Unas elecciones decisivas

Por Javier ARISTU

A pocas horas del resultado de esta jornada electoral me atrevo a proponer una interpretación de lo que ha podido ocurrir este domingo y sus consecuencias para el futuro. El tiempo dirá si estos comentarios y las previsiones eran ajustadas. Planteo cinco notas previas:

  1. Creo que nadie puede ocultar la importancia decisiva que tienen estas elecciones municipales y autonómicas. En cierta medida, y salvando las distancias y los protagonistas, se pueden asimilar a las municipales de 1979 cuando la izquierda (PSOE y PCE) arrumbó a la UCD de la mayoría de los gobiernos municipales; esta vez, con otra sustancia y otras siglas, puede provocar el mismo resultado: desalojar a la derecha popular de los gobiernos de la inmensa mayoría de las capitales de provincia, de las autonomías y de muchas localidades. No es igual que en 1979 pero se le parece.
  2. Las elecciones municipales han venido a constatar y hacer palpable el cambio social que venía gestándose; la sociedad española ya no es la misma que hace ocho años o, al menos, ya no piensa de la misma manera respecto a los asuntos públicos y a las orientaciones que la política debe tener. No es que una nueva generación política está apareciendo en el escenario político, no es solo que nuevas formaciones políticas (Podemos, Ganemos, Ciudadanos) hagan su aparición y lleguen a ser factores decisivos. Lo importante también es que dentro de la sociedad española, al calor de esta crisis y de sus recomposiciones económicas, sociales y tecnológicas, se está produciendo un relevo de protagonistas de la misma, nuevos interlocutores sociales y culturales están ocupando lugares donde antes eran otros los que ejercían ese protagonista. Y una mayoría de las fuerzas políticas clásicas no se están dando cuenta de ese fenómeno o, al menos, no le están prestando interés.
  3. En este sentido se produce un resultado político paradójico: las dos fuerzas “del sistema” —el PP y el PSOE— se mantienen como catalizadores electorales mayoritarios (entre las dos suman 11,5 millones de votos, tienen el gobierno cada una por mayoría absoluta en más de 4.500 municipios, que suponen el 57 de la planta municipal española) pero a la vez pierden voto, no recuperan este, y disminuyen su participación en el porcentaje electoral: ahora solo representan al 52% del voto expresado. Como escribía esta madrugada el analista Gutiérrez-Rubí, “El bipartidismo empata con los emergentes y diferentes”. Un nuevo mapa y una nueva correlación ha nacido.
  4. El mapa, por tanto, recoge a dos nuevas fuerzas nacionales (Podemos, Ciudadanos), y a otras regionales (Compromis, las diversas Ganemos y otras), que a partir de ahora serán decisivas para coaliciones y formas de gobierno locales. Está por ver si estas nuevas fuerzas, todas ellas, jugarán algún papel igual de decisivo tras las futuras elecciones generales; tienen posibilidades pero no está escrito que el bipartidismo de PP/PSOE sea derrumbado en noviembre de este año.
  5. Se abre una fase donde el acuerdo postelectoral y el pacto de gobierno o de legislatura será la única manera de hacer gobernables los ayuntamientos. Se han acabado, como principio dominante, las fórmulas de mayoría absoluta. Todo ello puede llevar, no cabe duda, o bien a un escenario político más movible, flexible y dinámico, hecho del juego legítimo de intereses diversos en las corporaciones, o bien a la ingobernabilidad de estas instituciones por la incapacidad de los protagonistas y representantes de llegar a acuerdos. Hay municipios donde el acuerdo a tres o a cuatro será indispensable para alcanzar mayorías.

A su vez, estas elecciones, como en general todos los procesos electorales, tienen la bondad de aportar clarividencia, dato empírico al cúmulo de teorizaciones y especulaciones que previamente rondan los procesos políticos. Quiero resumir en dos palabras lo que me dicen estas elecciones: no es posible sostener ya el viejo edificio del sistema político abierto en 1982 (me niego a reconocer que el bipartidismo practicado por PP y PSOE provenga de la Constitución del 78 ni del proceso de transición) pero por otro lado no se abre la vía para iniciar un proyecto constituyente. Así que, queridos amigos de Podemos y de la IU de Garzón: olvídense de procesos constituyentes, de nuevos regímenes políticos basados en sus propias cabezas y dedíquense a reformar y transformar democráticamente este tinglado institucional y social a partir de propuestas positivas, de proyectos de mayorías, de objetivos asentados en alcances posibles para el conjunto de la sociedad. Cualquier otra obsesión con la “ruptura con este régimen” solo podrá llevar a la melancolía y a la frustración. Hay mucho que reformar en este sistema democrático y estas fuerzas pueden ayudar a hacerlo pero siempre que se den cuenta de que el terreno de juego es el que hay, las líneas de campo son las existentes y el balón es solo uno.

En este sentido, me parecen emblemáticas y simbólicas las imágenes de, entre otras, Manuela Carmena, Mónica Oltra y Ada Colau en Madrid, Valencia y Barcelona. Han desplegado un proyecto democrático de mayorías, innovador y renovador, no han jugado con las palabras revolución ni ruptura, han sabido transmitir credibilidad y a la vez coherencia y ganas de cambio. Y por eso han ganado, porque esta sociedad quiere cambiar a mejor, quiere democratizar más sus instituciones, quiere desarrollar procesos de transformación de sus ciudades y de sus hábitats pero no está dispuesta a saltos en el vacío ni a asaltar los cielos. ¿Serán capaces de entenderlo los dirigentes de la izquierda en construcción y de la izquierda clásica?

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