha desplazado a EU (la versión valenciana de IU) a la marginalidad electoral. Creo que Compromìs, por su trayectoria, experiencia y forma de hacer política, es una de las experiencias más interesantes y válidas y cuya evolución tendremos que seguir con interés. Surgió impulsado no especialmente por acontecimientos electorales sino que fue fruto de las lecturas de una crisis en EU y de procesos de fondo de confluencia social y política con otras fuerzas y sectores. Y eso se nota.

Pero tenemos que alzar la vista más allá de la crónica diaria de estos acontecimientos. Tanta cercanía a los hechos nos puede impedir ver más allá. Y creo, como dije en la reunión de Cercedilla, que las causas están más atrás, a veces bastante más atrás, y las soluciones no vendrán si miramos solamente el plazo de noviembre de este año como horizonte. De eso tratan estas líneas que siguen, de un intento de entender las razones de la actual situación de la izquierda española, de las izquierdas españolas, tratando de ir más allá de sus propias fronteras, buscando en la sociedad, en los procesos sociales, las causas de la crisis de esta opción política articulada en torno a partidos y formaciones diversas.

Lo que viene está escrito para leerlo en la reunión de Cercedilla. Dada la extensión del texto decidí simplemente presentar de forma oral un resumen. Lo que viene a  continuación es el texto completo que publicaremos en este blog en diversas partes.

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Agradezco la invitación para hablar del momento actual en España. Me hubiera gustado hablar más de lo que le pasa a la derecha española y a su estructura de poder. Creo que nos falta cultura de debate sobre el adversario: no lo conocemos bien y, sin embargo, es muy listo y está muy preparado: dirigió este país de manera dictatorial durante cuarenta años y, en cierto modo, lo ha seguido dirigiendo en estos últimos treinta y cinco de la democracia. Las izquierdas nos pasamos las horas hablando de nosotros mismos, nos destripamos, nos analizamos hasta el fondo, nos expulsamos mutuamente de los sitios…pero la derecha sigue ahí, gobernando hoy y, a lo mejor, mañana en la oposición, pero siempre mandando. Yo pondría  en todo órgano social y político de la izquierda como primer punto del orden del día: “análisis de lo que ha hecho hoy la derecha y sus consecuencias”.

Mientras eso ocurre, pasemos a hablar de nosotros, como está mandado. Pero antes, precisemos una cuestión de vocabulario. Verán que hablo a veces de las izquierdas en plural y otras de la izquierda en singular. Entiéndanme que cuando hablo en singular me quiero referir a esa cultura política básica que ha impregnado al movimiento obrero y democrático desde mitad del siglo XIX. Cuando hablo en plural me puedo referir al conjunto de las diferentes expresiones partidarias y culturales que forman parte del mismo tronco pero manifiestan actitudes y comportamientos diversos, sobre todo a partir de la ruptura de 1921. Precisamente en este Espacio Plural en donde hablo, asumir la pluralidad de las izquierdas es expediente básico para poder seguir hablando de todo lo demás.

Vamos, pues, a exponer sin dilación lo que pienso sobre este momento.

  1. Atravesamos una fase de actividad política profundamente dinámica. Las realidades establecidas de la política están cambiando, van inmersas en procesos de mudanza institucional, sin duda, y cuál sea el resultado final está todavía por ver. Solo el paso de unos años nos dirá cómo va a acabar este movimiento de personas, partidos, ideas, programas y maneras de intervenir en la plaza pública de la política. La dinamicidad y la importancia de estos procesos políticos aparece cada día en los titulares de los medios, con sus caras, sus fotos, sus firmas y sus protagonistas. Sin embargo, esta relevancia que han adquirido en los últimos tiempos los protagonistas políticos, sus rostros, sus propuestas y sus polémicas, no puede hacernos olvidar que, desde hace mucho más tiempo, una profunda revolución social se está desarrollando bajo nuestros pies, dentro de nosotros mismos, pero que no tiene la dimensión mediática ni publicada que tiene la marcha del proceso político. Y, no obstante, es mucho más importante y decisiva que esta última. Asistimos a una mutación molecular —como dice Nadia Urbinati— en el terreno económico, en el ámbito político y en la esfera cultural sin precedentes en muchas décadas. Está transformándose, ni más ni menos, el mundo surgido de la revolución industrial hace 150 años y va camino de no se sabe todavía qué pero que desde luego será muy diferente de aquel anterior. Ya estamos viendo los primeros esbozos en las modificaciones del mundo del trabajo (el paso de la estabilidad del trabajo para toda la vida hacia un universo de provisionalidades laborales, empleos inestables y psicología de la inseguridad), en la ruptura de los marcos nacionales de intervención política, y en el surgimiento, merced entre otras razones a la revolución tecnológica digital, de una economía finaciarizada y universal que está rompiendo los viejos vínculos del estado, del pacto social, de los valores universales de la libertad y la igualdad e incluso de la moral luterana que dio sentido a un modelo de capitalismo “social”. Estamos ante un auténtico ciborg financiero.
  2. ¿Está la izquierda ofreciendo un modelo alternativo a esta mutación? ¿Es válido el programa de la izquierda ante estos cambios? ¿Son operativos los fundamentos teóricos, epistemológicos y programáticos de la izquierda ante esta crisis fenomenal? Mi respuesta de entrada es que no: las izquierdas europeas, en su conjunto, y  españolas, en especial y de manera sobresaliente, estánn demostrando una profunda incapacidad para afrontar este reto de ofrecer a la sociedad una propuesta convincente y alternativa al modelo conservador (que realmente es destructor) y neoliberal que yo calificaría mejor de neoautoritario. Lo cual ya nos está llamando la atención sobre la importancia del lenguaje, otra batalla que posiblemente la izquierda ha perdido también. Tanto la clásica socialdemocracia —influida en gran manera por el campo de ideas y prevenciones conservadoras— como la llamada izquierda radical —proveniente en gran parte del antiguo sistema de partidos comunistas y de los restos de un combinado de viejas vanguardias autoritarias y nuevos libertarios sesentayochistas— está mostrando el agotamiento del paradigma productivista que dio sentido al siglo XX y, especialmente, de la referencia leninista.   Las razones de este fracaso —algunos hablan de la derrota del movimiento obrero como síntesis de esa izquierda que viene desde 1848— serían muchas y diversas. Yo me voy a centrar en lo que considero que pueden ser razones que explican el fracaso de las izquierdas  españolas en estos últimos 38 años, de los que ha gobernado 22 a través del PSOE y ha desarrollado un papel de oposición alternativa a través de IU fundamentalmente. Y digo fracaso, a sabiendas de que puede ser un término  exagerado y a pesar de reconocer bastantes aspectos interesantes y positivos en la gestión socialista, porque, en su conjunto, el socialismo español no ha sido capaz en estas décadas de proyectar de manera estable y atractiva una propuesta social y cultural alternativa al conservadurismo imperante. Para que nadie piense que les habla un pesimista del pasado, suscribo las palabras del amigo José Luis López Bulla que escribía hace unos meses, hablando del proyecto sindical, que estos últimos treinta años de la historia española se configuran como «el ciclo de conquistas sociales más importante en la historia de nuestro país, tanto por su amplitud como por su importancia en la condición de vida del conjunto asalariado».

[continuará]