Examen en noviembre

Foto Flickr: Paco Rubio Ordás

Por Javier ARISTU

En estos momentos asistimos en España a un proceso de cambio político de gran interés. Dentro de unos años lo podremos analizar como uno de esos momentos en que un país, en su estructura político-electoral, sufrió una transformación significativa. No sé si mirando el terreno más estructural, el que constituye el fondo social y cultural de ese país, se podrá afirmar lo mismo. O, para ser más preciso, dudo que los cambios en la faceta electoral e institucional (parlamentos, ayuntamientos, gobiernos) que se están produciendo a lo largo de estos meses vayan a verse complementados con modificaciones sustantivas en el terreno de lo económico, de lo social y de lo que constituye la base estructural de un país. Dos entrevistas paralelas que he leído esta mañana en El País a dos jóvenes dirigentes de viejos y nuevos grupos políticos me inducen a ser escéptico y a comprobar las serias y profundas carencias que, en mi opinión, padece hoy el componente de la izquierda española que se llama rupturista o “del cambio”. Veamos.

Una de esas entrevistas, a Lara Hernández, 29 años, responsable de convergencia en IU, se centra en el objetivo de conquistar una Unidad Popular que según la política entrevistada parte del convencimiento de que “una sola fuerza no basta para transformar el país”, afirmación que, en cierto modo, rompe con todo el planteamiento que esa formación política había venido desarrollando en los últimos años, hasta el batacazo de las europeas y, finalmente, el éxito de las pruebas prácticas de Madrid, Barcelona y otras ciudades donde han triunfado candidaturas unitarias de amplísimo espectro. Bienvenida sea esa afirmación, como otras que transmite Lara Hernández: “entendemos necesario un espacio amplio, lo más amplio posible en el que no esté solo Podemos […] La unidad popular es un camino en el que no debiera haber líneas rojas para nadie. Creo que necesitamos construir la casa desde los cimientos, desde abajo y no desde el tejado”. Nadie desde un sentido de izquierda podría refutar esas afirmaciones. Pasa, sin embargo, que pueden sonar algo precipitadas o superficiales si no se acomete otro tipo de reflexión más de fondo. Pero pasemos a la otra entrevista.

En el mismo periódico es entrevistado Miguel Urbán, 35 años, eurodiputado de Podemos y fundador de esa formación política desde su entonces Partido Anticapitalista, hoy disuelto en Podemos. En este diálogo con el periodista Urbán hace afirmaciones que ni Lara Hernández ni nosotros podríamos contradecir: “una “unidad popular” que se construya “desde abajo” y las aportaciones de las bases a este proceso […] unidad popular es poner en común los anhelos de cambio de la mayoría social, la potencia de ruptura y la necesidad de responder a la situación de emergencia social que vivimos”. Visto lo cual, uno se pregunta por las razones por las que estas dos formaciones, IU y Podemos, no van a alcanzar el acuerdo que haría posible su presentación conjunta a las elecciones de noviembre de este año. En el momento en que escribo esta entrada no sé los resultados de la entrevista Garzón-Iglesias pero por las declaraciones de este último se deduce que dicho acuerdo no será posible: “Para nosotros la unidad popular no tiene que ver con pactos con partidos y sopa de siglas… para nosotros la unidad popular es que la gente, los ciudadanos se unan”. Por tanto, no parece posible un acuerdo entre los dos, a pesar de que ambos hablen de unidad popular, y a estas alturas uno no acierta a saber qué pasará con IU dentro de unos meses y qué resultados obtendrán las candidaturas “de o apoyadas por” Podemos.

Notamos, por tanto, un acuerdo en el lenguaje pero un profundo desacuerdo en los contenidos prácticos. Y yo diría más: ambas fuerzas, en estos momentos, coinciden más en los vacíos programáticos que en los contenidos de ese programa. Hablo del qué hacer tras las elecciones, de cómo actuar ante los grandes asuntos de la sociedad y estado español: poco se dice de estos asuntos. Sé que no es hora de programas (¿por qué no? ¿cuándo es el momento de los programas?) y que cuando toque la campana todas las fuerzas políticas —incluidas IU y Podemos— nos presentarán sus libros-programa. Pero al día de hoy, en estos momentos, ninguna de las dos tiene un proyecto sustantivo y claro de ese qué hacer. Lo que hay, de momento, es un repetitivo y continuo latiguillo de frases retóricas y lemas propagandísticos que no aportan nada al grave asunto de cómo salir de esta situación de crisis. Veamos lo que nos dicen Lara y Urbán de los programas de esa unidad popular. Lara formula sus objetivos en esta frase: «La unidad popular se construye en torno a unas medidas programáticas concretas, que entendemos que deben pasar por un rescate ciudadano que articule una salida social a la crisis, por un plan anticorrupción y por una democratización de la economía». Frases, eslóganes, tics de un discurso que por repetitivo no aporta ya nada nuevo. Urbán, por otra parte, no se queda atrás: «construir un proyecto alternativo de país al de los recortes y la austeridad, y que apuestan por el bien común de la mayoría de la población.» Los contenidos concretos, las medidas clave, lo que hace sustancial y productivo un programa de cambio desaparecen o, a lo peor, no existen en la alternativa popular de cambio que, al final, se queda solo en el gran talismán: «desalojar a Mariano Rajoy de La Moncloa» (Lara Hernández).

En mi modesto entender tanto Podemos como la actual IU, la que queda tras sucesivos y costosos procesos de depuración y segregación, son reflejo del malestar de sectores de las capas medias afectadas y agredidas por la crisis. Aquellos jóvenes, y no tan jóvenes, que salieron de la universidad pensando en futuros y horizontes magníficos, aquella generación educada en currículos carentes de objetivos que no fueran los del mercado y el triunfo económico se han encontrado, sin beberlo ni comerlo, con un país en declive, que no les ofrece empleo ni ocupación al nivel de lo que ellos estudiaron. Y tras ellos arrastran también a parte de la generación de sus padres. Pensaron en un país que les iba a resolver su futuro, como hasta entonces le había resuelto su educación básica, su sanidad gratuita y su integración social en la mesocracia, y se han encontrado con un estado destrozado, en ruina fiscal, endeudado hasta las cejas, incapaz de resolver ninguna de sus expectativas vitales, entre ellas la más importante: el puesto de trabajo que ellos deseaban. De un plumazo han pasado de formar parte de la clase media estable que “hace un país” —y  a la que tanto el PP como el PSOE alabaron y reforzaron con políticas de consumo, de redistribución y de pactos sociales— a constituirse en cabeza de choque contra “este sistema corrupto” que no le resuelve sus necesidades; las suyas, no a lo mejor las del país en su conjunto.

Sigo temiendo que la relevancia mediática y política de estos nuevos protagonistas de la escena española oculte el auténtico terreno donde se dirime hoy la lucha de clases, el del trabajo y el del terreno económico. Sigo con preocupación esta deriva que nos puede llevar a la desaparición de los sujetos políticos representativos del mundo del trabajo, en su más amplio sentido; unas veces por esa imparable obsesión del PSOE por hablar solo a la España mesocrática y otras por ese impresionante afán de emulación también mesocrática de Podemos. ¿Dónde quedan los trabajadores? ¿Dónde queda la representación de los asalariados y los sin empleo? ¿Quién va a defender al equipo colorado a partir de noviembre? ¿Quién va a hablar en la tribuna del Congreso en nombre de los invisibles obreros, de los del jornal, de los del convenio colectivo, de los millones de personas que no son de clase media ni han ido a la universidad? Asumo la carga demagógica de este discurso pero creo que es menos dañosa que el de “articular un proceso democrático, de ruptura con este régimen y protagonizado por los de abajo” (Miguel Urbán).

Podemos es un constituyente social heterogéneo que está liderando en estos momentos la protesta, la rabia y… poco más. IU ha pasado definitivamente a ese campo, el de la protesta radicalizada e impersonal que deja atrás las viejas coordenadas sociales. Ambas con un lenguaje mezcla de gran novedad y a la vez de profunda vetustez, donde se mezcla a Manuel Castells con Mao, a Gramsci con Laclau, al mayo del 68 con  Toni Negri, a los troskos del partido anticapitalista (¡lo más viejo del mundo!) con la nueva socialdemocracia. Podemos y lo que representa van a triunfar en noviembre y este país necesita que triunfen y entren en las instituciones políticas para que “el cielo se una con la tierra”, para que cambien las instituciones o bien estas los cambien a ellos. Pero que sepamos desde ahora que saben poco sobre qué hacer cuando ganen, tienen pocos conocimientos acerca del programa de cambio. Y uno no sabe si están dispuestos a aprender o se quieren presentar al examen sin preparase los temas. ¡Total: es solo un examen!