Lecciones de Egipto

Historia de tres paradojas

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

            Más de cuatro años después del inicio de la primavera árabe, ya es momento de clamar para que la lechuza de Minerva remonte el vuelo y poder así reflexionar acerca de lo sucedido. Es lo que se pretende con estas líneas en las que se centra la atención en el que pudiera ser el caso más paradigmático: Egipto.

            Las clases medias urbanas protagonizaron los acontecimientos políticos que se produjeron en Egipto durante los primeros meses de 2011. Las movilizaciones populares que precipitaron la caída de Hosni Mubarak se produjeron en las grandes ciudades del país, teniendo como centro neurálgico la plaza de Tahrir en El Cairo.

            La existencia de estas clases medias que exigían la modernización del país y el desmantelamiento del régimen de inspiración nasserista, es el fruto de las más de cinco décadas en las que precisamente ese régimen trabajó por la modernización y el desarrollo económico de Egipto. ¡Primera paradoja! Sin la revuelta de los oficiales libres en 1952, sin Gamal Abdel Nasser, sin la idea de socialismo panarabista y su régimen político, no habría habido desarrollo económico ni independencia política en Egipto, ni tampoco se habrían podido asentar las bases de una sociedad laica (esa clase media urbana) que mantuviera a raya al integrismo islámico.

            Estas clases medias estaban predestinadas a ser el soporte del régimen de inspiración nasserista. Sin embargo, tras el asesinato de Sadat y la llegada al poder de Mubarak en 1981, este régimen se fue corrompiendo cada vez más y acabó perdiendo toda su atracción original. Las clases medias egipcias, por tanto, fueron tomando como referente a las democracias occidentales y aprovecharon la coyuntura que se inició a principios de 2011 para exigir la caída de Mubarak.

            Exigieron y lograron la caída de Mubarak en febrero de 2011, mediante una sucesión de movilizaciones populares articuladas  a través de Internet, asambleas de barrio y símbolos como la propia plaza de Tahrir donde acamparon. Más de medio siglo de régimen militar había impedido que se formara un partido político, siquiera clandestino, que pudiera organizar la lucha en torno a reivindicaciones democráticas, laicas y modernizadoras. Por tanto, durante sus meses de lucha, las clases medias urbanas fueron incapaces de llevar las reivindicaciones más allá del derrocamiento de Mubarak, más allá de la plaza de Tahrir. Sin una organización política estable y capaz de mantener las demandas a largo plazo, resultó imposible aprovechar la debilidad del régimen para empezar a construir un sistema democrático, que se levantara sobre los escombros de la dictadura.

            Este vacío de poder fue aprovechado por el integrismo islámico, que contaba con la única organización que, durante el régimen de Mubarak, fue capaz de fortalecerse y oponerse al mismo: la hermandad de los Hermanos Musulmanes que, tras la caída de Mubarak, fundó el Partido Libertad y Justicia. Su amplia implantación entre las clases más populares y en el mundo rural, añadida a la ausencia de otros referentes, hizo posible que, a partir de mayo de 2011, fueran adquiriendo un protagonismo creciente en el proceso de cambio.  Pactaron una transición con lo que quedaba del régimen de Mubarak y, en 2012, consiguieron la victoria electoral que supuso la llegada de Mohamed Morsi al poder. A partir de entonces, Morsi y los Hermanos Musulmanes se hicieron con la dirección del proceso de cambio del sistema político.

            Quienes se habían limitado a interpretar un discreto papel de carácter secundario durante los acontecimientos que precipitaron la caída de Mubarak, pasaron a protagonizar el proceso político. Desde su llegada al poder, fueron desarrollando un nuevo sistema constitucional aparentemente democrático, pero cuyas libertades quedaban limitadas por la sharía.

            Las esperanzas democráticas de revolución y libertad por parte de las clases medias egipcias cayeron en saco roto. Quienes pretendían una revolución para modernizar Egipto, terminaron allanando el camino de la reacción islamista y generando así la segunda paradoja que ha padecido la política egipcia en su historia más reciente. Paradoja que provocó la reacción de cientos de miles de manifestantes que, a finales de junio de 2013, volvieron a salir a las calles de las ciudades más importantes del país para protestar contra el presidente Morsi.

            Fue precisamente ante esa nueva coyuntura, cuando Abdelfatá al Sisi, ¡uno de los jefes militares de confianza en tiempos de Mubarak!, promovió el golpe de Estado de principios de julio de 2013. Impulsado por las manifestaciones contrarias a los gobernantes islamistas, Al Sisi tomó el poder, encarceló a Morsi, ilegalizó a los Hermanos Musulmanes y se convirtió en presidente de Egipto en el mes de junio de 2014.

            Tal y como ocurriera durante el proceso de descolonización, el horizonte egipcio continúa dirimiéndose entre la aparentemente incorruptible alternativa islamista y la de una dictadura modernizadora que, si bien en otro tiempo representó el progreso, a día de hoy es la viva imagen de la corrupción. Durante este último año, Al Sisi ha adaptado las estructuras del Estado a su conveniencia, ha recortado libertades y ha reprimido a los opositores a su régimen. Se ha vuelto al punto de partida, la primavera árabe en Egipto ha supuesto un terrible giro de 360 grados que ha desestabilizado al país y a toda la región. Y este retorno al año 2011, esta tercera paradoja egipcia, no es la peor de todas las consecuencias de aquella extraña primavera tan aplaudida por una parte de la izquierda europea.