Especificidad (negativa) andaluza

Por Javier ARISTU

Andalucía está aportando a la cultura política contemporánea española algunos elementos y valores que no son precisamente halagüeños a la hora de pensar un futuro de pluralidad estable. Los meses transcurridos bajo el gobierno -ahora y todavía provisional- de Susana Díaz no inspiran al optimismo. Desde la toma de posesión de la actual Presidenta, por renuncia voluntaria de José Antonio Griñán, hasta estas semanas de juegos postelectorales y de intentos de formar gobierno las acciones y comportamientos expresados por Susana Díaz no muestran precisamente una actitud política coherente y lo que podríamos denominar seria. Desde el momento en que concibió las elecciones anticipadas como forma de reasignar su poder en Andalucía y fuera de Andalucía, hasta estos momentos en que parece jugar con otras nuevas elecciones que, cree ella, la llevarían a la mayoría absoluta, única forma al parecer de ser Susana, el comportamiento de la encargada de proponer gobierno no expresa sino un conjunto de pasos destinados a crear mayor inestabilidad en nuestra Comunidad.

Pero es que por la parte contratante de la segunda parte contratante [copyright hermanos Marx] las cosas no andan mejor. La lideresa de la nueva izquierda, Teresa Rodríguez, aporta también de su cosecha elementos para la imposibilidad de conseguir acuerdos que, siendo modestos, podríamos definir como exóticos o cuanto menos curiosos. Las famosas líneas rojas no las habría situado en el mapa ni el general Giap a la hora de diseñar su estrategia de victoria ante los franceses en Dien Bien Fu. Personalizar en la figura del caminante hacia la pensión que es ya Manuel Chaves una de esas determinantes líneas coloradas es, literalmente, de chiste; propiciar que los altos funcionarios -designados o promocionados todos ellos por los distintos gobiernos socialistas de estos últimos treinta años- como garantes de los cambios transformadores de la nueva Andalucia podemista no es chiste, es broma de mal gusto; y plantar la trinchera última de la batalla en el asunto de los desahucios y los bancos propietarios de pisos es ya el remate del tomate. Sobre este último asunto, léase la crónica aparecida en Eldiario.es [leer aquí] y comuníquese a la dirección de Podemos-Andalucía por si tenían dudas sobre esa línea roja. Y no hablemos de la nueva teoría teresiana de que la inestabilidad de los gobiernos beneficia a la estabilidad social de la gente [leer en El Mundo Andalucía]: antológica,  de vivir John Rawls  se la hubiera llevado a su cátedra.

Y en estas nos encontramos: entre una Susana que no termina de asumir su papel de primadonna, pero con menos poder que antes, y una Teresa con pánico escénico a dejar de una vez los juguetes y hacer política en serio.

La especificidad andaluza es ya preocupante. En el pasado Andalucía jugó un papel de primer orden en la recolocación del estado compuesto español; de un diseño basado en el juego privilegiado de dos comunidades “históricas” pasamos a un nuevo encaje donde el territorio andaluz, emblema de los marginados de un desarrollo industrial que había beneficiado sobre todo al norte, se convertía en eje de una nueva redistribución del poder político. Felipe González y la mayoría andaluza del PSOE fueron sus señas de identidad. A su izquierda surgió un estilo de hacer política, una manera de entender la política que más que política, era magia: el modelo de IU-CA gobernada por Anguita y sus seguidores se basaba en una retórica idealista, yo diría cuasi espiritual o mística, que poco tenía que ver con  las usuales reglas de la acción política.

Hoy no estamos en esa fase. La crisis económica, que ha hundido más a Andalucía, y la crisis de los modelos de cohesión territorial y social en todo el conjunto del Estado han colocado a nuestra Comunidad en otra posición. Hoy Andalucía más que apostar por un nuevo marco de juego que supere los lastres del pasado, que sea capaz de liderar con otras comunidades la nueva cohesión territorial basada en unos evidentes y positivos hechos  diferenciales, se ha quedado anclada en la gestión del viejo modelo asistencial del estado y de protección social, sin ninguna puerta abierta a abordar los nuevos retos de una sociedad libre, moderna y más flexible que antes. Y con una nueva clase política que no conoce ni quiere reconocerse en la anterior, ni siquiera en lo bueno, poco o mucho,  que aquella pudo aportar a la sociedad política de estos últimos treinta años. La ignorancia es perdonable en algunos casos; lo que no es excusable es la persistencia en el error después de que éste haya mostrado su peor cara. Que Teresa Rodríguez, diputada andaluza, confundiera a Pepe Rodríguez de la Borbolla, segundo presidente autonómico, con otra persona también apellidada Borbolla es anécdota perdonable por la edad biológica o por haber estudiado la ESO; pero confundir la política con la propaganda es algo que cualquier cuadro medio de, por ejemplo, un partido de los de antes no perdonaría.

Si esta nueva clase política andaluza es tan irresponsable como para llevarnos a nuevas elecciones propongo que sus formaciones políticas, si son capaces de presentarse de nuevo, sustituyan sus cabezas de cartel y recurran a los mayores de sesenta años: están jubilados, pero saben cómo se cruza un río por la parte más vadeable.